La caída de Cataluña
A principios de diciembre de 1938, dos semanas después de que las últimas unidades republicanas repasaran el Ebro, el Ejército nacional de Maniobra se redesplegó a lo largo de las dos fronteras fluviales de la zona oriental de la República, la del Segre y la del Ebro.
Previendo el lógico movimiento de las tropas nacionales, el general Rojo había presentado a Negrín, el 23 de noviembre, un plan estratégico para tratar de frenar la marcha de la ofensiva franquista activando las defensas de Cataluña y desencadenando ataques republicanos en los otros frentes que obligaran a Franco a enviar tropas allí, distrayéndolas del escenario catalán. El ejército del Centro contaba con unos 100.000 efectivos, mientras que en el frente de Extremadura había otros 50.000 soldados y quizá 20.000 en el de Andalucía. El ejército de Levante constaba de 21 divisiones, que no estaban dotadas al completo, más las cuatro y media de reserva. A principios de diciembre, el conjunto del ejército popular sólo disponía de 225.000 fusiles, 4.000 fusiles ametralladores y unas 3.000 ametralladoras. Estas eran las bazas con que contaba la República para seguir resistiendo. 1
Aunque la respuesta a la ofensiva que preparaban los nacionales sobre Cataluña era, claro está, prioritaria, Juan Negrín no podía descuidar el frente interno: muy pocos partidos querían seguirle en su proyecto de resistencia a ultranza, y menos aún, el suyo propio, que, en aquellos momentos, estaba escindido por lo menos en cuatro fracciones nítidas: sus propios partidarios, los de Prieto, los de Largo Caballero y los de Besteiro. Este último sentía una profunda aversión hacia la política de Negrín. El 16 de noviembre había dejado sus ocupaciones en Madrid para trasladarse a Barcelona y entrevistarse con el presidente de la República. Aunque durante aquella reunión Besteiro no se comprometió con los planes antinegrinistas de Azaña, expresó a éste su convicción de que Negrín estaba totalmente entregado a la causa comunista, como, por otra parte, acababa de decir en la última reunión del comité ejecutivo del PSOE y como le espetaría al propio Negrín: «Lo tengo a usted por un agente de los comunistas».2 Pero lo cierto es que el presidente del Consejo sólo podía contar, precisamente, con los comunistas.
Durante una cena con el nuevo responsable británico, R. C. Shrine Stevenson, el doctor Negrín trató de convencerle de que su actitud hacia el comunismo era pura cuestión de necesidad:
[Dijo] que el comunismo no era una ideología adecuada para los españoles. El gobierno español, con su política y sus objetivos, había demostrado cuan lejos estaban sus simpatías del comunismo… pero que no había tenido más remedio que apoyarse en gran medida en el Partido Comunista no sólo porque era la fuerza mejor organizada en las primeras fases de la guerra civil, sino también porque Rusia había sido el único país que había ayudado realmente al gobierno español. El Partido Comunista seguía siendo el más entusiasta y el más enérgico de los que apoyaban al gobierno. En tales circunstancias, prescindir de su influencia no aportaba al gobierno ninguna ventaja, pero el Sr. Negrín afirmó que si podía obtener de Francia e Inglaterra los suministros que necesitaba, él podría, y desde luego lo haría, suprimir el Partido Comunista en una semana.3
Pero es difícil reconciliar las expresiones de Negrín con su propia actitud hacia los comunistas, a quienes propuso el 10 de diciembre formar un Frente Nacional Unido de acuerdo con la política del partido.
A principios de enero, el presidente del Consejo aún trató, tozudamente, de convencer a los franceses para que acudieran in extremtí en ayuda de la República. El día 7 viajó a París en secreto, donde se entrevistó con los embajadores inglés y norteamericano además de ser recibido por el ministro francés de Asuntos Exteriores Georges Bonnet. Negrín les expuso que para resistir con garantías de éxito necesitaba 2.000 ametralladoras y 100.000 fúsiles.4 Las autoridades francesas no sólo no respondieron a la desesperada -e ingenua petición de Negrín, sino que a Bonnet le faltó tiempo para colaborar con el representante de Franco en París, Quiñones de León, en el bloqueo del material militar ruso que llegó a Burdeos el día 15.5
Esta remesa de armamento la había pedido el propio Negrín el 11 de noviembre en una carta personal a Stalin que le llevó en mano Hidalgo de Cisneros. En ella se refería a la situación internacional, daba cuenta al dictador soviético de la actitud de Francia y Gran Bretaña hacia su gobierno, le informaba de la evolución «positiva» del contexto interno español y le hacía saber la apremiante necesidad de recibir el armamento imprescindible para hacer frente al nuevo material de guerra que Alemania e Italia acababan de enviar a Franco. Acompañaban la carta cinco anexos en los que se detallaban las necesidades más acuciantes de la República: 2.150 piezas de artillería, 120 cañones antiaéreos, 400.000 fusiles, 10.000 ametralladoras, 260 aviones de caza, 150 bombarderos, 300.000 obuses, etc. Nunca en toda la guerra se había pedido a la URSS un envío tan colosal. Sin embargo, Stalin, Molotov y Voroshilov, con los que se entrevistó Hidalgo de Cisneros, accedieron a la petición y no pusieron trabas a la concesión de un nuevo crédito a la República española por importe de 103 millones de dólares. El material salió del puerto de Murmansk y llegó a Burdeos el 15 de enero, cuando ya había sido tomada Tarragona por las tropas franquistas. Bonnet confirmó al embajador, Marcelino Pascua, la llegada del envío cinco días después y le prometió abrir la frontera para que pasara todo el material. Sin embargo, sólo pasó una parte, que, además, fue a parar casi íntegramente a manos nacionales porque los republicanos no tuvieron tiempo ni de desembalar las cajas.6
Ante el inminente despliegue de los nacionales en el Segre, el Estado Mayor republicano dio luz verde al plan de operaciones que se había aprobado el 6 de diciembre y que había de desarrollarse en el frente Sur con dos ataques señuelo: uno contra Motril, con apoyo de la flota, y otro que había de lanzarse en el frente del Centro para cortar las líneas de comunicación enemigas con Extremadura y que debía comenzar doce días después del anterior. Estos ataques demostrativos debían amparar la ofensiva principal en el frente de Córdoba-Peñarroya, que tenía como máximo objetivo abrir una línea de penetración hasta Sevilla.
Sin embargo, toda esta acción ofensivo-defensiva de la República estaba condenada al fracaso. La maniobra sobre Motril, que debía tener lugar el día 12 de diciembre no se produjo porque el general Miaja, jefe de la Agrupación de Ejércitos, se negó a obedecer las órdenes del Estado Mayor, y el almirante Buiza detuvo la acción de la flota cuando ésta ya se dirigía a aguas andaluzas. Con todo, Rojo ordenó seguir adelante con la ofensiva principal y el 5 de enero, cuando ya los nacionales penetraban en Cataluña, aprestó a las tropas republicanas del frente de Extremadura.7
El asalto de los nacionales a Cataluña tenía que haberse iniciado el 10 de diciembre, pero las lluvias torrenciales y el temporal obligaron a posponerlo. El general Franco no estaba dispuesto a correr ningún riesgo y esperó a que su «artillería volante» y sus cazas pudieran ser totalmente operativos. Las fuerzas con que contaba para esta gran ofensiva ascendían a unos 340.000 hombres, alrededor de 300 carros de combate, más de 500 aviones y unos 1.400 cañones. Pese a su aplastante superioridad, a los nacionales, escarmentados con Madrid, les preocupaba tener que enfrentarse a una resistencia desesperada en Barcelona. Tampoco las tenía todas consigo el ministro de Asuntos Exteriores italiano, quien tras la decepción que le había supuesto la campaña de Aragón, estaba escarmentado: «Muti ha regresado de España. Las cosas se están poniendo bastante bien y el próximo ataque a Cataluña podría tener un carácter resolutorio. Yo soy un poco escéptico: esta frase se ha dicho ya demasiadas veces como para que pueda seguir creyéndola», escribió en su diario el 6 de diciembre.8
Mientras tanto, algunos políticos extranjeros como Roosevelt, que admitía que el embargo de armas «había sido un grave error», Churchill o Edén, que tanta desconfianza habían mostrado hacia la República española, parecían darse cuenta ahora de lo que iba a significar su desaparición. Pocas democracias quedaban ya en el viejo continente: Francia, Suiza, los Países Bajos, Escandinavia… pero ni siquiera los más pesimistas podían imaginar que a la mayoría de ellas no les quedaban más de 18 meses de vida. El general Franco no sólo rechazó, uno tras otro, todos los intentos de mediación que realizaron algunos gobiernos extranjeros, sino que la actitud del gobierno británico le dio alas para seguir reclamando que se le concediera el derecho de beligerancia antes de la retirada de los combatientes extranjeros. El Caudillo podía prescindir tranquilamente de la infantería italiana, pero no de la Legión Cóndor, que era la garantía de su victoria final. 9
En cualquier caso, nadie albergaba ya muchas dudas sobre el resultado final de la guerra, a menos que se produjera una intervención francesa. Por ello Ciano advirtió a Londres el 5 de enero (muy poco después de enviar a Franco más cazas y artillería) que «si los franceses se mueven, cesa la política de no intervención. Nosotros también enviaremos divisiones regulares. Es decir, haremos la guerra a Francia en tierras de España».10 Pero su advertencia era superflua, porque lord Halifax ya había hecho saber a París, una vez más, que si se provocaba a las potencias del Eje por la cuestión de España, Gran Bretaña no acudiría en ayuda de Francia. Tampoco el general Franco tenía motivos para preocuparse de que Cataluña pudiera declararse independiente y pidiera la protección de Francia, porque Negrín lo hubiera impedido sin dudar un instante. En realidad, y pese a las protestas de aquellos ciudadanos franceses que se avergonzaban ante las claudicaciones de Chamberlain en Munich, no existió nunca la menor posibilidad de que las tropas francesas intervinieran en España en aquella fase de la guerra. Es más, el gobierno francés impidió que la República recibiera el grueso de los últimos envíos de armas reteniéndolos en su suelo hasta que las fuerzas republicanas pasaron a Francia. Entonces los entregaron a los nacionales.
Tras la batalla del Ebro, las fuerzas aéreas de los nacionales habían podido disponer de más de un mes para reorganizarse. A las escuadrillas de Fiat se asignaron 400 nuevos pilotos españoles, recién salidos de las academias. Al mismo tiempo, la Legión Cóndor empezó a entregar los cazas Messerschmitt 109b a los pilotos españoles más experimentados, porque sus escuadrillas estaban siendo reequipadas con los 109e. Otra escuadrilla española fue equipada con los Heinkel 112, que habían sido superados por los Messerschmitt en las pruebas de la Luftwaffe. Los italianos se trajeron también su último modelo de caza, el Fiat G.50 monoplano, para probarlo en las futuras batallas, aunque nunca entró en combate. A finales de 1938 los nacionales y sus aliados disponían de 14 escuadrillas de cazas Fiat CR 32 y tres escuadrillas de Messerschmitt compuestas de 12 aparatos cada una.
Sumadas a las fuerzas aéreas que tenían su base en las Baleares, totalizaban más de 200 cazas, con un número similar entre sus fuerzas combinadas de bombarderos Junker 52, Heinkel 111 y Savoia-Marchettis.11 Para hacer frente a estas fuerzas aéreas, la República sólo disponía de siete escuadrillas de cazas integradas por muchos menos Moscas que Chatos, ya que éstos se montaban en Sabadell, pero los Moscas tenían que llegar de la Unión Soviética. En cualquier caso, los 45 Chatos que se produjeron en Sabadell durante los últimos tres meses de 1938 no pudieron compensar en modo alguno las pérdidas sufridas en el Ebro. Las fuerzas aéreas, como, por otra parte, todas las fuerzas de la República, sufrían las consecuencias de la falta de piezas de repuesto, por lo que no tenían más remedio que completar máquinas y aparatos con las piezas en buen estado de otros, tratando, así, de mantener una mínima presencia operativa.
En vísperas de la ofensiva de Cataluña, el GERO (Grupo de Ejércitos de la Región Oriental) contabilizaba 220.000 efectivos, de los cuales sólo 140.000 hombres estaban encuadrados en brigadas mixtas. En su citado informe del 6 de diciembre, el general Rojo había dejado escrito que aunque «contemos con un ejército en la región catalana que rebasa los 220.000 hombres, resulta, por su dotación de medios, inferior a 100.000 (incluidos los servicios)».12 De las aproximadamente 250 piezas de artillería de que disponían, más de la mitad eran inservibles o estaban a punto de serlo y de los 40 tanques y 60 blindados, pocos estaban en buenas condiciones. Las fuerzas republicanas que finalmente se enfrentaron a la ofensiva de los nacionales estaban compuestas por unos 90.000 combatientes, que sólo contaban con 60.000 fusiles para defender un frente de 135 kilómetros y estaban en una proporción de 1 a 6 por lo que a piezas de artillería se refiere.13
Por su parte, las fuerzas nacionales que habían de emprender la campaña constaban de seis cuerpos de ejército, que totalizaban 280.000 efectivos, y estaban dotados de 1.000 piezas de artillería y de unos 500 aviones. En el frente del Segre se encontraba el recién formado Cuerpo de Ejército de Urgel, al mando de Muñoz Grandes, el Cuerpo de Ejército del Maestrazgo, mandado por García Valiño, y el Cuerpo de Ejército de Aragón, que mandaba Moscardó. Cerca de la confluencia del Segre con el Ebro se encontraba el ahora llamado Cuerpo Legionario Italiano, compuesto por unos 55.000 hombres, bajo el mando de Cambara y el Cuerpo de Ejército de Navarra, de Solchaga. El Cuerpo de Ejército de Marruecos, de Yagüe, estaba concentrado en el frente del Ebro. La proporción de fuerzas destinadas al frente del Segre indica que el Estado Mayor franquista había aprendido que era mejor atacar primero desde el oeste y sólo desde el suroeste a través del Ebro una vez que los defensores del frente hubieran sido arrollados por los flancos. En este plan más competente no es difícil detectar la mano del general Vigón.
Pese a los diversos llamamientos para que se estableciera una tregua navideña, incluidos los del nuncio apostólico, la ofensiva de los nacionales se pone en marcha el 23 de diciembre. Es un día frío, de nieve, pero luminoso, que contrasta con la persistente lluvia y la ventisca de las semanas anteriores. Los cuerpos de ejército de Navarra y el Legionario Italiano, que parten de sus cabezas de puente en Seros, lanzan un ataque que tiene como objetivo llegar a Montblanc y Valls, bajo la cobertura aérea de la Legión Cóndor. Les esperan las tropas de la 56 División de carabineros del XII Cuerpo de Ejército que, pese a tratarse de las tropas mejor armadas del ejército republicano, se retiran en seguida. La brecha hace inevitable la caída de aquel sector del frente y permite a requetés e italianos penetrar 16 kilómetros en dirección a la Granadella, en la retaguardia del frente del Ebro. Al día siguiente consiguen entrar en Mayáis, aunque el 25 les detiene el fuego de los V y XV cuerpos de ejército republicanos. 14
En la misma mañana del día 23 los nacionales llevan a cabo otro gran asalto, por el ala izquierda, al sur de Tremp, con objetivo Artesa de Segre y Cervera. Allí los cuerpos de ejército del Maestrazgo y de Urgel, respaldados por un masivo apoyo de artillería, se enfrentan a la 26 División, la antigua columna Durruti, que ofrece, según el general Rojo, una «magnífica resistencia» y sólo cede escaso terreno. Una penetración por el flanco occidental habría sido catastrófica, pero esta enconada defensa contra un ataque tan masivo limita el avance a «una estrecha franja de las líneas». Tras cinco días de resistencia, el general Vigón se ve obligado a cambiar el punto de ataque hacia la zona de Balaguer, unos 30 kilómetros más abajo, enviando allí al Cuerpo de Ejército de Aragón y ordenando al del Maestrazgo que avance por la orilla sur del recodo del Segre con la máxima artillería, todos los tanques disponibles y tres anticarros de la Legión.
La verdadera amenaza para Cataluña está en la posibilidad de que los nacionales enlacen en el vértice de los dos frentes, donde italianos y requetés se enfrentan con un cuerpo de ejército reconstituido bajo las órdenes de Líster. Estas fuerzas, y en especial la 11 División, consiguen detener a los nacionales cerca de la Granadella el día de Navidad. Tanto estas fuerzas como otras formaciones que defienden el Ebro tienen la suerte de que las tropas de Yagüe no puedan cruzar el río a causa de una gran avenida.
El día crucial en la campaña de Cataluña es el 3 de enero de 1939. El Cuerpo de Ejército de Navarra alcanza la carretera Borges Blanques-Montblanc, cerca de Vinaixa, amenazando el puesto de mando del V Cuerpo que está en Castelldans, por lo que hay que llevarlo hasta Borges Blanques. En el norte, los nacionales cierran la bolsa de Artesa de Segre. Las tropas de Yagüe, con la protección aérea de la Brigada Hispánica, consiguen finalmente pasar el Ebro y establecen una cabeza de puente en Aseó, en el centro del recodo que había sido ocupado en verano por el ejército popular.
En los días siguientes a los triunfos nacionales del 3 de enero, los cuerpos de ejército de Urgel y del Maestrazgo ensanchan el mordiente en medio del frente del Segre, mientras que al sur el Cuerpo de Ejército de Aragón avanza desde Lérida para proteger el flanco izquierdo del Cuerpo Legionario Italiano en su ataque a Borges Blanques, que caerá el día 5. Según la escéptica mirada de Von Richthofen, la ofensiva sobre Cataluña no iba tan bien para los nacionales como debería haber ido: «5 de enero. Cae Artesa. Fuerte resistencia. Hoy ha empezado la ofensiva en Andalucía. Esperemos que Franco se mantenga firme».15
Ese mismo día, el XXII Cuerpo de Ejército republicano lanza su ataque sorpresa en Extremadura y rompe la primera línea del frente en el sector de Hinojosa del Duque, abriendo una brecha de unos ocho kilómetros. Al día siguiente, los hombres de Ibarrola consiguen romper la segunda línea de defensa de los nacionales y ocupan Fuenteovejuna, pero el grueso de las tropas franquistas, unos 80.000 hombres dotados de unas cien piezas de artillería, les paran en el Cerro de los Santos impidiéndoles llegar hasta Peñarroya. La columna «F» republicana, en inferioridad numérica,16 ocupa Los Blázquez y Peraleda del Saucejo el día 7.
En Cataluña, las fuerzas del general Solchaga toman Vinaixa el día 6, pero Von Richthofen no ve más que falta de empuje del lado nacional. Envía un ultimátum al general Vigón: «Si mañana no se ataca Agramunt, la Legión Cóndor dejará de proporcionar apoyo aéreo».17 «7 de enero. El Cuerpo de Ejército de Valiño vuelve a fallar. Por tres veces los rojos han sido desalojados de sus posiciones por la artillería antiaérea y por ataques [alemanes] desde el aire. En vez de los quince kilómetros posibles sólo se ha avanzado dos. De todo el Cuerpo de Ejército, que tiene 36 batallones, sólo atacan dos.» Von Richthofen ve en ello «mala fe» y detiene las operaciones porque cree que los nacionales están dejando que la Legión Cóndor haga todo el trabajo. Al día siguiente, en una reunión con Franco, Dávila y Vigón dice lo que piensa sobre la falta de liderazgo de los españoles en Artesa: «Buenas tropas y mediocres generales, que no son más que jefes de batallón, consecuencia natural de cómo funcionan aquí las cosas. Los españoles dicen que pueden reemplazar a sus mandos, pero no los tienen mejores».
El Cuerpo de Ejército de Aragón y las tropas de Cambara enlazan en Mollerusa. Los V y XV cuerpos de ejército republicanos llegan demasiado tarde para cortar el paso a los requetés y a los italianos, y la mitad norte del frente del Ebro se derrumba en desorden ante la amenaza del copo. Es un triste final para quienes habían luchado tanto por tan poco en el ejército del Ebro.
El día 8 de enero los nacionales inician la segunda fase de su ofensiva con el bombardeo del Montsant. El 12 toman Montblanc y el 14 Valls. Las tropas de Solchaga giran al sur hacia Tarragona, que está siendo bombardeada por la Legión Cóndor. Al atardecer del día 15 de enero las fuerzas navarras enlazan en Tarragona con las del Cuerpo de Ejército marroquí, que acaba de realizar otra de sus famosas marchas forzadas recorriendo 50 kilómetros -desde Tortosa a Tarragona- en un día. Los cuerpos de ejército de Aragón y del Maestrazgo acaban de ocupar Cervera. 18
Tampoco en el aire las cosas pintan bien para la República. La aviación nacional derriba cazas republicanos sin parar, al extremo que el día 24 consigue dispersar totalmente una escuadrilla entera de Natachas, haciendo caer a nueve de los once aparatos que la forman.19 Sólo durante los diez primeros días de campaña la aviación leal pierde 40 cazas y tiene que operar con los restos de las escuadrillas, muy mermadas. El 13 de enero sufren otro desastre: «Nuestros cazas destrozan diez cazas rojos en el aeródromo de Vendrell», escribe Von Richthofen.20
Hacia mediados de enero los nacionales habían capturado 23.000 soldados republicanos y habían causado 5.000 muertos y 40.000 heridos.21 De hecho, la batalla de Cataluña quedó decidida cuando los nacionales sólo se habían apoderado de un tercio del territorio catalán. Esta vez Franco no repitió el error de la campaña de Aragón: el avance de sus tropas no se interrumpió y no se le concedió al enemigo la menor ocasión de recuperarse. El domingo 15 de enero, tras la toma de Tarragona, el general Franco pronunció una larga alocución en la que pasaba revista a la grandeza y los logros nacionales y a los desastres, traiciones y miserias de los republicanos. La alocución comenzaba así:
¡¡CATALANES!! Españoles todos que en la España cautiva sufrís la tiranía y la crueldad, ya os encontréis en la retaguardia esperando con anhelo el momento de vuestra liberación, ya forméis, engañados o forzados, en las filas del Ejército rojo: sean para todos mis palabras de anuncio de liberación o prenda de perdón y de paz.
Y terminaba: Nada tienen que temer los que engañados empuñaron las armas en la guerra. Doscientos setenta mil prisioneros atestiguan que en la España Nacional desconocemos el odio y el rencor. Forjamos una España para todos cuantos sepan amarla y servirla y de la que sólo apartaremos a los que mancharon sus manos con la sangre de sus hermanos. ¡Españoles todos! ¡Arriba España! ¡Viva España!22
Mientras tanto, las tropas republicanas en Extremadura han conseguido ocupar 500 kilómetros cuadrados en sólo dos días, pero hay que parar las operaciones a causa de la lluvia hasta el día 17, en que se retoma la ofensiva para tratar de ensanchar el boquete de entrada. Es tarea inútil porque los bombarderos nacionales machacan incesantemente y a placer las líneas atacantes, sin que aparezcan los cazas republicanos, que no harán acto de presencia hasta el día 20. Los hombres de Moriones son incapaces de continuar su avance porque sus tanques están inmovilizados en el barro y los cañones no pueden seguir a las fuerzas de vanguardia. Otra vez, como en Brúñete, en Belchite o en Teruel, el ejército popular se para y pasa a la defensiva, a unos tres kilómetros al suroeste de Monterrubio. Los nacionales contraatacan y recuperan Peraleda del Saucejo el día 22, el 25 ocupan Fuenteovejuna y el 27 cierran el frente, cuando ya ha caído Barcelona. La acción republicana es ya inútil y el coronel Moriones ordena a las tropas que se replieguen a sus bases de partida.
En Cataluña, el Estado Mayor del ejército popular había diseñado posiciones de repliegue y líneas de defensa, que fueron puramente teóricas. «Solamente cuando el enemigo ocupó Tarragona caímos en la cuenta de que alrededor de Barcelona no sólo no había ninguna línea Maginot como se imaginaban muchos de nuestros militares, sino que ni siquiera existía ni un kilómetro de pésimas trincheras», dice Stepánov.23 El 9 de enero se había movilizado a los reemplazos de 1922 y 1942 y el 16 se decretó la movilización general de todos los ciudadanos de ambos sexos con edades comprendidas entre los 17 y los 55 años. También se militarizaron todas las industrias y todas las empresas que hicieran trabajos relacionados directa o indirectamente con la guerra, el transporte y el abastecimiento.24 Pero ya era demasiado tarde, y los llamamientos que se hacían tanto a los grupos de fugitivos desesperanzados para que se reagruparan como para defender Barcelona en una gesta numantina similar a la de Madrid cayeron en el vacío. En términos de fuerzas armadas, la proporción era de 6 a 1 en contra de los republicanos, que, además, no disponían de la munición necesaria para defender una ciudad sitiada. Y lo que es más importante, la moral de 1936 había desaparecido. Tal vez se podía haber producido una resistencia feroz si el pueblo de Barcelona hubiera quedado atrapado en su ciudad, pero existía una ruta de escape hacia la frontera.
Desde la caída de Tarragona, la aviación franquista no dejó de bombardear Barcelona ni de día de noche. El 17 de enero, en una visita que hizo a Franco, Von Richthofen le tranquilizó diciéndole que ya era demasiado tarde para que los franceses pudieran intervenir con sus tropas. Tanto los nacionales como sus aliados estaban convencidos de que ya podían proseguir la campaña hasta sus últimos objetivos sin preocuparse lo más mínimo de la reacción internacional.
Tras una reunión urgente del Consejo de ministros, a la que también asistieron Companys y Martínez Barrio, el 18 de enero se acordó proclamar el estado de guerra -¡tras dos años y medio de lucha!-, que tampoco tuvo ninguna utilidad más que la de endosar a los militares la responsabilidad de bregar con la retaguardia. Para Federica Montseny -como para casi todo el mundo- la guerra estaba perdida: «El pueblo español ya no podía más … cualquier solución dirigida a salvar las vidas y los intereses populares … se nos aparecía como una salvación colectiva».25
El día 22, por la mañana, el general Rojo comunicó al jefe del Gobierno que el frente había dejado de existir a la altura de Solsona, del Ordal, Olesa, Garraf y Manresa.26 Ese mismo día Negrín ordenó que todos los organismos del Estado abandonaran Barcelona y se dirigiesen a Gerona y Figueres. Solchaga y Yagüe estaban atravesando el Llobregat, mientras que Muñoz Grandes y García Valiño atacaban Sabadell y Terrassa y los italianos de Cambara se dirigían hacia Badalona. «Barcelona 48 horas antes de la entrada del enemigo era una ciudad muerta. La había matado la desmoralización de los que huían a Francia y la de los que quedaban escondidos.»27
La noche del 25 de enero el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, telefoneó a su amigo Josep Andreu i Abelló, presidente del Tribunal de Cassació de Catalunya, para invitarle a cenar. Tras la cena, ambos hombres se dirigieron, en el coche de Abelló, al centro de Barcelona, por cuyas calles desiertas volaban octavillas llamando a la resistencia junto con documentos de identidad abandonados. Andreu Abelló recuerda, así, aquel paseo nocturno:
Fue una noche que nunca olvidaré. El silencio era total, un silencio terrible, como sólo se advierte en el punto culminante de una tragedia. Fuimos a la plaza de Sant Jaume y nos despedimos de la Generalitat y de la ciudad. Eran las dos de la madrugada. La vanguardia del ejército nacionalista ya estaba en el Tibidabo y cerca de Montjuic. No creíamos que volviésemos jamás.28
Pero Companys volvería, a su pesar, cuando la Gestapo lo localizó y detuvo en París y lo entregó a los agentes de Franco. El presidente de la Generalitat fue juzgado por «rebelión militar», condenado a muerte y fusilado en los fosos de Montjuic el 15 de octubre de 1940.
Una gran parte de los habitantes de Barcelona abandonaba la ciudad presa del pánico, no sin antes asaltar las tiendas de comestibles para llevarse algo con que alimentarse durante los muchos días que habían de transcurrir antes de que llegaran a la frontera. En su frenética huida tenían que esquivar los coches de bomberos que acudían a apagar pequeños incendios causados por la quema apresurada de documentos políticos.29 La carretera de la costa estaba atiborrada de autobuses, camiones pesados, camiones ligeros, automóviles y carros rebosantes de colchones y enseres domésticos, maletas y baúles, entre los que se hacinaban mujeres y niños asustados. Los convoyes militares de camionetas repletas de soldados ensombrecían aún más la tristeza de la despedida. A los que huían se les iban agregando grupos de gentes de los pueblos del Maresme que, como avenidas torrenciales, engrosaban la espantosa caravana del destierro. Teresa Pámies, militante del PSUC, nos ha dejado un estremecedor relato de su salida de Barcelona:
De la huida de Barcelona, el 26 de enero, nunca podré olvidar a los heridos que salían del hospital de Vallcarca y que, mutilados, envueltos en sus vendajes, semidesnudos pese al frío, se lanzaban a las carreteras pidiendo a gritos que no les abandonásemos en manos de los vencedores … Aquellos que habían perdido las piernas se arrastraban por el suelo, los que les faltaba un brazo levantaban el otro con el puño cerrado, lloraban de miedo los más jóvenes, gritaban enloquecidos de rabia los más viejos … y maldecían a los que huíamos y les abandonábamos.30
Durante aquel mismo día 26 de enero la quinta columna, hombres y mujeres escondidos durante dos años y medio, apareció en las calles de Barcelona para ajustar cuentas. A ellos se unieron elementos de las primeras columnas que entraron en la ciudad, sobre todo los moros de Yagüe, a los que se concedieron varios días para que pudieran recaudar su «impuesto de guerra» en las tiendas y en las viviendas, sin mirar si sus propietarios eran rojos o blancos. Aunque la República había puesto en libertad, sanos y salvos, a sus presos políticos, en los primeros cinco días de «liberación» de la ciudad hubo alrededor de 10.000 asesinatos.31 Los oficiales italianos estaban aterrados ante estas matanzas a sangre fría, pero tuvieron que obedecer las órdenes de Mussolini de que cualquier italiano capturado que hubiese combatido en las filas de la República fuese ejecutado de inmediato, «porque los muertos no cuentan la historia».32
El general Dávila, jefe supremo de las tropas que habían ocupado Barcelona, publicó el mismo día 26 un bando por el que se «reintegraba la ciudad de Barcelona y demás territorio liberado de las provincias catalanas a la Soberanía del Estado español»; se anulaban todos los nombramientos y disposiciones posteriores al 18 de julio de 1936 y se devolvía «a las provincias catalanas el honor de ser gobernadas en pie de igualdad con sus hermanas del resto de España».33 Por su parte, el general Eliseo Alvarez Arenas, subsecretario de Orden Público, que había sido nombrado jefe de los Servicios de Ocupación de Barcelona, hizo público también un bando que era el paradigma de todos los bandos de ocupación proclamados desde la noche de los tiempos por ejércitos invasores en tierra conquistada. El falangista Dionisio Ridruejo, como encargado de propaganda, había preparado octavillas y folletos redactados en catalán que pretendía distribuir entre los barceloneses. El general Álvarez Arenas, al saberlo, dio órdenes de que se le confiscara todo el material de propaganda y recordó que el catalán estaba prohibido por ley. «Esta es una ciudad que ha pecado en gran medida -le dijo a Ridruejo- y que ahora debe ser santificada. Hay que instalar altares en todas las calles de la ciudad y decir misas continuamente.»34 En términos menos litúrgicos pero igualmente amenazadores se expresaba Serrano Súñer ante el enviado especial del Vólkischer Beobachter. «La ciudad está absolutamente bolchevizada. La labor de descomposición, absoluta. El pueblo, cuya actividad yo mismo he podido comprobar, está enfermo moral y políticamente. Barcelona será tratada por nosotros con los cuidados con que se atiende a un enfermo».35
El día de la caída de Barcelona no apareció ningún periódico en la ciudad. Todos fueron clausurados y requisados, pasando a ser propiedad de la «Prensa del Movimiento». El día 27 apareció el primer número de la Hoja Oficial de Barcelona en el que se podía leer: «¡Barcelona fue ayer liberada! A las dos de la tarde, sin disparar un solo tiro, las fuerzas nacionales, al mando del insigne general Yagüe, entraron en Barcelona». Ese mismo día 27 reaparecieron La Vanguardia y El Correo Catalán. El primero se llamaba ahora La Vanguardia española y había trocado su lema de «Diario al servicio de la democracia» por «Diario al servicio de España y del Generalísimo Franco». Asimismo, El Correo Catalán se proclamaba ahora «al servicio de España, de la Tradición y de su glorioso Caudillo». Toda referencia a la lengua o la cultura catalanas fue abolida. En las paredes empezaban a aparecer carteles en los que podía leerse: «Si eres español, habla español» y «Habla el idioma del Imperio». Los libros censurados por la Iglesia o por el ejército fueron pasto de las llamas.
Entre los que se quedaron en la ciudad, algunos no eran más que emboscados que habían estado esperando la llegada de las tropas nacionales, como era el caso de Antonio Rodríguez Sastre, jefe de la inteligencia republicana y agente secreto de Franco que más tarde sería recompensado por Juan March nombrándole su abogado. Otros se quedaron porque pensaban que no tenían nada que temer, otros simplemente porque estaban exhaustos o les había vencido la apatía y sentían un cierto alivio al pensar que todo había terminado, mientras trataban de convencerse a sí mismos de que nada podía ser peor que lo que habían pasado durante los últimos meses.
A las once de la mañana del día 28 de enero, las tropas nacionales desfilaban por las calles de Barcelona. Von Richthofen advertía, sin duda divertido, la cólera de los mandos italianos porque los nacionales no les dejaban participar en la entrada triunfal. Para impedir un ataque por sorpresa de los cazas republicanos, una escuadrilla de Messerschmitts de la Legión Cóndor sobrevolaba, protectora, las formaciones. Al día siguiente, los pilotos de caza de la Luftwaffe se emplearon en ataques de baja intensidad contra ferrocarriles y carreteras llenos tanto de refugiados como de soldados en desbandada. «Han conseguido grandes éxitos -decía el informe de la Legión Cóndor-, y los pilotos le van tomando gusto.»36
Las pocas formaciones del ejército popular que estaban intactas llevaban a cabo acciones valerosas pero desesperadas, como fue la defensa del Montsec, o trataban de replegarse haciendo frente a las columnas italianas que avanzaban tras los pasos de los que huían y que tardaron cinco días en cubrir los 30 kilómetros que separan Barcelona de Arenys de Mar. Mientras tanto, desde el castillo de Figueres el doctor Negrín trataba de gestionar los restos de la administración republicana, esparcidos aquí y allá en ciudades, pueblos y dependencias de la provincia de Gerona.
El día 1 de febrero, cumpliendo el precepto constitucional, se reunieron las Cortes en las caballerizas del castillo de Figueres. Asistieron 64 diputados de los 473 que tenía la Cámara. En un medido discurso, Negrín expresó tres condiciones mínimas para conseguir la paz: la independencia de España de toda injerencia extranjera; la celebración de un plebiscito para que el pueblo español decidiera la forma de gobierno que quería y la renuncia a todo tipo de represalias o represión política tras el fin de la guerra.
A Negrín el plan, en realidad, no le hacía ninguna gracia, «por no corresponder a mi política de imperturbable resistencia»,37 y era perfectamente consciente de que lo máximo que podía conseguir, con el apoyo de las potencias democráticas, es que Franco tuviera en cuenta el tercer punto, cosa que confió a los representantes francés y británico, Henry y Stevenson, en una reunión que celebró con ellos en Agullana el 3 de febrero. La respuesta de las autoridades francesas fue que sólo permitirían la entrada de tropas en su país si llegaban debidamente formadas, con sus mandos al frente y haciendo entrega inmediata de sus armas. Los británicos ni se molestaron en contestar.
Al día siguiente los nacionales entraban en Gerona. Avanzaban muy lentamente a causa del gran número de puentes volados o destruidos. El informe de la Legión Cóndor dice: «El número de prisioneros crece extraordinariamente, del mismo modo que la resistencia en determinados sectores». Entre los prisioneros que hizo la Legión Cóndor se encontraban dos sudetes alemanes. Si hubieran sido entregados a los nacionales «lo mejor que les habría esperado era una bala». La principal tarea asignada a la Legión Cóndor fue interceptar a cualquier piloto republicano que tratara de volar hacia la zona centro. En dos días, la Legión Cóndor destruyó otros quince aparatos republicanos.
Desde los primeros días de enero, los brigadistas internacionales que esperaban la repatriación en Cataluña habían solicitado que se les permitiera volver al combate. Pero las autoridades republicanas no lo consintieron para no romper el acuerdo alcanzado sobre la retirada de voluntarios extranjeros. Los voluntarios, hartos de no hacer nada, apelaron entonces al PCE. Finalmente se autorizó a combatir a los 5.000, más o menos, que estaban en condiciones de luchar. Uno de ellos era un letón llamado Emil Shteingold, quien nos ha dejado sus recuerdos:
Soldados y oficiales fueron repartidos a toda prisa en pelotones, compañías y batallones. Nos hicieron subir a un tren y salimos pitando hacia Barcelona. En el interior del tren hacía mucho frío porque el viento se colaba por los agujeros de los vagones. Los cristales de las ventanas habían desaparecido hacía mucho tiempo. También faltaban muchos compartimentos y divisorias. Al ponerse en marcha el tren, nuestro coche se quejaba como una bestia herida. Nos apelotonamos como pudimos para mantener el calor. Al amanecer llegamos a Granollers y saltamos del tren, que ya no iba más allá. Barcelona había caído y las divisiones motorizadas italianas avanzaban por las carreteras en dirección norte. Refugiados exhaustos con niños y enseres caminaban penosamente.
Llegó un camión con armamento y munición y los brigadistas internacionales se pusieron inmediatamente en marcha. Mientras caminaban se dedicaron a limpiar la grasa de los fusiles. Tras media hora de marcha, tomaron posiciones a cada lado de un pequeño puente para tratar de cortar la carretera. «Poco después aparecieron las avanzadillas del enemigo. Eran dos motocicletas y tras de ellas una ambulancia con oficiales. Cuando tratamos de capturarlos, los motoristas dieron media vuelta pero los matamos antes de que tomaran la curva. La ambulancia también trató de dar la vuelta, pero fue rodeada por nuestros hombres … Los oficiales se rindieron y los llevamos al cuartel general de la brigada.» Más tarde apareció una pequeña columna de infantería motorizada. Los brigadistas la detuvieron poniendo fuera de combate al primero y al último de los vehículos y empezaron a disparar con sus fusiles y ametralladoras. Las tropas italianas fueron presa del pánico: «Los soldados saltaban de los camiones como si fueran guisantes. Muchos cayeron para no levantarse más. Los que aún quedaban con vida trataron de huir escondiéndose tras los vehículos. Estos se incendiaron y las municiones y el petróleo que llevaban empezaron a estallar. Los cadáveres de aquellos fascistas italianos disfrutaron de un crematorio gratuito». 38
Pero la escaramuza no dejaba de ser un éxito pasajero. Pronto fueron atacados por cazas y copados por fuerzas superiores en número. Los brigadistas tuvieron que retirarse por los senderos de montaña y buscar una nueva posición para tender otra emboscada. Llovía y tenían poco que comer. «Nuestras botas, que estaban mojadas y rasgadas por la gravilla, empezaban a deshacerse. Tras tantas noches sin dormir, la gente se caía de sueño mientras caminaba. A nadie se le permitía sentarse porque entonces no hubiera habido modo de volver a levantarlo.» Esta táctica de emboscada y repliegue se fue repitiendo por lo menos durante una semana, hasta que llegó la orden de que se retiraran hacia la frontera francesa.39
El día 5 Negrín acompañaba al presidente de la República, Manuel Azaña, a su esposa doña Lola y a su cuñado Cipriano Rivas Cherif a cruzar la frontera junto con Martínez Barrio, Giral, companys y Aguirre. Azaña quería dimitir en aquel mismo momento, pero se le convenció de que no lo hiciera aún y se hospedara en la embajada española en París, con la ficción jurídica de que estaba allí de incógnito.
Mientras tanto, la interminable caravana de desahuciados progresaba penosamente hacia la frontera francesa. El regocijo de los nacionales por haber capturado la segunda ciudad de España relajó su ímpetu y dio algo más de tiempo a los que huían, que avanzaban muy lentamente. Los coches oficiales con funcionarios del Gobierno tenían que abrirse paso entre las renqueantes columnas de ciudadanos de a pie. En el horror del «sálvese quien pueda» algunos funcionarios y políticos se adueñaron de ambulancias para ellos y sus familias, mientras heridos desamparados tenían que hacer a pie el largo recorrido. «Una masa humana … se desparramaba por el campo y se acostaba sobre la tierra, dura de invierno, calentándose con lumbres en las que hacían arder las maderas de los coches, de los carros y de los árboles. Algunos murieron de frío durante la noche. Madres que no querían desprenderse de sus hijos muertos y parturientas que daban a luz», escribió Julián Zugazagoitia, el periodista socialista y ex ministro que también sería entregado a Franco y fusilado.40
Las tropas nacionales que debían perseguirles también estaban exhaustas tras las marchas forzadas impuestas en el asalto a Barcelona y por eso tardaron tanto en llegar a la frontera. Sin embargo, la mayor preocupación del Estado Mayor de Franco no eran tanto los que huían como impedir que las últimas escuadrillas de las fuerzas aéreas republicanas volaran hacia la zona central. Todos los grupos y escuadrillas de cazas y bombarderos nacionales disponibles se concentraron en la tarea de atacar los aeródromos republicanos y las zonas donde se encontraban dependencias del Gobierno, como fueron Gerona y Figueres, bombardeadas respectivamente el 28 de enero y el 3 de febrero.
El gobierno francés tuvo que hacer frente a una oleada de refugiados sin que tuviera nada previsto para acogerla, con excepción de las medidas destinadas a garantizar el orden y la seguridad en su territorio.41 Lo primero que hizo fue cerrar la frontera a cal y canto los días 26 y 27 de enero y dar una respuesta negativa a la petición del gobierno republicano de que se autorizara a pasar la frontera a 150.000 ancianos, mujeres y niños evacuados de Barcelona. Como explicó el ministro del Interior Albert Sarraut, «desde el 26 de enero funciona un dispositivo de contención. Nuestras falanges de guardias móviles, de gendarmes y de senegaleses … están en sus puestos».42 Pero la presión que ejercía la enorme multitud que se agolpaba en la frontera obligó al gobierno francés a abrirla el día 28 para los civiles, impidiendo el paso de combatientes y de aquellas personas que estaban en edad militar. Cruzaron la frontera más de 200.000 personas, aunque ya muchos miles más habían empezado a llegar ilegalmente a Francia a través de los pasos de montaña, burlando la vigilancia de las tropas senegalesas.
El día 3 de febrero las unidades nacionales se encontraban ya a unos 50 kilómetros de la frontera y era evidente que las tropas republicanas no iban a poder detenerlas, aunque contaran con el armamento suficiente para defender sus vidas. El gobierno francés tenía que hacer frente a una fiera oposición de la derecha y de sus portavoces en el interior del país. En Francia había ya muchos exiliados políticos y la prensa amarilla se despachó a gusto fomentando los prejuicios más miserables contra los republicanos españoles, a quienes pintaba, con tintes racistas, como brutales milicianos, armados hasta los dientes, con las manos chorreando sangre y acarreando sacos llenos de cálices y crucifijos producto de sus rapiñas.43 Pero no le quedaba ya más alternativa que enfrentarse a los republicanos con su guardia de frontera o permitir también el paso a los soldados vencidos. Lo que dijo Sarraut en la Cámara de Diputados, ya en el mes de marzo, cuando se dio a conocer que Francia llevaba gastados desde 1936 más de 344 millones de francos para la asistencia a refugiados,44 revela claramente los sentimientos encontrados de los franceses:
Hay madres e hijos, viejos y enfermos, civiles y militares. Hay de todo. Hay héroes y fugitivos, valientes y canallas, hombres honrados y malhechores, inocentes y bandidos, hay madres que agonizan y heridos de cuyos muñones escapa la sangre y el pus de las gangrenas a través de vendajes realizados rápidamente … Y toda esta humanidad de pesadilla viene a chocar contra las barreras que hemos dejado caer, desde el 28 de enero, en los umbrales de nuestra frontera. Y detrás de esta cancela hay fusiles y ametralladoras, que son los atributos de nuestra fuerza y los medios legítimos de nuestra salvaguarda. Si así lo queremos, toda esta masa hambrienta y miserable no pasará, no franqueará la barrera de hierro y fuego que podemos oponerles … Pero frente a las ametralladoras, entre ellas y las súplicas de estos rostros llenos de miedo y de angustia, está el rostro tranquilo, dulce y grave de Francia … Y creo que insultaría a esta Asamblea si preguntara si hay alguien en ella que hubiera preferido que Francia dejara hablar a las ametralladoras.45
No quedaba demasiada elección para un gobierno que tenía mala conciencia por lo que había consentido en Checoslovaquia. El 5 de febrero se anunció que los restos del ejército popular podían cruzar a Francia. Desde el día 28, habían pasado la frontera cerca de medio millón de personas. Otras 60.000 no llegaron a tiempo y fueron apresadas por las tropas nacionales.
El día 8 de febrero el general Rojo firmó la orden de que las tropas republicanas se replegasen sobre los pasos de frontera. La Legión Cóndor decía en su informe que por todas partes se podían ver banderas blancas, pero que aquella misma mañana, cuando sus aviones volaban cerca de la frontera, las baterías antiaéreas francesas de 105 mm les habían hecho disparos de aviso. «Las armas alemanas han desempeñado un papel decisivo en esta victoria», escribió el coronel Von Richthofen en su diario de guerra. Y al día siguiente añadía: «Recordamos a nuestros valientes camaradas que dieron alegremente sus vidas para que la epidemia roja sea destruida y por la paz y el honor de nuestra Patria».46
Aquel mismo día Negrín presenció la entrada en Francia de las primeras unidades del ejército popular. Los cuerpos de ejército V y XV atravesaron la frontera por Portbou; el XVIII por la Jonquera; la 46 División por El Pertús; la 27 por La Vajol; la 35 División cubrió la retirada del ejército del Ebro y el XI Cuerpo de Ejército, que se encontraba en el sector de Puigcerdá, pasó la frontera el día 13 de febrero.
La trágica estampa de aquellas masas demacradas, hambrientas y tiritando de frío movía a compasión. Pero muchos advirtieron que sus maneras eran las propias de hombres y mujeres que se negaban a aceptar la derrota. Algunas unidades republicanas desfilaron dejando caer sus armas en suelo francés ante la atenta mirada de los gendarmes, mientras las tropas de senegaleses, fusil en mano, no entendían nada de lo que estaba pasando. Un garde mobile, en una escena hoy famosa, obligó a un refugiado a abrir la mano para que soltara el puñado de tierra española que llevaba consigo.47 El exilio republicano había comenzado.
El día 10 de febrero las tropas nacionales ocuparon todos los pasos fronterizos. El parte del cuartel general de Franco en Salamanca era conciso: «Nuestras tropas han alcanzado victoriosamente, en el día de hoy, todos los pasos de la frontera francesa, desde Puigcerdá hasta Portbou. La guerra en Cataluña ha terminado».










