La batalla de Teruel y la «espada victoriosa» de Franco
Hacia finales de 1937, los franquistas ya estaban en mucho mejor situación que los republicanos. La ocupación del norte había sido un paso fundamental para cambiar definitivamente el signo de la guerra. Por primera vez en toda la contienda las tropas nacionales igualaban en tamaño a las republicanas (entre 650.000 y 700.000 en cada zona) y muy pronto habrían de superarlas. Como se acaba de ver, la conquista de la costa cantábrica no sólo consintió desplegar en los frentes centrales las tropas que habían combatido allí, sino que Franco, que hasta ese momento apenas disponía de industrias, empezó a controlar zonas que le equiparaban en poder industrial y minero a la República. Ahora ya podía contar con las fábricas de armas cortas del País Vasco, con las fábricas de cañones de Trubia y Reinosa, con la de morteros de Mondragón y con las de bombas de aviación de Moreda y Gijón; disponía, también, del resto de la industria pesada de Bilbao, y del carbón y mineral de hierro asturianos, aunque estos últimos sirvieran para pagar parte de las deudas de guerra que había contraído con los nazis.
El ejército nacional fue reorganizado, a partir de aquel momento, en formaciones separadas, algunas destinadas a la guarnición de los frentes y otras, las más aguerridas, a formar un Ejército de Maniobra de alto poder ofensivo.1
Pese a la máquina de guerra de los nacionales, el Estado Mayor general republicano y sus consejeros soviéticos se empecinaban en enfrentarse a ella lanzando ofensivas convencionales que iban destruyendo gradualmente su ejército y la capacidad de resistencia de la República. No supieron ver que su única esperanza estaba en el mantenimiento de una defensa regular, constante y firme, combinada con ataques no convencionales, de guerrilla, contra la retaguardia enemiga en incursiones rápidas y múltiples a lo largo de los frentes peor defendidos. Una táctica semejante habría impedido, como mínimo, esa concentración de las mejores tropas de los nacionales en el nuevo Ejército de Maniobra. Y lo que es más importante, no se habrían llevado, como al matadero, a grandes formaciones de tropas republicanas con una enorme inferioridad tanto en artillería como en aviación.
La combinación de guerra convencional y lucha de guerrillas habría sido el método más eficiente, y el menos costoso, para que la República hubiera podido resistir a las tropas de Franco hasta el estallido de la guerra en Europa. Pero lamentablemente los generales republicanos siguieron aplicando el modelo de ofensiva general hasta que el poderío militar de la República quedó exhausto, tras la batalla del Ebro, en el otoño de 1938. Las prioridades de la propaganda política siguieron determinando la necesidad de llevar a cabo esas operaciones de prestigio, y tanto los comunistas como los oficiales regulares del ejército popular siguieron manteniendo con rigidez el principio de «mando único» cuando ya no era más que una inútil cuestión burocrática. Ya que había que proyectar en España y en el extranjero la figura del ejército popular como el ejército ortodoxo de un Estado ortodoxo, las tácticas serían también las más ortodoxas.
La inflexibilidad de la estrategia republicana se hizo aún más peligrosa a finales de 1937 con el incremento del poder aéreo de los nacionales. Tras su campaña en el norte, éstos crearon la 1º Brigada Aérea Hispana, al mando del coronel Apolinar Sáez de Buruaga y con García Morato como jefe de operaciones. Los pilotos españoles se fueron haciendo cargo paulatinamente de los aparatos alemanes e italianos más antiguos, los S-79, S-81 y los Junker 52, con los que se formaron escuadrillas de bombardeo.2 También se constituyeron nuevas escuadrillas de caza con los 23 Fiat que recibieron los nacionales en diciembre.3 (Las escuadrillas de caza contaban, normalmente, con nueve aparatos cada una y las de bombarderos con doce.) La Aviazione Legionaria italiana, al mando del general Bernasconi («Garda»), disponía de nueve escuadrillas de Fiat y tres escuadrillas de bombarderos S-79, S-81 y Fiat BR-20 en la Península, aparte de los que tenía en las bases de Mallorca. La inteligencia soviética supo que el hijo de Mussolini, Bruno, que había llegado a España en octubre, mandaba una de las escuadrillas de bombarderos S-79 que apoyaban al CTV en el frente de Aragón.4 La Legión Cóndor, ahora bajo el mando del general Volkmann, sustituyó, para su uso propio, a todos los Junker 52 por los Heinkel 111. Disponía, además, de tres patrullas de reconocimiento de Dornier 17, una de Heinkel 45, la escuadrilla de hidroaviones Heinkel 59, dos escuadrillas de Messerschmitt 109 y dos más de los viejos Heinkel 51. En total los nacionales y sus aliados disponían de unos 400 aparatos.5
Tras las pérdidas sufridas en Brúñete y en el norte, la fuerza aérea republicana era muy inferior en número y en calidad. Constaría, por aquellas fechas, de unas pocas escuadrillas de Moscas y de Chatos, y de unas decenas de bombarderos.6 Con ello tenían que enfrentarse al principal caza de los nacionales, el Fiat, que había demostrado sus condiciones de resistencia y maniobrabilidad, y al Messerschmitt, que, pilotado con pericia, era prácticamente imbatible. Hay que añadir a esto que los pilotos republicanos, y especialmente los rusos, no parecían dispuestos a arrostrar los mismos riesgos que los nacionales en los combates aéreos. Escuadrillas enteras de Moscas huyeron, a veces, ante la presencia de un puñado de Fiat decididos a atacar.
Los soviéticos, que ahora también tenían que empeñar pilotos en el conflicto chino-japones, iban cediendo cada vez más aparatos a los pilotos españoles que regresaban del curso en Rusia. Dos de las escuadrillas de Moscas eran ahora totalmente españolas, y en las cuatro escuadrillas de Chatos había pilotos españoles. Estos últimos biplanos se fabricaban en Sabadell-Reus, pero no así los Moscas, cuya sustitución por pérdidas en combate era cada vez más difícil porque no llegaban de la Unión Soviética debido a que el bloqueo del Mediterráneo por parte de la flota nacional era cada vez más eficaz. (El Baleares hundió todo un convoy procedente de Rusia el 7 de septiembre.) Pese a ello, a los republicanos les llegó una entrega de 31 Katiuskas, con lo que su fuerza de bombarderos se incrementó hasta constituirse en cuatro escuadrillas de Natashas y otras cuatro de Katiuskas. Los mayores éxitos de la aviación republicana se produjeron durante las intensas campañas de ataque a los aeródromos enemigos que llevaron a cabo ambas fuerzas aéreas. El 15 de octubre, durante un nuevo ataque fallido a Zaragoza, los cazas y bombarderos republicanos atacaron el campo de aviación Sanjurjo y destruyeron o dispersaron a casi todos sus aviones. Como medida adicional de defensa contra los contraataques, las fuerzas aéreas republicanas recurrieron con frecuencia a señuelos, que simulaban cazas, en aeródromos en desuso, y al traslado constante de sus aparatos de un aeródromo a otro.7
Tras haber conquistado la zona norte, Franco pensó que ya había llegado el momento de volver sobre Madrid, de modo que preparó una nueva gran ofensiva contra la capital de España. La nueva fuerza de que disponía ahora compensaba la ventaja que tenía la República de controlar las líneas internas. El Ejército de Maniobra nacional fue desplegado tras el frente de Aragón, entre el valle del Jalón y Medinaceli, para un ataque en dirección suroeste por la carretera Zaragoza-Madrid, que los italianos habían utilizado como eje en la batalla de Guadalajara, en marzo. El Cuerpo de Ejército de Castilla fue situado a la izquierda, el CTV italiano en el centro, el Cuerpo de Ejército marroquí a la derecha y los de Galicia y de Navarra en reserva. La Aviazione Legionaria y la Legión Cóndor daban cobertura aérea a todas estas fuerzas, aunque la alianza nacional estaba atravesando una crisis, como observó Von Richthofen el 3 de diciembre: «Increíbles tensiones entre españoles e italianos».8
El sector amenazado por los nacionales en el frente de Guadalajara estaba defendido por el IV Cuerpo de Ejército republicano, que mandaba ahora Cipriano Mera. Este contaba con el auxilio de sus correligionarios anarquistas que, como habían hecho en la batalla de Brihuega, cruzaban las líneas y se internaban en territorio enemigo para enterarse de los movimientos de las tropas. En esta ocasión, la información que consiguieron fue aún más valiosa. Algunas fuentes franquistas afirmaron tiempo después que el propio Mera había cruzado las líneas disfrazado de pastor y había llegado al cuartel general de los nacionales, donde consiguió acceso a sus planes operativos. En realidad, como cuenta el propio Mera, la misión de espionaje fue propuesta y llevada a cabo por un joven anarquista llamado Dolda, que no llegó hasta el cuartel general de los nacionales. Fueron miembros de la CNT que vivían, ocultando su identidad, en la zona nacional de Aragón los que le avisaron de que se estaba produciendo una gran concentración de tropas desde Zaragoza hasta Calatayud. Durante su regreso, vía Medinaceli, Dolda pudo acabar de confirmar su corazonada de que los nacionales se estaban preparando para la mayor ofensiva desencadenada hasta entonces y que ésta iba a tener lugar en el sector de Guadalajara. Dolda, de regreso a sus líneas el 30 de noviembre, informó a Mera, y éste, a su vez, trasladó la información al general Miaja.
Ante aquellos datos, a Rojo no le quedó más remedio que aparcar la ofensiva que estaba preparando para llevar a cabo en Extremadura -el famoso «Plan P»- que consistía en penetrar por el frente franquista al sur del Guadiana, alcanzar la frontera portuguesa y enfrentarse con las tropas de Queipo de Llano, partiendo en dos la zona nacional. Para desbaratar la operación franquista sobre Madrid, hizo dos propuestas de las cuales el Gobierno consideró como mejor un ataque preventivo contra Teruel, que constituía un saliente o lagrimón sobre la zona republicana y que, además, apuntaba peligrosamente hacia la costa mediterránea. Se especulaba con que, ante el desafío republicano, Franco acudiera a la cita como en Brúñete y no como en Belchite. Ante la limitada disponibilidad de medios republicanos y la urgencia del caso, el general Rojo se propuso llevar a cabo en Teruel una batalla «ofensivo-defensiva», con la que trataba de conseguir una «destrucción limitada del adversario» u obtener una «determinada ventaja de ulterior explotación».9
Rojo dio instrucciones para que se trasladase a Teruel el Ejército de Maniobra, compuesto por los cuerpos de ejército XVIII, mandado por Enrique Fernández Heredia, XX, al mando de Leopoldo Menéndez, y XXII, al mando de Juan Ibarrola. A ellos añadió los cuerpos de ejército XIII (a cargo de José Balibrea) y XIX (que mandaba Joaquín Vidal), y el ejército de Levante, cuyo jefe era el coronel Juan Hernández Saravia, a quien puso al frente de toda la operación. En total, Rojo pudo desplazar a Teruel unos 40.000 hombres formados en las divisiones 11 (Líster), 25 (García Vivancos), 34 (Etelvino Vega),
39 (Alba), 40 (Andrés Nieto), 41 (Menéndez), 42 (Naira), 64 (Martínez Cartón), 68 (Triguero) y 70 (Hilamón Toral). Quedaron en reserva la 35 (Walter) y la 47 (Duran). Los carros de combate y blindados se asignaron a las diversas formaciones según la ineficaz táctica francesa que normalmente seguían los generales republicanos.
Al principio no se contó con las Brigadas Internacionales, una medida lógica si se considera la condición en que se encontraban muchas de ellas. A Walter, que había visitado los batallones británico y canadiense de la XV Brigada Internacional, le pareció «difícil trasladar en palabras el estado del armamento y su suciedad, especialmente los fusiles». A Walter le disgustaron también «las peleas y las disputas en las unidades internacionales» y el antisemitismo de los destacamentos franceses. Le preocupaba la continua arrogancia que mostraban los internacionales ante los españoles, actitud que también entró en la categoría de «kleberismo». Refiriéndose a los alemanes de la XI Brigada Internacional, Walter decía que: «El chovinismo alemán está presente y crece desde hace más de un año, y durante todo ese tiempo se ha llevado a cabo una política de nacionalidad abiertamente racista». En muchísimos casos, los españoles que combatían en las Brigadas Internacionales no recibían la atención médica adecuada, y los internacionalistas no compartían con ellos ni las raciones ni los cigarrillos que les enviaban desde sus casas.10
Las fuerzas nacionales que defendían Teruel constituían la 52º División, que, con los voluntarios franquistas de la ciudad, no llegarían a los 10.000 efectivos. Mandaba estas tropas el coronel Domingo Rey d’Harcourt, quien había establecido una línea defensiva de trincheras y alambradas en el exterior de la plaza, apoyada en los cerros que, como La Muela, dominan Teruel. El plan de ataque del general Rojo consistía en cercar la ciudad con una maniobra de envolvimiento en la que las divisiones 11 y 25, del XXII Cuerpo de Ejército, atacaran desde el nordeste hacia los pueblos de Caudé y Concud, mientras que las divisiones 34 y 64, del XVIII Cuerpo de Ejército, atacarían desde el suroeste hacia el Pico del Zorro y La Muela de Teruel, y las divisiones 40 y 68, del XX Cuerpo de Ejército, avanzarían sobre el puerto de Escanden y el Vértice Castellar, respectivamente. Si la maniobra salía bien, Teruel quedaría encerrada como dentro de una gran bolsa, aislada del territorio que ocupaban los nacionales. A continuación, las tropas republicanas de los cuerpos de ejército XVIII y XXII establecerían una línea de defensa para repeler los inevitables contraataques de los franquistas, mientras que se encargaba al XX que entrara en la ciudad de Teruel apoyándose en los tanques.11
En la mañana del día 15 de diciembre, en un clima siberiano, la 11 División de Líster, en la que combate el poeta Miguel Hernández, consigue romper el frente de los nacionales en las estribaciones del Muletón y a las diez de la mañana se apodera de Concud. Por su parte, la 25, que ha atacado desde la zona de Villalba Baja, toma San Blas, junto al Turia. La sorpresa para los nacionales es total, en parte porque no esperan que con aquel frío gélido la República se lance al ataque, pero, sobre todo, porque las dos divisiones republicanas no llevan a cabo ninguna preparación artillera del campo enemigo. Pero los ataques son muchas veces inútiles. El 7 de diciembre, la 3º compañía de Tanques del capitán Gubanov hace cinco intentos de lanzar un ataque, pero la infantería no le sigue. El Regimiento Internacional de Tanques, compuesto principalmente por voluntarios soviéticos, combate en los sectores más peligrosos del frente. El capitán Tsaplin se comporta como un héroe. Han alcanzado su tanque y le han destrozado una oruga a sólo cincuenta metros de las trincheras enemigas. Durante ocho horas «resiste en su tanque los feroces ataques del enemigo. Cuando agota sus municiones, inutiliza el tanque, salta y escapa».12
El día 20 enlazan con las divisiones del XVIII Cuerpo de Ejército, que han sobrepasado El Campillo y han tomado La Muela de Teruel a media tarde del día 18, para establecer una línea defensiva que va desde Peralejo hasta más allá de Bezas a la altura del kilómetro 179 de la carretera de Teruel a Zaragoza. La 40, que ha tenido que tornar en dura lucha el puerto de Escanden, máximo punto de penetración del frente nacional hacia el este, ha llegado a las afueras de Teruel el día 19. Ese mismo día llegan Prieto, Rojo y todo el Estado mayor, que, con un grupo de periodistas y corresponsales extranjeros-entre los que se cuentan Hemingway, Matthews y Capa- aguardan el momento de comunicar al mundo que la República ha reconquistado la primera capital de provincia.13
Los generales franquistas quedan desconcertados ante este ataque. «Noticias alarmantes -escribe Von Richthofen-. Los rojos han roto el frente junto a Teruel.»14 Franco tiene que decidir entre seguir con su plan de atacar Madrid, como le aconsejan que haga sus asesores alemanes e italianos, o acudir al capote de Rojo. Se decide por esto último en medio del disgusto de los mandos nacionales, que no desearían cambiar Teruel por la gran ofensiva que se había planeado.15 «El Generalísimo -informa la Legión Cóndor a Berlín- decidió desde el principio, por razones de prestigio de una especial naturaleza política, y al coste de renunciar al ataque sobre Madrid pasando por Guadalajara que se había dispuesto, restablecer el frente alrededor de Teruel para dejarlo tal como estaba el día 15 de diciembre.» A Franco lo que le ocurre es que no puede soportar la idea de que los republicanos tomen una capital de provincia. Hay que reconquistarla a toda costa. Su primera intención es enviar allí, de inmediato, a la Legión Cóndor, pero Von Richthofen es cauto: «La situación meteorológica es muy seria», escribe en su diario.16
Para taponar de momento la brecha, Franco envía a Aranda a Teruel con tres divisiones y ordena a Dávila que desplace la 81º desde el Alto Tajo. El día 20 emite una directiva por la que se organiza un ejército para socorrer Teruel, que, al mando de Dávila, estará integrado por el Cuerpo de Ejército de Galicia, que deberá actuar al norte del Turia, y por el Cuerpo de Ejército de Castilla, reforzado con dos divisiones navarras, que deberá atacar al sur del mismo río. Estas fuerzas contarán con el máximo apoyo artillero y de aviación, es decir, con la artillería italiana del CTV y con la Legión Cóndor, que se encontrarán con graves problemas a causa del mal tiempo. Durante casi una semana, los aviones no podrán despegar de sus aeródromos por la mala visibilidad, el hielo de las pistas y la congelación de los motores. Sólo se pueden enviar a la brecha las baterías antiaéreas de la Legión Cóndor. El día 21 se lucha ya en las calles de Teruel y los republicanos de la 68 División, con sus carros de combate T-26, ocupan en seguida el Ensanche y la plaza de toros. Las instantáneas de la entrada de los tanques republicanos en Teruel dan la vuelta al mundo. Las fuerzas de Rey d’Harcourt, que se han replegado hacia el centro de la ciudad, se hacen fuertes en los edificios que rodean la plaza de San Juan: la iglesia del mismo nombre, la Comandancia militar, el Gobierno civil, el Banco de España, la Diputación, la delegación de Hacienda, el hospital de la Asunción, el Casino… El coronel Barba se defiende en el Seminario, el convento de Santa Clara y las iglesias de Santiago y Santa Teresa. Los infantes republicanos suben las escarpas de acceso a la ciudad protegidos por una cortina de fuego de ametralladoras: «Se distinguía a los dinamiteros corriendo por las primeras calles y los fogonazos de sus granadas al estallar dentro de las casas. Había llegado el gran momento: uno de esos momentos dramáticos de la historia y del periodismo», escribe el periodista norteamericano Herbert Matthews.17
La toma de Teruel constituye uno de los episodios más terribles de la guerra civil española: hay que combatir en las calles, llenas de escombros, y desalojar casa por casa con bombas de mano y esgrima de fusil. Se abren grandes boquetes en las paredes y en los suelos de las casas, a través de los que se hace fuego de fusil ametrallador y se lanzan granadas de mano contra los emboscados que, en muchos casos, están mezclados con la población civil: «De pronto vimos que de una ventana alguien asomaba a un bebé, gritando que no disparáramos, que en la casa sólo había civiles. Y dejamos de disparar al ver a la criatura».18 Los republicanos, que siguen las instrucciones dadas personalmente por Prieto de extremar la protección de los civiles en la toma de la ciudad, van enviando a las mujeres y niños que desalojan de los sótanos de las casas a la plaza del Torico, aunque también muchos de ellos, asumiendo el riesgo de ser fusilados, se entregan al saqueo. Luego, por las noches, se mezclan en las casas, inadvertidamente, soldados de ambos bandos que acaban matándose, a la luz del alba, a golpes de bayoneta. Stalingrado no va a ser mucho peor.
A partir del día 22 la artillería republicana, que dispara a cero, machaca los focos de resistencia, aunque más tarde tiene que minar con la colaboración de Belarmino Tomás, que se encuentra en leruel los principales edificios que ocupan Rey d’Harcourt y Bara con sus hombres, como la Comandancia, el Banco de España, el Casino, el convento de Santa Clara y el edificio del Gobierno civil. Cuando éste es ocupado, «una parte de sus defensores se pasó al edificio paredaño, Hotel de Aragón, donde se les persiguió entablándose, como en Santa Clara, una lucha cruelísima. En el Gobierno civil se hicieron algunos prisioneros y se retiraron muchos cadáveres. La mayoría y, desde luego, los niños habían muerto de hambre».19 El gran fotógrafo Robert Capa sólo escribe un artículo sobre la guerra civil española y precisamente lo hace durante aquellos días en Teruel. Sus palabras sobre la toma del Gobierno civil estremecen: «Más de cincuenta personas, mujeres y niños, en su mayoría cegados por la luz, nos mostraron sus rostros cadavéricos, manchados de sangre y mugre. Llevaban quince días en el subsuelo, viviendo en un terror continuo, alimentados de restos de comida de la guarnición y de algunas sardinas que les tiraban diariamente. Muy pocos tuvieron fuerzas para levantarse; hubo que ayudarlos a salir. Es imposible describir una escena tan penosa».20
Teruel aún no está totalmente ocupado por las tropas leales, pero las autoridades republicanas comienzan a lanzar las campanas al vuelo. En Nochebuena llegan los ascensos y los premios: Hernández Saravia es ascendido a general y al general Rojo se le otorga la Placa Laureada de Madrid. Los esposos Haldane han invitado a Teruel al célebre cantante Paul Robeson, que durante toda la noche canta espirituales para los soldados del British.21 Los comunistas se atribuyen la victoria y reclaman recompensas para sus combatientes, a quienes «aureolaban con toda suerte de nimbos y resplandores». A Prieto le entra un inusitado ataque de optimismo y bromea diciendo que ahora ya es ministro de Defensa y de Ataque 22
Las terribles condiciones climáticas no permitirán a los nacionales lanzar un contraataque hasta el día 29, con una tormenta de obuses de artillería como no se había visto hasta entonces. Aquel día la visibilidad es mayor, las tormentas de nieve han remitido y las fuerzas aéreas de los nacionales están en condiciones de emplear todo su potencial. Sobre las posiciones republicanas caen más de cien toneladas de bombas y las patrullas de Moscas no se atreven a hacer frente a las escuadrillas de Fiat que escoltan a los pesados bombarderos. Su acción, combinada con la máxima cadencia de tiro de la artillería, dura dos horas seguidas.23 En cuanto termina la tormenta de fuego, diez divisiones nacionales se lanzan en dirección sudeste para tratar de recuperar el saliente, pero, a pesar del aplastante bombardeo, las líneas republicanas no ceden. La Legión Cóndor reconoce que el efecto de sus bombas no ha sido «muy grande». El Cuerpo de Ejército de Galicia sólo ha conquistado de 300 a 400 metros de terreno, mientras que el Cuerpo de Ejército de Castilla «sigue en su posición inicial».24
Al día siguiente, el tiempo mejora y la artillería de los nacionales retumba de nuevo. Los Heinkel 51 de la Legión Cóndor atacan «las líneas de trinchera y las posiciones de reserva», mientras los precisos cañones de 88 mm de sus baterías antiaéreas se concentran en los puntos clave. «Como ya comprobamos en Asturias, cuando los cazas ametrallan las trincheras y las baterías antiaéreas las castigan, el enemigo no puede combatir.»










