¡Arriba España!

¡Arriba España!
Por eso los nacionales tardaron algunos meses en dar a los alemanes lo que pedían, pero cuando éstos, encolerizados, amenazaron con cortar la ayuda militar, Franco firmó, en julio de 1938, la nueva Ley de Minas que modificaba el porcentaje de participación de capital extranjero establecido por la República para elevarlo hasta el 40, aunque la ley también decía que ese tope podía incrementarse a voluntad del Gobierno. Aunque el embajador Von Stohrer se molestó porque Franco firmó la ley sin informarle ni recibirle, los alemanes reforzaron de inmediato la Legión Cóndor, que pudo actuar a pleno rendimiento, un mes más tarde, en la batalla del Ebro. El proyecto Montana quedó encauzado perfectamente con la nueva Ley de Minas, que sirvió para que los alemanes «triangularan» sus finanzas. En noviembre, el gobierno nazi pidió a Franco que los 200 millones de marcos que le debía por los gastos de la Legión Cóndor hasta aquel momento fueran invertidos en las minas españolas del proyecto Montana. Los alemanes sólo habían invertido oficialmente un 20 por 100 del capital total, pero se hicieron con el control de las minas por medio de socios españoles que, en realidad, no eran más que testaferros de los intereses nazis. El refuerzo de la Legión Cóndor de aquel verano se convirtió en una vía magnífica para que el gobierno nazi se fuera apoderando de gran parte de la producción minera española, sobre todo a partir de diciembre, cuando Franco autorizó un aumento del porcentaje de capital alemán en las empresas mineras que, en algunos casos, llegó hasta el 75 por 100.19
A Franco le fue mucho mejor con sus aliados italianos. La megalomanía de Mussolini le conducía, para desesperación de su ministro de Hacienda, Paolo T. di Revel, a prodigar grandes gestos de largueza y munificencia. Así, no sólo nunca presionó a los nacionales para que pagaran en seguida su deuda o para hacerse con riquezas naturales españolas, sino que se le hubo de convencer para que no condonara todas las deudas de Franco. Sin entrar en detalle sobre el número de tratados comerciales favorables a España, préstamos y regalos que el régimen fascista italiano hizo a la España nacional, el resultado económico de la intervención italiana fue desastroso. El coste de su aventura en España fue de unos 8.500 millones de liras (unos 3.000 millones de euros actuales), de los que sólo se pagarían 5.000 a lo largo de veinticinco años (entre 1942 y 1967) y, además, en bonos del Estado españoles.20
Pero en 1938, además de dedicarse a la construcción política y económica de su Estado, Franco tenía que acabar de ganar la guerra. Cuando el demoledor efecto del avance de las tropas nacionales por Aragón y Cataluña había suscitado grandes esperanzas de una rápida victoria tomando Barcelona, el Generalísimo detuvo el avance de sus fuerzas. Juan Vigón y los principales generales rebeldes no podían comprender por qué Franco detenía el impulso de su ejército prácticamente a las puertas de Barcelona permitiendo al enemigo que se rehiciese. Ni tampoco el Estado Mayor republicano. El propio Rojo admitió que Barcelona hubiera podido ser tomada con gran facilidad, «con menos esfuerzo y en menos tiempo, [Franco] habría tenido en mayo de 1938 el triunfo de febrero de 1939».21
En vez de emplear el Ejército de Maniobra para lanzar una rápida ofensiva sobre Barcelona, Franco decidió ir reduciendo lo que quedaba por limpiar de Teruel, segmento a segmento, ensanchar la base del corredor al mar conquistado el 15 de abril y lanzar sus tropas en dirección a Valencia. Aquella estrategia desactivó el ímpetu que habían alcanzado las fuerzas nacionales durante marzo y abril, las lluvias torrenciales y la escasa visibilidad comprometieron la eficacia de su fuerza aérea y, lo que es más importante, ahora tenían que enfrentarse con las fuerzas republicanas al sur del corredor, que no habían sufrido las consecuencias de la ofensiva de Aragón.
La historiografía franquista ha llenado muchas páginas tratando de encontrar la explicación más favorable para el Caudillo ante su extraña decisión -la más polémica, quizá, de toda la guerra- de no tomar Barcelona. Algunos la han querido ver en los recelos de Franco a acercarse a los Pirineos y provocar una intervención directa en Cataluña por parte de un gobierno francés alarmado ante lo que anunciaba el Anschluss de Austria. El mismo Franco dio material a sus biógrafos al confesar que nunca había jugado una carta sin ver antes la que seguía y que, en aquella ocasión, no la veía clara. Pero esta suposición no es verosímil porque, como sabía muy bien el flamante ministro de Asuntos Exteriores del Reich, Joachim von Ribbentrop (y, tal vez, Franco no), el gobierno de Blum no estaba en condiciones de embarcarse en semejante aventura. Chamberlain había advertido a Francia con toda claridad que si los nazis reaccionaban belicosamente ante una intervención francesa en Cataluña, Gran Bretaña no acudiría en su ayuda. Franco estaba informado de la oposición del Estado Mayor general francés a intervenir en Cataluña, en parte por el desprecio que sentían hacia los republicanos españoles y en parte porque no querían cargar con la responsabilidad histórica de desencadenar un conflicto en el que Francia podía encontrarse luchando en dos frentes.
También se ha dicho que Franco no lanzó un ataque inmediato sobre Barcelona porque a sus aliados no les interesaba, en aquellos momentos, que la guerra acabara tan pronto. Esta teoría es, también, difícil de sostener porque Mussolini no hacía más que impacientarse ante la lentitud con que Franco llevaba a cabo la guerra («que deja escapar la victoria cuando ya la tiene en la mano»).22
El Duce fluctuaba entre el entusiasmo y el desánimo. Estaba harto, por muchas razones, de la guerra de España. Ya había empezado a fijarse codiciosamente en las costas de Albania y le escocía la falta de gratitud demostrada por Franco: «Nos piden miles de cosas, los pagos en especie o casi y muy aleatorios. Hay que ir con calma: damos la sangre por España. ¿No es suficiente?», escribe Ciano en su diario el 26 de marzo.23 Por otra parte, el Ministerio de la Guerra alemán había dado instrucciones al general Volkmann para que animara a Franco a proseguir su ofensiva hacia Barcelona.24. Así lo entendió, por ejemplo, Dionisio Redruejo, quien le contó a Ronald Fraser que para Franco una guerra corta y rápida «inevitablemente significaba negociaciones. Una guerra larga significaba la victoria total. Franco optó por la solución más cruel pero, desde su punto de vista, más eficaz también».
La decisión de Franco de no avanzar sobre Barcelona en abril, ya se debiera a su cálculo de exterminio, al temor a una invasión francesa o a sus propias limitaciones como estratega, suscito criticas, mudas pero perceptibles, entre los altos mandos nacional65- Algunas no tan mudas, como las que hizo Yagüe en Burgos, durante un banquete con falangistas el 18 de abril, en el que alabó las cualidades combativas de los republicanos («los rojos luchan con tesón, defienden el terreno palmo a palmo y cuando caen lo hacen con gallardía»; y pidió a las autoridades que revisaran los expedientes y pusieran en libertad a quienes estaban en la cárcel por defender sus ideales (se refería a determinados «rojos», pero, sobre todo, a Hedilla y a otros falangistas). Eso le costó una nueva destitución temporal del mando. Pero las críticas arreciaron cuando la estrategia alternativa de atacar en dirección sur, hacia Valencia, no confirmó las expectativas que se habían concebido cuando los requetés alcanzaron el mar, en Vinaroz, el día 15 de abril. Era evidente que, con su decisión, Franco estaba dando a las maltrechas tropas republicanas del frente de Aragón tiempo suficiente para reconstituirse y rearmarse con el nuevo material e guerra que había llegado a la zona leal tras la apertura de la frontera francesa. Además, las fuerzas republicanas podían defender mejor el accidentado territorio al sur del corredor nacional que el río Segre, que señalaba ahora el frente occidental de Cataluña. Y, finalmente, las tropas de que disponía Miaja, que era ahora el jefe supremo de las zonas central y meridional, estaban frescas y todavía conservaban intacto, aunque no estuvieran tan fogueadas como los soldados de Cataluña. 25
Sea como fuere, el 23 de abril las tropas nacionales de los cuerpos de ejército de Castilla, mandado por Várela, y Galicia, al mando de Aranda, así como la Agrupación de Enlace, que manda García Valiño, inician la ofensiva contra Valencia: ocupando primero Aliaga, para adentrarse después en las sierras del Pobo y la Garrocha. Este primer empuje de las fuerzas de Franco sólo dura cuatro días porque el mal tiempo obliga a suspender las operaciones. El día 4 de mayo se reanuda la ofensiva. El Cuerpo de Ejército de Castilla ataca en dos ejes: de norte a sur hacia Alcalá de la Selva, y de oeste al mar desde Teruel a Corbalán, mientras el Cuerpo de Ejército de Galicia avanza hacia el sur, en dirección Benicássim-Castellón de la Plana, por la carretera de la costa. La Agrupación de Enlace baja desde Morella en dirección a Mosqueruela. La intención es enlazar Teruel con Viver, Segorbe y Sagunto. Pero el avance de las tropas franquistas es muy penoso porque el frente es muy amplio y los republicanos han establecido una línea de defensa fortísima -la llamada XYZ- que consiste en posiciones fortificadas apoyadas por la izquierda en la sierra de Javalambre y que se prolongan por la de Toro hasta los Altos de Almenara, junto a la costa. Los nacionales lanzan asalto tras asalto, pero ni aún con sus 1.000 cañones de campaña y los bombardeos en masa de las tres fuerzas aéreas consiguen romper el frente. La magnífica línea defensiva da a las tropas republicanas confianza en sus flancos y, en semejantes circunstancias, sólo ataques masivos de la aviación pueden inquietarles.
La dolorosa experiencia de los bombardeos aéreos y de la artillería ha enseñado a las tropas republicanas la necesidad de dotarse de trincheras sólidas, y las sigilosas infiltraciones de los moros, que aparecen de pronto ante ellas reptando por el terreno, les han hecho localizar las mejores posiciones para la defensa. Establecen perímetros de tiro para el fuego cruzado y posicionan sus ametralladoras de tal modo que cubren perfectamente los puntos por donde es más probable que se produzca el ataque enemigo. La gran ventaja de construir posiciones compactas como las de la línea XYZ reside en la rapidez con que se puede detectar al enemigo y en que, gracias a sus líneas de comunicación internas, se puede llegar a prever la concentración de fuerzas enemigas o sus movimientos de aproximación. Estas defensas fijas, con las líneas de fuego soterradas para evitar la acción de los obuses, tienen también otra utilidad: ayudan a detener el pánico que cunde a veces tras un corte en las comunicaciones.
A trancas y barrancas, las formaciones nacionales consiguen enlazar en Lucena del Cid el día 31 de mayo. A partir de ese momento, las tropas de García Valiño y de Aranda pueden avanzar hacia Castellón y Villarreal, que toman, respectivamente, los días 13 y 14 de junio. Diez días después, García Valiño sigue su marcha hasta Onda y las estribaciones de la sierra de Espadan, donde las tropas republicanas resisten con fiereza y no le permiten conseguir sus objetivos, que son llevar el frente hasta la línea Segorbe-Sagunto. Por su parte, el Cuerpo de Ejército de Galicia, de Aranda, que avanza paralelo al mar, sólo ha podido ocupar Burriana y Nules.
Los mandos nacionales están totalmente desconcertados ante la resistencia de un ejército popular que se bate más eficazmente que nunca, justamente después de una tremenda campaña que ellos consideran ha sido decisiva. Los defensores republicanos han aprendido a sacar el máximo partido del terreno, que defienden «palmo a palmo, y si el enemigo lograba conquistar algo lo hacía a costa de numerosísimas bajas».26 Kindelán se dirige a Franco haciéndole ver las dificultades de avanzar por aquella zona y le pide que la operación sea abandonada por el alto coste en vidas que está suponiendo, pero el Generalísimo no da su brazo a torcer y ordena seguir con el ataque. Los nacionales no tienen cerca aeródromos adecuados y no pueden contar con gran apoyo de la Legión Cóndor porque aún no se ha promulgado la Ley de Minas y los alemanes hacen chantaje, pero en cualquier caso los cazas con que cuenta la Legión hacen bien su trabajo hasta que llegan los refuerzos en forma de una escuadrilla de flamantes Messerschmitt 109c que, con sus cañones de 20 mm, compensan su reducido número, derribando, sólo durante el mes de junio, diez aparatos republicanos. Además, Franco acaba de recibir nueva ayuda, otros 6.000 «voluntarios» y más aparatos republicanos. Mussolini que le ha enviado otros 6.000 «voluntarios nuevos» A principios de julio, el Generalísimo manda reforzar los tres cuerpos de ejército que actúan en el frente de Levante con el CTV italiano mandado por el general Berti y forma un nuevo cuerpo de ejército con cuatro divisiones, el del Turia, al mando de Solchaga, que marcha al sur de la carretera de Teruel a Castellón y llega hasta la línea de resistencia republicana en el río Palancia. Las órdenes de Franco son tomar Valencia el día 25 de julio, festividad de Santiago Apóstol, santo patrón de España. 27
Frente a los cuerpos de ejército nacionales, que totalizan catorce divisiones, es decir, unos 125.000 hombres, se alinean los siete que ha llevado la República a aquel frente.28 El equilibrio de fuerzas es mayor de lo que puede parecer porque las formaciones nacionales se acercan mucho más al número regular de fuerzas que componen una división que las republicanas (ambos ejércitos operan con doce batallones por división, pero muchos de los republicanos constan tan sólo de 300 o 400 hombres).
El día 13 de julio se inicia la última fase de la batalla de Levante con un ataque que sigue la línea Teruel-Sarrión-Segorbe-Sagunto a cargo de los cuerpos de ejército del Turia, de Castilla y de las fuerzas italianas, mientras la Agrupación de Enlace y el Cuerpo de Ejército de Galicia tratan de progresar de norte a sur en paralelo a la costa. Es tal la concentración de fuerzas en un frente tan estrecho que catorce divisiones nacionales quedan atrapadas allí mismo sin poder avanzar. «Tan absurda maniobra condujo a un embotellamiento de la ofensiva que no pudo superar la defensa escalonada del Ejército de Levante.» 29 Durante diez días los nacionales tratan de romper en vano las líneas de defensa republicanas, culminando su ataque en dirección a Viver los días 20,21,22 y 23 de julio con incesantes oleadas de infantería y constantes bombardeos de la aviación, que no deja un palmo de terreno sin batir a lo largo de un frente de unos 20 kilómetros, bajo el tórrido sol de la costa levantina oscurecido por las espesas columnas del humo de los incendios. Pero las tropas republicanas resisten. Rojo escribe: «Madrid revivía en el frente de Viver».30 El frente de Levante queda fijado en la línea Barracas-Viver-Caudiel-Eslida-Nules.
Para su sorpresa, los nacionales se encontraron con que las bisoñas divisiones republicanas de Levante estaban en condiciones de darles serios reveses sin tener que pagar el alto precio en vidas y material que habían tenido que pagar las tropas de Modesto. De hecho, esta acción republicana, puramente defensiva, fue una victoria mucho mayor que la tan cacareada de Guadalajara, aunque fuera menos espectacular. Con 20.000 bajas nacionales por 5.000 republicanas, el eslogan «resistir es vencer» tenía, al fin, algún sentido. Lo lamentable fue que los dirigentes republicanos no aprendieran de esta batalla y siguieran dando prioridad a consideraciones políticas y de propaganda sobre la eficacia militar. La batalla del Ebro, que iba a comenzar poco después, excedería en espectacularidad incluso a la de Brúñete, pero conduciría también, directamente, al colapso del ejército popular.
Pero no sólo se luchaba al nordeste del País Valenciano. Tras muchos meses de inactividad, Queipo de Llano se dispuso a terminar con la tranquilidad en el oeste y el 20 de julio lanzó una ofensiva desde Madrigalejo para recortar el saliente republicano que, a caballo del Guadiana, apuntaba hacia la frontera portuguesa. En su primer avance, las tropas de Queipo desarbolaron fácilmente las instalaciones republicanas y, cinco días después, enlazaron con las divisiones del ejército del Centro en Campanario. Las tropas republicanas de guarnición en aquel frente no estaban fogueadas ni bien equipadas, y al no recibir refuerzos fueron copadas rápidamente por las cinco divisiones, la brigada de Caballería y el destacamento de maniobra de los nacionales. El día 23 de julio, las tropas de Queipo tomaron Castuera, y el 24 Don Benito y Villanueva de la Serena, borrando así el saliente republicano de Extremadura. Pero la ofensiva de Queipo de Llano fue paralizada en la tarde del 25 de julio porque el ejército republicano de Cataluña acababa de lanzar su gran ofensiva en el Ebro y el cuartel general de Franco tenía necesidad de todos los batallones disponibles.
Sólo una semana antes, el 18 de julio, segundo aniversario del golpe de estado, el gobierno de Burgos resolvió «exaltar a la dignidad de Capitán General del Ejército y la Armada al Jefe del Estado, Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, y Jefe Nacional de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS, Excmo. Señor Don Francisco Franco Bahamonde». Para la sensibilidad militar, aquel nombramiento tenía una gran significación. En España, el grado máximo a que podía aspirar un guerrero era el de teniente general, siendo el de capitán general una distinción honorífica que hasta entonces sólo habían ostentado los reyes de España en su calidad de jefes supremos de los ejércitos. Franco empezaba a transitar un camino que no le llevaría al trono, pero que le acercaría mucho más de lo que habían estado Espartero o Godoy al cetro real.
Ese día se celebró un aparatoso desfile militar por las calles de Burgos, cuyos edificios más sobresalientes se habían engalanado con orlas y guirnaldas que escoltaban grandes retratos del Generalísimo, en «una empalagosa mezcla de elementos fascistas y medievales».31 En la vieja Capitanía general de Burgos, el nuevo capitán general Francisco Franco pronunció un discurso en el que, remontándose a la revolución de octubre de 1934, rendía un cómodo homenaje a la figura del «ausente» José Antonio, denunciaba la confabulación de la Rusia atea contra la católica España y, tras relatar los crímenes de los «rojos», anunciaba la victoria final de su cruzada militar y monástica con unas palabras que no dejaban lugar a duda:32
Esto nos impele a todos los españoles al deber de cultivar la memoria. La dura lección no puede perderse, y los créditos de la generosidad cristiana, que no tiene límites para los engañados y para los que arrepentidos vengan de buena fe a nuestro campo, ya no rebasarán los límites de la prudencia ni permitirán infiltrarse a nuestro lado a los recalcitrantes enemigos de la patria, que la salud de ésta, como la de los cuerpos, necesita de cuarentenas para quienes proceden del campo apestado…
En su nombre [de los muertos nacionales] y en el sagrado de España, deposito hoy esta semilla en el surco profundo que han abierto las victorias de nuestro Ejército glorioso. Españoles todos: ¡Arriba España! ¡Viva España!