Armas y diplomáticos 2

Armas y diplomáticos

Mientras tanto, las acciones de la Royal Navy no tenían nada que Ver con la actitud de una potencia no intervencionista. No sólo se faltaron las comunicaciones de los rebeldes a través de Gibraltar (los ingleses pusieron a disposición de Kindelán una línea telefónica para hablar con Lisboa, Roma y Berlín), sino que se envió al acorazado Queen Elizabeth a la bahía de Algeciras para impedir que la flota republicana bombardeara el puerto. 19
Al tiempo que el gobierno republicano apelaba a Francia para conseguir ayuda militar, los nacionales se dirigían a sus aliados naturales, Alemania e Italia. Tras dejar a Franco en Tetuán el 19 de julio, Bolín voló a Lisboa. Allí, justo antes de su mortal accidente aéreo, Sanjurjo ratificó con su firma la carta que enviaba Franco para adquirir aviones y suministros con destino al «ejército español no marxista». Luego Bolín se dirigió a Roma, donde llegó el día 21. Al día siguiente se reunió con el marqués de Viana, secretario privado de Alfonso XIII, portador de una carta del monarca exiliado. Fueron recibidos por el conde Galeazzo Ciano, yerno de Mussolini y ministro de Asuntos Exteriores, quien, al decir de Bolín, les prometió en seguida toda la ayuda necesaria para poner fin a la amenaza «comunista» en el Mediterráneo. Pero la realidad es que quien tenía la última palabra era Mussolini y éste necesitaba algo más que una carta firmada por un muerto. De hecho, lo que fue verdaderamente decisorio a la hora de conseguir la ayuda italiana fueron las conversaciones de Franco con los representantes italianos en Tánger, especialmente la presión que ejerció sobre el agregado militar y agente del SIM Giuseppe Luccardi y el cónsul general Pier Filippo de Rossi.20 A través de Luccardi Franco envió al Duce un exposé sobre la situación militar del conflicto, afirmando que si recibía el material que solicitaba, el éxito del «alzamiento» estaba asegurado, «aun cuando Francia continúe con el envío de armas y munición al gobierno de Madrid».
Es posible que Mussolini viera en la petición de Franco la ocasión de hacer de España un satélite fascista de Italia, o que sintiera halagado su inmenso ego, o que supiera ya que Hitler estaba ayudando a Franco, o que estuviera informado por su chargé’ d’affaires en Moscú que Stalin era reticente a intervenir, o que le constara la simpatía que despertaban los rebeldes en Londres.21 O quizá fuera por todo ello, pero, en cualquier caso, Mussolini tomó la decisión de ayudar a los militares sublevados.
El día 30 de julio, Mussolini envió a Franco doce bombarderos Savoia-Marchetti 81, dos trimotores de transporte modernos y un barco cargado de combustible y municiones, todo ello por un importe superior a los 14 millones de liras. De los doce Savoia 81 dotados de mecánicos, técnicos y 170.000 cartuchos que salieron de Cerdeña en dirección al aeropuerto de Nador, dos se estrenaron y un tercero tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en el Marruecos francés, con lo que toda la operación quedó al descubierto y el mundo entero pudo disponer de pruebas fehacientes de la intervención italiana. Los nueve aparatos que llegaron en perfecto estado se utilizaron en seguida para dar cobertura aérea al primer convoy de los nacionales que cruzó el Estrecho el 5 de agosto.
A Mussolini le convenía que venciera Franco para tener un aliado fascista en el Mediterráneo que, si además le era deudor, le ayudaría a conseguir la supremacía italiana en aquel mar sujeto al imperio del poder naval inglés. España, como aliada suya, podría controlar el Estrecho apoderándose de Gibraltar y ofreciendo bases en las Baleares, con lo que la flota británica dejaría de contar. La conquista de Abisinia había encendido aún más los sueños de Mussolini de convertir a Italia en una gran potencia, y la tarea principal que confió a Ciano fue la de conseguir que el «Imperio italiano» fuese reconocido internacionalmente. A los 12 Savoia iniciales siguió la entrega, el 7 de agosto, de 27 cazas Fiat, cinco carros de combate ligeros Fiat-Ansaldo, 40 ametralladoras y doce cañones, más gran cantidad de municiones y gasolina; el 13 de agosto hizo enviar directamente a Mallorca tres hidroaviones y el 19 seis cazas, todo ello con sus correspondientes especialistas.22
La propaganda republicana trató de demostrar más tarde -con ficheros del partido nazi procedentes del consulado alemán en Barcelona, incautados por los milicianos- que la intervención fascista había sido acordada de antemano y que los generales rebeldes no se habrían atrevido a dar el golpe de estado sin aquella garantía, pero, en realidad, tal garantía nunca existió. Las relaciones entre Alemania e Italia se habían hecho tensas a principios del verano de 1936 principalmente a causa de su rivalidad sobre Austria, y fue, justamente, su común ayuda a la España nacional lo que contribuyó a forjar el «eje Korna-Berlín», denominación que Mussolini utilizó por vez primera el 1 de noviembre de 1936.
El gobierno nazi era el que mejor informado estaba de la situación en España, tanto a través de sus contactos oficiosos como por medio de sus propias fuentes dentro de la comunidad empresarial alemana. Al principio del conflicto, sus diplomáticos, dirigidos por el ministro de Asuntos Exteriores, Von Neurath, se oponían a ayudar a Franco por temor a provocar una reacción británica. Pero Hitler menospreciaba la Wilhelmstrasse y no informaba a su cuerpo diplomático de las acciones que decidía emprender. Prefería trabajar con el aparato de inteligencia militar, la Abwehr, dirigido por el almirante Canaris, quien se había entrevistado con Franco en España en alguna ocasión y con cuyos planes simpatizaba, aunque no estaba en contacto con los sublevados.
En marzo de 1936 el general Sanjurjo había visitado Berlín, en compañía del teniente coronel Beigbeder, que había sido agregado militar en la capital de Alemania desde 1926 hasta 1935. Trataba de reverdecer los lazos de cooperación militar entre Alemania y España establecidos durante la década anterior que, entre otras cosas, llevaron a la colaboración del ejército alemán en la creación de la aviación española, militar y civil (Lufthansa tuvo mucho que ver con la fundación de Iberia en 1927) y a facilitar a los generales africanistas gas mostaza que éstos usaron contra los rifeños a principios de la década de los veinte. Sin embargo, esta gestión de Sanjurjo no condujo a nada ni hay ninguna prueba de que estableciera contactos con las autoridades nazis.23
El 22 de julio Franco se dirigió al gobierno alemán en demanda de aviones de transporte. La petición la presentó inicialmente Beigbeder, quien mantenía una buena amistad con el general Kühlental, antiguo agregado militar en Francia, España y Portugal. Para reforzar la gestión, Franco envió a Berlín, a bordo de un avión alemán D-APOK secuestrado en Canarias, a tres emisarios: Johannes Bernhardt y Adolf Langenheim, dos hombres de negocios alemanes, miembros del partido nazi, que vivían en Marruecos y que tenían tratos comerciales con los sublevados, y al capitán Francisco Arranz Monasterio, segundo de Kindelán.
Los enviados de Franco llegaron a Berlín el 25 de julio y se entrevistaron con los encargados de la diplomacia alemana. La primera reacción de estos funcionarios, conscientes de las consecuencias de una intervención a favor de los sublevados, fue impedir el acceso de los emisarios de Franco a cualquier autoridad superior del gobierno ni a los altos miembros del partido nazi. Sin embargo, intervino un factor hasta hace poco desconocido: Langenheim había pedido a Friedhelm Burbach, jefe del departamento de la Abwehr encargado de España y del partido nazi en el Marruecos español, que acudiera a Berlín. Burbach fue quien convenció a Ernst Bohle, jefe de la Auslandsorganisation (AO), de que el asunto valía la pena y le pidió que llamara a su número dos, Alfred Hess, quien podía contactar con su hermano Rudolf, el colaborador más cercano al Führer. Así se hizo y, finalmente, Rudolf Hess llamó por teléfono para decir que Hitler recibiría a los emisarios de Franco.24
Adolf Hitler recibió a los enviados de Franco en Bayreuth, tras asistir a la representación del Sigfrido. Allí Bernhardt y Langenheim expusieron al dictador alemán la situación de España y le entregaron una carta manuscrita del general Franco en la que éste explicaba a Hitler las razones del levantamiento militar y le pedía ayuda aérea y armamentística. Tras oír que Franco era el más capaz de todos los generales españoles y escuchar el relato de sus hazañas en África y su papel en el aplastamiento de la revolución de Octubre en Asturias, el Führer decidió enviar a Franco el material solicitado -doblando los aviones de transporte- por valor de cuatro millones de marcos.25
Hitler encargó al mariscal Goering y al ministro de la Guerra, general Von Blomberg, que lo dispusieran todo de inmediato. A la una y media de la mañana del 26 de julio terminó la entrevista. Hitler exigió a Bernhardt y a Langenheim que todo se mantuviera en el más estricto secreto e impuso la condición de que la ayuda alemana fuese a parar íntegramente a las manos de Franco y no a ningún otro general (en detrimento, sobre todo, de Mola, quien también había tratado, infructuosamente, de obtener ayuda alemana). Goering bautizó el plan con el nombre del último acto de Sigfrido, operación Feuerzauber. Se enviaron, acto seguido, a Franco 20 Junker Ju 52, 6 cazabombarderos Heinkel 51 -los cazas reglamentarios de la Luftwaffe-, equipos de mantenimiento, veinte cañones antiaéreos de 20 mm, municiones y otros pertrechos, todo ello acompañado de aviadores, mecánicos, ingenieros, artilleros, una unidad médica e instructores.26
El apoyo material y técnico a los nacionales se enmascaró en una empresa creada al efecto llamada Sociedad Hispano-Marroquí de Transportes (HISMA), que habría de hacerse cargo de todo el comercio entre Alemania y la España nacional hasta el fin de la guerra civil.27 Con posterioridad se crearía un segundo holding, la Rohstoffe und Waren Einkaufgesellschaft (ROWAK), como contrapartida alemana. En el Ministerio del Aire, Goering, encantado ante la perspectiva de probar su nueva Luftwaffe, creó la Sonderstab W, un departamento especial destinado al reclutamiento de pilotos «voluntarios» y a controlar el buen funcionamiento de la ayuda alemana.28 La verdad es que los alemanes estaban mucho más entusiasmados con la empresa que los italianos, por lo que ofrecieron las mejores máquinas y los mejores técnicos de que disponían, aunque exigieron el pago por la ayuda que ofrecían en piritas y mineral de hierro, necesarios para su industria de guerra.
La primera remesa alemana indicada por Hitler llegó a España el 1 de agosto y, en pocos días, la variedad y cantidad de material -que se enviaba directamente a Cádiz o vía Lisboa- fue haciéndose cada vez mayor, incluyendo los carros de combate Panzer Mark I, baterías antiaéreas de 20 mm y los famosos cañones de 88 mm.29 Sin embargo, la intervención alemana no se completó totalmente hasta la creación de la Legión Cóndor, hacia mediados de noviembre, tras el fracaso de Franco ante Madrid.
Las verdaderas razones que impulsaban a Hitler a ayudar a Franco eran, también, estratégicas. Una España fascista representaría una amenaza tanto para la retaguardia de Francia como para la ruta británica hacia el canal de Suez. Tampoco se le escapaba la tentadora posibilidad de establecer bases submarinas en el Atlántico (de hecho, durante la segunda guerra mundial se utilizaron ocasionalmente los puertos españoles de Vigo, El Ferrol, Cádiz y Las Palmas de Gran Canaria)30 para avanzar en lo que, al parecer, era su secreto objetivo final: la guerra contra Estados Unidos. Por otra parte, la guerra civil española también le servía a Hitler para distraer la atención de su estrategia en Europa central y además le ofrecía la ocasión de foguear a sus tropas y ensayar nuevos equipos y nuevas tácticas.
A los quince días de iniciada la rebelión militar ya se hizo evidente que los nacionales iban a recibir ayuda militar de Alemania e Italia y que, en cambio, la República no podía esperar armas de las democracias. Esta situación se agravaría aún más por el apoyo financiero que recibieron los nacionales, de tanta importancia como la ayuda militar si la guerra iba a ser larga. El gobierno de la República disponía, el 18 de julio de 1936, en el Banco de España, de 635 toneladas de oro fino, que equivalían a 715 millones de dólares,31 con las que respaldaba la peseta, en tanto que los nacionales sólo podían ofrecer, como contrapartida de las divisas que necesitaban, una futura victoria. Pero Indalecio Prieto se equivocaba al decir el 8 de agosto que las reservas de oro permitirían al gobierno español una resistencia ilimitada, mientras que la capacidad financiera del enemigo era despreciable.
Los nacionales se dirigieron de inmediato en busca de apoyo económico tanto a instituciones financieras del extranjero como a sus partidarios en el interior. Los fondos principales para la conspiración procedieron, como ya sabemos, de Juan March, quien aportó 15 millones de libras esterlinas, y de la inmensa generosidad de Alfonso XIII con el movimiento nacional, al que donó 10 millones de dólares, generosidad que podía ejercer, claro está, gracias a los 85 millones de dólares que había conseguido transferir al extranjero. Buena parte de los capitales que habían salido de España durante la República, especialmente durante el primer semestre de 1936, regresaron muy pronto a zona nacional. El Movimiento pidió a los ciudadanos que entregaran todo su oro, especialmente anillos de boda, para ayudar a los gastos de guerra.
Los hombres de negocios británicos y norteamericanos iban a hacer una gran contribución a la victoria final de los nacionales, bien por medio de ayuda activa, como la que proporcionó el magnate del petróleo Deterding, o bien boicoteando a la República, entorpeciendo su comercio con argucias legales y bloqueando créditos al sistema bancario.32
En 1936 el petróleo se había convertido ya en algo tan preciado para una guerra como las municiones y, sin embargo, la Ley de Neutralidad de Estados Unidos de 1935 no recogía este cambio tecnológico, lo que permitió que Franco recibiera 3.500.000 toneladas de petróleo a crédito durante el curso de la guerra, mucho más del doble de las importaciones que consiguió la República. El presidente de la Texas Oil Company, Thorkild Rieber, era un admirador de los fascistas y al enterarse del levantamiento hizo desviar cinco petroleros en route con destino a CAMPSA hacia el puerto de Tenerife, en poder de los nacionales, que contaba con una gran refinería de petróleo. A mediados de agosto Rieber se entrevistó personalmente con Franco y le ofreció a crédito, y sin fijar plazo, todo el petróleo que necesitara. Por Navidad le había entregado ya 344.000 toneladas, que al final de la guerra se convertirían en 1.866.000.33 La compañía fue multada con 22.000 dólares por las autoridades de Estados Unidos.34 La Standard Oil, de New Jersey, era proveedora de la República, aunque en menor escala, pero también envió tres buques cisterna a los nacionales. En total, Texaco, Shell, Standard Oil de New Jersey, Soconyy la Compañía Refinadora Atlántica vendieron a los nacionales carburante por valor de unos veinte millones de dólares.35
La duquesa de Atholl, que apoyaba a la República desde el inicio, denunció que la compañía Río Tinto Zinc ayudaba a financiar a Franco proporcionándole divisas al doble del cambio oficial.36 Más adelante, la Ford, la Studebaker y la General Motors proporcionaron 12.000 camiones a los nacionales,37 casi el triple de los que aportaron las potencias del Eje, y el gigante de la industria química Dupont de Nemours suministró 40.000 bombas, enviándolas vía Alemania, y burlando así la Ley de Neutralidad. En 1945 el subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores español, José Ma. Doussinague, admitió que «sin el petróleo americano, sin los camiones americanos y sin los créditos americanos nunca hubiésemos ganado la guerra».38
Abandonada por las potencias democráticas y por la comunidad económica internacional, la República no podía contar más que con el apoyo de México y de la Unión Soviética. En consecuencia, las denuncias que habían hecho los nacionales de que existía una «conspiración comunista internacional» consiguieron cierto crédito. Tras la muerte de Lenin, la política de Trotsky para llevar a cabo una revolución mundial se basaba en la premisa de que el comunismo ruso no podría prosperar en tanto que estuviera rodeado por un mundo capitalista hostil. La política opuesta de Stalin de «socialismo en un solo país», que triunfó en 1927, consistía en concentrarse primero en construir el poder de la Unión Soviética y sólo explotar oportunidades en el exterior si respondían a los intereses soviéticos. Los comunistas chinos por ejemplo, fueron sacrificados al Kuomintang de Chiang KaiShek por intereses soviéticos y Stalin se ganó el reconocimiento del gobierno de Estados Unidos en 1933 cuando se comprometió a no llevar a cabo ningún tipo de actividades subversivas en su país.
El presidente del Consejo, José Giral, se había dirigido también a la URSS el 25 de julio, a través del embajador soviético en París, en solicitud de armamento moderno y municiones «de todo tipo y en grandes cantidades»;39 pero a la diplomacia soviética le preocupaban la situación internacional y las posibles consecuencias de su decisión. Eso no impidió al Kremlin, sin embargo, autorizar ayuda menos comprometida y «ordenar al NKVT que venda de inmediato todo el fueloil que necesiten los españoles, a precios reducidos y en las condiciones más favorables».40 La petición de armas de Giral sólo obtuvo el total silencio de Moscú, cosa que desató la alarma en los círculos comunistas del extranjero. En aquella coyuntura, Stalin estaba a punto de purgar el Ejército Rojo, criatura de Trotsky, y no le convenía participar en una aventura extranjera que pudiera provocar a Hitler en momentos tan delicados para él. Pero el exiliado Trotsky utilizó el silencio del Kremlin para acusar a Stalin de traicionar a la revolución española y ayudar a los fascistas.
Fuera o no Trotsky quien le empujó a actuar, lo cierto es que Stalin debió de advertir que el comunismo ruso perdería toda su credibilidad, y probablemente la lealtad de los partidos comunistas europeos, si no hacía nada para ayudar a la República española. Por otra parte, tenía conocimiento de que Hitler y Mussolini estaban ayudando a los facciosos, con lo que la política de no intervención propuesta por París se quedaba en un paripé. Aun así, Stalin no se decidió a intervenir hasta finales de septiembre, enviando alimentos y otras ayudas humanitarias.41
La ayuda inicial de Stalin fue calculadamente medida como para que la República no obtuviera una súbita ventaja sobre los golpistas, de forma que el gobierno británico -al que miraba como aliado potencial- no se inquietara ni los alemanes lo tomaran como una provocación. Antes, el 3 de agosto, habían tenido lugar en toda Rusia «manifestaciones populares» y «concentraciones de indignación espontánea», y los obreros de las fábricas habían hecho «contribuciones voluntarias» para ayudar a la República. También se enviaron a España funcionarios de la Comintern, con nombres falsos, para cuidar de que el joven Partido Comunista de España no se desmandara. En todo caso, la URSS no envió ayuda militar significativa a los republicanos españoles hasta principios de octubre (la primera remesa de material soviético salió de Crimea el 26 de septiembre y no llegó a Cartagena hasta el 4 de octubre). «Quizá eso no permitió aplastar la insurrección.»42
México, el otro país que ayudó a la República, no se adhirió al pacto de no intervención y, a pesar de sus limitados recursos, a primeros de septiembre el general Lázaro Cárdenas hizo enviar a los republicanos 20.000 fusiles Máuser, veinte millones de cartuchos y vituallas. Con este material mexicano se armaron las unidades de milicianos que tuvieron que enfrentarse a las columnas de regulares que avanzaban hacia Madrid.43
La guerra de España había dejado de ser un asunto nacional. La importancia estratégica del país, y la coincidencia de la guerra civil con los preparativos de las potencias del Eje para experimentar en Europa el nuevo armamento que secretamente habían desarrollado, hicieron que la guerra perdiera su carácter amateur. Un mes después del 18 de julio, Franco había recibido ya 48 aviones de combate procedentes de Italia y 41 de Alemania. La República no recibió ningún avión antes del 7 de agosto. En los días siguientes, Cot y Malraux consiguieron enviar 13 aviones de caza Dewoitine y 6 bombarderos Potez 54, desarmados, sin pilotos ni personal de mantenimiento y sin instalaciones para acoplar armas.44 «Entre la segunda mitad de septiembre y la segunda mitad de octubre [de 1936] … comenzó a realizarse la intervención de Francia solicitada por Madrid y por los partidos extremos del Frente Popular francés, a favor de la España roja», dice un informe dirigido al general Franco.45
André Malraux, el autor de La condición humana, supuestamente simpatizante comunista, organizó la escuadrilla «España» con pilotos mercenarios. La iniciativa de Malraux provocó las sospechas y el desdén de André Marty, quien no veía en el escritor francés más que a un «aventurero». Cuando llegaron a España, los consejeros soviéticos criticaron a Malraux por ignorar a los mandos republicanos haciendo «propuestas absurdas» y por saber «muy poco de tácticas aéreas». También censuraron a su grupo por una «total ausencia de disciplina y falta de participación en la batalla». Es verdad que los anticuados aparatos de la escuadrilla «España» tenían muy poco que hacer ante los cazas Heinkel o Fiat, pero eso no impidió a Malraux obtener pagas exorbitantes por sus contadas acciones, como informaron a Moscú los oficiales soviéticos: «[Malraux] ha reclutado por su cuenta en Francia pilotos y técnicos, y muchos de ellos han venido aquí sólo para hacer un buen dinero. Ante su insistencia, el gobierno español pagaba 50.000 francos mensuales a los pilotos, 30.000 a los observadores y 15.000 a los mecánicos. Eso se había acordado durante los días en que el Gobierno no tenía ninguna fuerza aérea, y para Malraux era fácil conseguir que pagaran lo que pedía».46
En aquellos días, la República, desconocedora del turbio mundo de los mercenarios y de la industria de armamentos, tuvo que sufrir las consecuencias de los estafadores. Malraux destaca no porque fuera un mitómano que proclamaba su heroísmo en el combate -tanto en España como después en la Resistencia francesa- sino porque explotó cínicamente la oportunidad de aparecer como un héroe intelectual en la leyenda de la República española.