El tablero europeo
Ayguadé presentó la dimisión por la violación del Estatuto de Cataluña, en la que le siguió Irujo. Ambos ministros fueron atacados por la prensa comunista, que les acusó de estar implicados en un «complot separatista». Las penas de muerte fueron ejecutadas sin pasar ninguna comunicación al presidente Azaña, quien, el día 13 de agosto, escribió en su diario: «Tarradellas me cuenta que ayer fusilaron a 58. Datos que me envía Irujo. Horrible. Indignación mía por todo eso. A los ocho días de hablar de piedad y perdón me refriegan 58 muertos. Sin decirme nada, ni oír mi opinión. Me entero por la prensa después que está hecho».1 Negrín, sin inmutarse, se fue aquella misma noche a visitar el frente del Ebro.
Todo el mundo empezó a hablar de crisis de gobierno. La Vanguardia, quizá por sugerencia del propio Negrín, publicó un artículo advirtiendo de las posibilidades de que se diera un golpe de estado para poner en el Gobierno a derrotistas que echarían a Negrín y buscarían una paz con los nacionales. A las formaciones comunistas de los frentes se les pidió que enviaran telegramas de apoyo al jefe del Gobierno que, más tarde, el 16 de agosto, en una entrevista con Azaña que éste calificó de «inolvidable», Negrín blandiría para demostrarle, en una poco velada amenaza, que los jefes del ejército estaban con él. El 14 de agosto Frente Rojo arropaba la jugada: «Frente a todas las maniobras, los trabajadores, los combatientes, todo el pueblo, están firmemente al lado del gobierno y de su presidente Negrín».
Aquel mismo día se celebró una parada militar en la que varios carros de combate del XVIII Cuerpo de Ejército, que mandaba el comunista José del Barrio, desfilaron por las calles de Barcelona mientras una escuadrilla aérea sobrevolaba, a baja altura, las avenidas. Era un desfile especialmente provocativo en unos momentos en que las tropas republicanas luchaban por su vida en el Ebro. Los antiguos aliados liberales y socialistas moderados de Negrín se sintieron vejados, y Prieto atacó al jefe del Gobierno diciéndole que había impuesto su voluntad al Consejo intimidándolo con una demostración de poder militar en las calles de Barcelona. Negrín entonces se presentó en la residencia de Companys, donde se celebraba una reunión a la que asistían Tarradellas, Sbert, Bosch Gimperay Pi Sunyer, para declarar su cansancio y sus intenciones de dimitir, animando a Companys a hacerse cargo del gobierno de la República. Según Azaña, Negrín le dijo a Companys «que él es un salvaje y necesita las manos libres para hacer su voluntad. Cada diez días, otra mujer».2
El presidente de la Generalitat, que había atacado brutalmente a Negrín ante Azaña y le había dicho que era partidario de Miaja para sustituirle, le convenció, sin embargo, de que debía seguir al frente del Gobierno, mostrándole la necesidad de hallar una vía de diálogo para arreglar las diferencias entre los gobiernos central y catalán. En realidad no había ninguna alternativa posible a Negrín, porque su estrecha alianza con los comunistas determinaba que, si se le apartaba del poder, la maquinaria militar de la República, empeñada en la batalla más desesperada de la guerra, quedaría paralizada temporalmente. Pero Negrín era casi tan centralista como Franco: «No estoy haciendo la guerra contra Franco para que nos retoñe en Barcelona un separatismo estúpido y pueblerino; estoy haciendo la guerra por España y para España … No hay más que una nación: ¡España!», le había dicho en julio el presidente del Consejo a Rafael Méndez.3
Negrín decidió entonces formar un nuevo gobierno pero sorteando la disposición constitucional de presentar formalmente la crisis al presidente de la República. Se limitó, simplemente, a sustituir a Ayguadé y a Irujo por Josep Morx, del PSUC, y por Tomás Bilbao, de Acción Nacionalista Vasca, 4 y se fue a Zurich, oficialmente a asistir a un congreso internacional de fisiología y medicina, pero también para entrevistarse en secreto «con unos alemanes franquistas» según Azaña, con el embajador alemán en Francia, conde Welczeck, según Thomas 5 o, como también se ha dicho, sin pruebas fehacientes, con el duque de Alba, para tratar de hallar una solución negociada. Pero daba igual: todas las gestiones de Negrín, auténticas o inventadas, iban a pasar en seguida a segundo plano ante acontecimientos más graves. El enorme sacrificio del Ebro sería prácticamente ignorado por una Europa que temblaba ante el inminente peligro de guerra en Checoslovaquia.
Si el tratado anglo-italiano de abril de 1938, que aceptaba tácitamente la intervención italiana en España, había significado un golpe muy duro para la República, el acuerdo de septiembre en Munich fue un mazazo. Con la política de apaciguamiento en su cota más miserable, era evidente que la actitud británica hacia España no iba a cambiar y que llevaría a Stalin a pensar que la única esperanza para Rusia estaba en un rapprochement a Hitler. Lo que significaba, a su vez, que el apoyo soviético a la República era un inconveniente para aquél. Munich indicaba también que la guerra europea quedaba, de momento, conjurada. Todas las esperanzas que Negrín había puesto en que estallara para que Gran Bretaña y Francia acudieran en socorro de la República se vinieron abajo. Pero sus esperanzas eran vanas; Negrín se engañaba pensando que, de haber estallado la guerra europea, la intervención de las potencias democráticas habría sido inmediata. No parece que el gobierno británico hubiera hallado muchos incentivos en ayudar a una República gravemente debilitada justo en el momento en que tenía que reunir toda la fuerza disponible para sus propias necesidades. Además, Gran Bretaña no habría asumido el tremendo riesgo sobre Gibraltar sin antes haber puesto en marcha un programa para incrementar las defensas del peñón.
El otro potencial aliado de la República, Francia, estaba harto de que su política exterior estuviera condicionada siempre a lo que disponía Gran Bretaña. A los franceses se les había forzado a llegar a un compromiso tras otro -como admitió lord Cranborne- por lo que ellos creían era la causa de la unidad democrática, cuando, en realidad, Chamberlain estaba mucho más cercano a Franco, Mussolini o Hitler con su despectiva actitud hacia «la decadencia de Francia». El temor al tradicional enemigo germano, y el resentimiento que experimentaban ante la actitud antifrancesa del gobierno británico, hicieron que algunos jefes militares pensaran en intervenir en Cataluña para ayudar a la República, pero el Estado Mayor general de Francia se oponía firmemente a cualquier paso que pudiera llevar a una guerra en dos frentes. Cuál no sería su alivio cuando, durante la crisis de los Sudetes, Franco -aconsejado por los ingleses-6 declaró que, si llegaba a desencadenarse la guerra en Europa, su gobierno sería neutral, garantizando, además, que las tropas del Eje que estaban en España no se aproximarían a la frontera pirenaica. A Ciano la actitud de Franco le daba asco, y Hitler dijo aquello de que lo que había hecho Franco «es ist eine Schweinerei, aber was konnten die arme Kerle machen» (es una cochinada, pero qué van a hacer los pobres diablos), pero, por lo menos, los regímenes alemán e italiano podían estar seguros de que ni Francia ni Gran Bretaña cuestionarían su intervención en España.
De hecho las actuaciones del Comité de No Intervención nunca les habían dado motivos para sentirse alarmados. La verdad es que tras el pacto de Pascua anglo-italiano las sesiones del Comité habían continuado con la misma dinámica que antes: «Todas las negociaciones que se llevan a cabo en el comité -dijo el representante de Alemania- tienen algo de irreales porque los que participan en ellas actúan según lo que hacen o dicen los demás … La política de no intervención es tan inestable y tan artificial, que todos temen provocar su colapso si se pronuncian por un rotundo ”no”, y nadie quiere ser responsable de ello». Para lord Halifax una retirada parcial de las tropas extranjeras de España era más que suficiente para salvar el espíritu del acuerdo de no intervención, ya que lo dispuesto en el tratado angloitaliano no era más que una añagaza que habían discurrido los británicos para retrasar la concesión del estatus de beligerancia.
Franco no sabía muy bien cómo reaccionar ante el plan británico revisado a la baja y aprobado por el Comité el 5 de julio, para la retirada de sus tropas extranjeras, de modo que consultó a sus aliados. Los embajadores alemán e italiano, después de consultar con sus gobiernos respectivos, le aconsejaron que aceptara el plan en principio, pero que lo fuera retrasando en la práctica. Por su parte, el gobierno republicano, por mucho que le disgustara la perspectiva de que se concediera a los nacionales el estatus de beligerancia, entregó una nota, el 26 de julio, aceptando la propuesta de retirada de tropas, aunque haciendo constar que el número de combatientes extranjeros no era igual en los dos lados, que era injusto el plan marítimo porque sometía a control los cuatro puertos importantes de la República pero no los que controlaban los franquistas, y denunciando la falta de disposiciones eficaces para el control aéreo, porque Italia y Alemania podían hacer llegar sus aparatos a los aeródromos franquistas en vuelo directo.7 Hasta el 16 de agosto no dio Franco una respuesta oficial a sir Robert Hodgson. Aceptaba el plan, pero con dos condiciones: quería el reconocimiento del estatus de beligerancia antes de retirar sus 10.000 combatientes extranjeros (cifra mínima fijada por los británicos) y pedía que el número de voluntarios que se retirase fuese igual para las dos partes.
Así estaban las cosas cuando Negrín intervino ante la Sociedad de Naciones el 21 de septiembre para anunciar la retirada inmediata y completa de todos los combatientes no españoles de las filas gubernamentales y sugerir la creación de una comisión internacional que supervisara el proceso. Aquel gesto sorprendente, aunque agradó, no desencadenó la simpatía universal hacía la causa republicana, que es lo que deseaba el presidente del Consejo. La crisis de Checoslovaquia, que estaba en aquellos momentos en su climax, había relegado la guerra de España a un conflicto marginal que los representantes mundiales preferían olvidar porque representaba el recuerdo vergonzoso de los peores aspectos de la diplomacia internacional. Ciano estaba perplejo ante la baza jugada por Negrín: «¿Por qué? ¿Tan fuertes se sienten? -se preguntaba en su diario- ¿O se trata sólo de una manifestación de carácter platónico? Por lo que a nosotros respecta, opino que esta acción resta a nuestra evacuación parcial parte de su sabor. Pero presenta la ventaja de no hacerla pasar por una iniciativa nuestra, que sin duda se habría prestado a comentarios desagradables: cansancio de los italianos, traición a Franco, etc.».8
Por su parte el Duce, que a veces se enfurecía ante el «sereno optimismo» de Franco y su «lenta conducción de la guerra», ofreció al Generalísimo más divisiones de refresco, aunque, en aquellos momentos, había ya 40.000 combatientes italianos en España. El general Berti se entrevistó con Franco el 20 de agosto para transmitirle la oferta de Mussolini de más voluntarios y el material de guerra que necesitara a cambio de que los italianos participaran en la dirección de la guerra: «Franco, lleno como siempre de confianza, ni aceptó ni rehusó, pero pidió más material». 9
El gobierno italiano pensaba que, con el señuelo de retirar 10.000 voluntarios, podría proclamar que respetaba el pacto de Pascua, mientras Franco se hacía con más aviones y artillería, que es lo que realmente le interesaba. Chamberlain pidió un plazo breve para que se llevara a cabo la repatriación de las tropas italianas, de modo que a la Cámara de los Comunes no le diera la sensación de que, en palabras de Ciano, era «Mussolini quien había fijado la fecha» con la consiguiente irritación de los diputados, porque se seguían produciendo, aunque esporádicamente, ataques de los submarinos italianos contra barcos que ondeaban pabellón británico.
En Cádiz, el general Queipo de Llano, acompañado por Millán Astray, presidió la despedida de 10.000 legionarios italianos que llegaron a Nápoles el día 20 de octubre, donde se les deparó una gloriosa bienvenida, perfectamente orquestada, con la presencia del rey. Lord Perth pidió permiso para que su agregado militar presenciara el desfile de las tropas, lo que llevó a Ciano a escribir en su diario: «Nihil obstat en principio por nuestra parte: parece que esto pueda resultar útil a Chamberlain para los debates parlamentarios, que se presagian duros».10
Ciano tenía buenos motivos para ser condescendiente tras el pacto de Munich. La perspectiva de una guerra europea -que tanto él como Mussolini temían a pesar de sus fanfarronadas- había remitido. Mussolini llegó a afirmar que «con la conquista de Praga, hemos capturado prácticamente Barcelona». La política soviética hacia la República pasó del apoyo cauteloso al desmarque activo. El sacrificio de Checoslovaquia convenció finalmente a Stalin de que no podía contar con Francia y Gran Bretaña como aliados contra Hitler y que, por lo tanto, tenía que cubrir su vulnerabilidad aliándose con Alemania. Pero sería engañoso ligar totalmente el destino de la República española al de Checoslovaquia, porque el fin de las esperanzas de supervivencia de la República había empezado en la batalla del Ebro, dos meses antes del pacto de Munich.
Chamberlain veía en el pacto de Munich una victoria diplomática. Estaba tan encantado con sus gestiones que, poco antes de que Mussolini y Ciano abandonaran Munich, sugirió la posibilidad de una conferencia a cuatro para resolver el problema de España. No cabe duda de que se veía con fuerzas para convencer a los republicanos españoles de que ellos, como los checos, debían sacrificarse en aras de lo que él creía que era la estabilidad europea.
Durante los últimos años de la década de los treinta, se dio un fenómeno común entre muchos hombres de estado: se convencieron de que tenían grandes capacidades diplomáticas. Y es cierto que una victoria diplomática en tiempos de tensión ofrece la halagüeña perspectiva de convertir al que la consigue en una luminaria política. Como dijo Anthony Edén refiriéndose a Chamberlain: «Es una forma de adulación a la que los primeros ministros consideran que tienen derecho; es gratificante condescender en ella y muy difícil de resistir».11 Esta observación de Edén también se podía aplicar a Negrín, quien, tal vez por sus innegables talentos en tantos campos, sobreestimó lo que se podía conseguir con el prestigio personal y la capacidad de persuasión. La arrogancia le perdió. De otro modo, es difícil comprender cómo se atrevió a jugar una carta tan arriesgada como la ofensiva del Ebro para respaldar sus gestiones diplomáticas.
Con todo, su declaración del 21 de septiembre ante la Sociedad de Naciones no comportaba un enorme sacrificio para la República porque los extranjeros que servían en las filas del ejército popular se habían reducido mucho. Como apuntó la comisión militar internacional encargada de observar la retirada de los combatientes no españoles en la España gubernamental, «puede decirse que la decisión del gobierno Negrín de retirar y disolver los voluntarios internacionales, y que se hiciera bajo la supervisión de la Sociedad de Naciones, era un modo de hacer de la necesidad virtud-».12 De no haber sido porque la crisis checoslovaca dio al traste con su atrevido gesto, el anuncio de retirada unilateral de voluntarios hubiera sido una inteligente acción de propaganda, ya que la prensa internacional había dado siempre una cobertura desproporcionada a todo lo que tenía que ver con las Brigadas Internacionales. En septiembre de 1938 sólo quedaban 7.102 extranjeros en las Brigadas, por lo que sus formaciones habían tenido que ser completadas con españoles. La divulgación de historias sobre la caza de brujas que practicaban los comunistas y la forma en que se llegó a tratar a los voluntarios que querían marcharse afectó tan gravemente al reclutamiento de nuevos voluntarios, que los puñados de recién llegados no bastaban para cubrir las bajas sufridas en Teruel y en Aragón. La comisión militar internacional que supervisó su retirada quedó muy sorprendida al ver lo viejos que eran muchos de los voluntarios extranjeros. El coronel sueco Ribbing se fijó especialmente en sus compatriotas: «Sobre los suecos que vi en Sant Quirze de Besora -escribió: la mayoría está en la cuarentena o alrededor de ella».13
En el frente del Ebro el plan de retirada de Negrín no se comunicó a los norteamericanos, canadienses y británicos de la XV Brigada Internacional, porque tenían que atacar la cota 401 al día siguiente y se pensaba que las noticias podían afectar a su rendimiento. Durante la última semana de septiembre se retiró a los brigadistas supervivientes del frente y se les condujo a Barcelona para su despedida oficial, aunque más de la mitad recibieron la nacionalidad española y pudieron quedarse en el ejército popular. Se trataba, sobre todo, de hombres a quienes les aguardaba la policía secreta en sus países de origen, ya fueran éstos Alemania, Italia, Hungría o las otras dictaduras de Europa y América Latina.14
André Marty reescribió el último editorial del periódico brigadista Volunteer for Liberty diciendo a los «luchadores antifascistas» que regresaran a sus países de origen para continuar allí la lucha contra el fascismo. Era un modo de comunicarles que la Unión Soviética sólo daría refugio a los cuadros más importantes del partido. A Marty, además, le aterrorizaba pensar que en el futuro se le pudiera amenazar con pruebas de sus ejecuciones sumarias, por lo que, en su ceguera por ocultar la verdad, trató de eliminar en Albacete a muchos brigadistas.15
El 28 de octubre, siete semanas después de su retirada del frente, las Brigadas Internacionales desfilaron por la avenida del 14 de Abril (la Diagonal) de Barcelona en una gran ceremonia de despedida, presidida por el presidente de la República, Azaña, el jefe del Gobierno, Negrín, el presidente de la Generalitat, Companys, los generales Rojo y Riquelme y casi todas las autoridades republicanas. Unas 300.000 personas asistieron al desfile bajo la protección de toda la aviación republicana disponible. Así habló «Pasionaria» en aquella ocasión:
¡Camaradas de las Brigadas Internacionales! Razones políticas, razones de Estado, la sustentación de la misma causa por la que ofrecisteis vuestra sangre con tan incomparable generosidad, obligan ahora a volver a algunos de vosotros a vuestra patria, y a otros a un exilio forzoso. Podéis marchar orgullosos. Vosotros sois la historia. Vosotros sois leyenda. Vosotros sois el heroico ejemplo de la solidaridad y universalidad de la democracia. No os olvidaremos, y cuando en el olivo de la paz vuelvan a brotar de nuevo las hojas, mezcladas con los laureles de la victoria de la República española, ¡volved!16
En aquella ocasión memorable ni siquiera un gran cartel en el que aparecía el gélido rostro de un Stalin que estaba pensando en la forma de llegar a un pacto con Hitler pudo atenuar la emoción del internacionalismo, que hizo correr las lágrimas por las mejillas de los catalanes y de los brigadistas. Estos dejaban en suelo español 9.934 muertos, 7.686 desaparecidos, prisioneros o huidos y 37.541 heridos.17
La comisión militar internacional que supervisaba la retirada de los voluntarios extranjeros se llevó una sorpresa al encontrar a unos 400 brigadistas internacionales en las cárceles de Barcelona y sus alrededores, incluidas la prisión de Montjuic y la «Carlos Marx». El coronel Ribbing escribió en su informe: «Por lo que concierne a los voluntarios internacionales, algunas veces han sido castigados por puras nimiedades, y otras, por conducta indisciplinada grave. Muchos dijeron que habían sido acusados de espionaje o sabotaje; la mayoría de ellos hicieron protestas de inocencia». Aunque el gobierno de Negrín había acordado que también se repatriaría a los brigadistas que estaban presos, la comisión encontró a esos 400 detenidos a mediados de enero de 1939, justo cuando los nacionales avanzaban sobre Barcelona. Probablemente aquello se debió más a la incompetencia o a la rutina burocrática, en una situación de caos, que a un intento deliberado de dejarles a merced del enemigo.18
La marcha de los comunistas extranjeros en la segunda mitad de 1938 no cambió significativamente la política del Partido Comunista de España, pero sus miembros debieron sentirse aliviados al deshacerse de los portadores de la paranoia estalinista. Los dirigentes del PCE reivindicaron después de la guerra que se habían opuesto muchas veces a las instrucciones de Moscú, aunque no aparecen pruebas de ello en los archivos rusos. Comprendían que las tácticas totalitarias sólo funcionan si se tiene el control total del ejército, la policía, el sistema legal y los medios de comunicación, y les incordiaba que los consejeros soviéticos recurrieran a métodos totalitarios que contradecían la política establecida por la Comintern para tranquilizar a las democracias burguesas.
A su regreso de Zurich, y mientras las tropas republicanas defendían su cabeza de puente en el Ebro, el doctor Negrín compareció ante las Cortes, reunidas en el monasterio románico de Sant Cugat del Valles los días 30 de septiembre y 1 de octubre. El presidente del Consejo pronunció un discurso en el que recordó con emoción a los soldados que morían en el Ebro, pasó revista a las crisis de gobierno de abril y agosto y a las relaciones entre los gobiernos central y catalán, y reiteró paladinamente su célebre consigna: «resistir es vencer», aunque manifestó su constante disposición para llegar a un acuerdo con los nacionales, a través de una mediación internacional, sobre la base de sus «Trece puntos».
Las minorías no ocultaron sus reservas ante los designios de Negrín y éste hizo un amago que Prieto y Zugazagoitia interpretaron como una amenaza de dimisión. Tras un aplazamiento en el que Negrín reunió al gobierno y puso las cartas sobre la mesa, planteando la cuestión de una nueva crisis, ésta quizá ya definitiva, compareció de nuevo ante las Cortes y retomó su discurso en términos violentos, que se fueron dulcificando a medida que repasaba los duros días de la construcción del ejército popular. Ante la intemperancia, pero también ante la firmeza del presidente del Consejo de ministros, se retiraron las muestras de desaprobación y la cámara le otorgó, por unanimidad, la confianza, aunque «a desgana, sin gusto, por obligación. Negrín y el Parlamento se reconocían enemigos».19
El día 11 de octubre, quince meses después del asesinato de Andreu Nin, los dirigentes del POUM Gorkín, Arquer, Andrade, Escuder, Rebull, Adroher y Bonet comparecieron ante el Tribunal de Espionaje y Alta Traición. La mayoría de los comunistas españoles entendían que, aunque el proceso debía llevarse a cabo con todas las formalidades, ser implacables no conducía a nada. Así y todo, acusaron al POUM de alta traición de un modo chapucero. La acusación se basaba en documentos falsificados que «demostraban» que el POUM había establecido un «pacto de no agresión con el enemigo» y lo vinculaban con una organización de espionaje de los nacionales radicada en Perpiñán.
Los comunistas tenían preparada, además, una segunda línea acusatoria sobre el comportamiento del POUM durante los hechos de mayo de 1937. El tribunal sabía muy bien que en aquel proceso estaba en juego la integridad de la justicia republicana, por lo que pronunció una sentencia de compromiso en la que se rechazaban las acusaciones de alta traición y se ponía de relieve que todos los acusados «tienen una marcada significación antifascista y que han contribuido con sus esfuerzos a la lucha contra la sublevación militar», pero se les imponían condenas de once a quince años de prisión por tratar de adueñarse del poder e instaurar un régimen revolucionario en mayo de 1937.20 La correlación de fuerzas políticas en octubre de 1938 no permitía que se realizara en Barcelona otro «proceso de Moscú».21
La llegada del invierno a la zona republicana fue muy desapacible. Los suministros de alimentos aún habían disminuido más y la producción industrial estaba por los suelos como consecuencia de la falta de materias primas y de electricidad en Barcelona. Apenas si quedaba carbón para las estufas y hacía mucho que la gente no sabía lo que era lavarse con agua caliente, aunque tampoco tenía jabón con qué hacerlo. Las organizaciones de socorro a la población, como las campañas Pro-Invierno o de Ayuda a la Infancia hacían todo lo que podían para conseguir unos míseros donativos con los que comprar alimentos para los niños, mantas y ropa de abrigo. Las madres españolas hicieron un llamamiento a todas «las madres del mundo» pidiendo ayuda para los niños en términos desesperados: «¡No permitáis que nuestros hijos perezcan de hambre o de frío!». 22
En Barcelona la situación era aún peor. La ración diaria de 100 gramos de lentejas había ido menguando y la población de la ciudad catalana estaba al borde de la inanición. La gente se moría literalmente de hambre entre los escombros de las calles destruidas por las bombas italianas y empezaban a propagarse enfermedades antes desconocidas, como el escorbuto. La propaganda radiofónica les traía sin cuidado. Seguían en pie porque no tenían otra alternativa. Los obreros de las fábricas, famélicos, seguían en sus tajos sin electricidad ni materias primas por la misma razón que los soldados seguían combatiendo en las trincheras: era mejor no pensar. Todo era derrotismo y hasta aquellos que en su desesperación se habían llegado a convencer de que su lucha terminaría en victoria, ya no podían seguir engañándose. Sabían que la próxima batalla sería la última y la aguardaban con resignada amargura.
Hasta el ejército, cuya moral era normalmente más alta que la de la retaguardia, aparecía derrotado antes de que se iniciara la batalla de Cataluña, lo que no significa que, de vez en cuando, no volviera a asombrar al enemigo con acciones de resistencia brillantes y feroces. A los ejércitos republicanos de Cataluña, con unas fuerzas que rondaban el cuarto de millón de hombres, no les quedaban más que 40 carros de combate, menos de 100 cañones, 106 aviones (de los que sólo la mitad eran capaces de levantar el vuelo) y 40.000 fusiles para enfrentarse a la inmediata ofensiva de las tropas de Franco.
Mientras tanto, los consejeros soviéticos se tomaban las cosas con calma. Quizá pensaban que con la inminente derrota de la República no iban a seguir allí por mucho tiempo y que más valía disfrutar de sus «vacaciones» mientras les dejaran. «Las cosas siguen igual -escribió un intérprete a su familia-, es decir, que las cosas van muy bien. Me he convertido en un jugador empedernido (de dominó) y por las noches jugamos a la ”cabra”. Escuchamos el gramófono … Mi apetito no es normal (es excesivo)… Después de comer, echamos una hora o dos de siesta, que es lo que me ha engordado … Estoy leyendo mucho.»23
Negrín, sin embargo, pensaba en el futuro, aunque no decía nada a sus ministros. Tal como Geró señalaba a Dimitrov: «el Gobierno lleva cinco meses sin reunirse; los ministros se quejan de que no consiguen ver a Negrín y que no pueden resolver las cuestiones de sus ministerios con él».24 Al parecer Negrín sólo se entrevistaba con comunistas importantes y con funcionarios soviéticos. En una entrevista que sostuvo el 17 de noviembre con Marchenko, Negrín planteó «la cuestión de nuestros trabajadores vecinos en España», que era un eufemismo para referirse al NKVD. Le dijo que «no era oportuno establecer una conexión entre el camarada Kotov y sus trabajadores con e1 Ministerio del Interior y el SIM. Propuso que el camarada Kotov Mantuviera una conexión indirecta con él, Negrín, porque está organizando un aparato especial dependiente de él mismo. El hecho de Negrín, que es siempre extremadamente delicado cuando se trata de nuestra gente, considere necesario hacer semejante observación, indica, sin duda alguna, que está sometido a una gran presión por parte del Partido Socialista, de los anarquistas y especialmente de los agentes de la Segunda Internacional sobre todo lo que concierne a la ”interferencia” de nuestra gente en la policía y en las labores de contrainteligencia».25
Durante otra reunión celebrada el 10 de diciembre, Negrín explicó su posición, que estaba en todo de acuerdo con la política comunista. Había discutido con Díaz y Uribe la idea de «un frente nacional unido, que a él le parecía una suerte de partido radicalmente nuevo. Le vino esa idea al perder la fe en la posibilidad de unificar los partidos socialista y comunista … Lo más que se podría esperar es que el Partido Socialista fuese absorbido por el comunista después de la guerra». Negrín se daba cuenta de que «depender del Partido Comunista no es favorable desde el punto de vista internacional. Los partidos republicanos existentes no tienen futuro. El Frente Popular carece de una disciplina común y está desgarrado por las luchas intrapartidistas. Por lo tanto, lo que se necesita es una organización que sea capaz de unir a lo mejor que hay en cada partido y en cada organización y que represente un apoyo fundamental para el gobierno … No se puede volver al viejo parlamentarismo; será imposible consentir el ”libre juego” de los partidos como funcionaba antes, porque en tal caso la derecha podría forzar de nuevo su camino hacia el poder. Eso significa que es necesario o bien una organización política unificada o una dictadura militar. El no ve otra salida». La idea de Negrín de un partido de «Frente Nacional» era más o menos una contrapartida de izquierdas de lo que Franco había conseguido con su Movimiento Nacional.










