La desaparición del frente Norte y del idealismo republicano
Una de las decisiones que más habría de lamentar la República fue la racionalización de los servicios de seguridad y su concentración en el Servicio de Investigación Militar (SIM) que se llevó a cabo el 9 de agosto de 1937. El SIM concentraba, sobre todo, los servicios de espionaje y contraespionaje, que estaban repartidos entre el Departamento Especial de Información del Estado (DEDIDE) y el Servicio de Información Especial Periférico (SIEP), encargado de la inteligencia militar.14 Prieto fue el arquitecto de esta reestructuración tendente a incrementar el control central del Estado, porque el ministro creía que la fragmentación de las organizaciones de contraespionaje las hacía difíciles de controlar y las volvía ineficientes. Uno de los responsables de la inteligencia republicana se quejaba de que «en la retaguardia todos se dedican al contraespionaje». El ejército, la Dirección General de Seguridad, los carabineros, el Ministerio de Estado, la Generalitat y el gobierno vasco en el exilio (ahora en Barcelona) disponían de servicios de inteligencia independientes con sus propias redes de agentes. Hasta las Brigadas Internacionales tenían su propia rama del NKVD, dedicada a la caza de herejes, en su base albaceteña, cuyo primer dirigente, llamado «Moreno», era un yugoslavo procedente de Rusia que fue fusilado por Stalin a su regreso.15
Pero el SIM escapó del control de su creador casi en el mismo momento en que fue constituido. Los primeros directores del servicio, los socialistas Ángel Díaz Baza y Prudencio Sayagüés, no resultaron adecuados para aquella labor, y otros, como Gustavo Duran, que Prieto nombró jefe del SIM en el ejército del Centro, tuvieron que ser despedidos en seguida porque sólo reclutaban comunistas para el servicio. Nombró luego como director del SIM a Manuel Uribarri, un oportunista que informaba solamente a los agentes soviéticos y que acabó huyendo a Francia con un botín de 100.000 francos.16 Ya en 1938 Negrín tuvo que recurrir al socialista Paulino García para que pusiera orden en las «irregularidades» financieras de Uribarri y «limpiase el servicio de comunistas».17 A partir de entonces la participación comunista en el SIM fue mínima: en abril de 1938 sólo había en la zona centro dos agentes comunistas frente a los 248 miembros del PSOE. Cuando el coronel Casado dio su golpe de estado, en marzo de 1939, el jefe del SIM en Madrid, que colaboró con él, era el socialista Ángel Pedrero García,18 compinche de García Atadeñ en las «patrullas del amanecer». El último jefe del SIM fue el socialista negrinista Santiago Garcés.
Como servicio de contraespionaje y policía militar, el SIM formaba parte del aparato del Estado del mismo modo que otros servicios semejantes en cualquier ejército europeo. Estaba orientado, sobre todo, a desmantelar la «quinta columna», compuesta no sólo por los simpatizantes franquistas de la retaguardia, sino también por los espías nacionales y las redes de saboteadores falangistas o del Socorro lanco, que colaboraban con el frente acaparando alimentos, especulando con los precios o poniendo en circulación moneda falsa.
No cabe duda de que el SIM logró neutralizar en gran parte el espionaje franquista, desenmascarar y desarticular a una gran mayoría de las redes quintacolumnistas y detener a cientos de personas procedentes de los grupos fascistas «Concepción», «Círculo Azul», «Capitán Mora», «Cruces de fuego» y otros (en Cataluña descubrieron a todos los falangistas que actuaban allí, incluido Rafael Sánchez Mazas, uno de los fundadores de FE),19 pero también es cierto que durante sus ocho primeros meses de existencia, el SIM -«la sífilis rusa», como lo llamaba Regler- fue un siniestro juguete en manos de Orlovy los hombres del NKVD.
Los funcionarios del SIM solían ser antiguos policías, miembros de los partidos socialista y comunista, que pronto se vieron acompañados por oportunistas de toda laya. La camarilla de altos funcionarios del PCE creó una red de agentes por medio del soborno y del chantaje. Controlaban tan férreamente los traslados y los ascensos en el ejército que llegaron a infiltrarse en las formaciones más declaradamente anticomunistas. Consiguieron, por ejemplo, que un soldado de diecinueve años de la 119 Brigada fuese ascendido de la noche a la mañana y que se convirtiera en el jefe del SIM de toda la formación, con mayor poder sobre la vida y la muerte de los hombres que su propio comandante.20
Por razones obvias no es fácil saber con exactitud el número total de agentes empleados por el SIM, aunque se han barajado cifras de 6.000 miembros sólo en Madrid, y su nómina oficial podía haber ascendido a unos 22 millones de pesetas. El organigrama del SIM de Madrid constaba de siete secciones militares y de cinco civiles, entre ellas las famosas «Brigada Z», dedicada a reprimir el mercado negro, y «Brigada especial», encargada directamente de los quintacolumnistas y que dirigía los interrogatorios. Contaban con una extensa red de agentes «invisibles» tanto en el frente como en la retaguardia.21 Cuando en el extranjero se supo de la existencia de la «Brigada especial», los jefes del SIM se limitaron a cambiarle el nombre. El Gobierno aseguró que había sido disuelta, pero de hecho hubo un incremento en el número de víctimas que «se habían pasado al enemigo» (el eufemismo para las muertes sobrevenidas durante la tortura o para las ejecuciones secretas).
En la zona centro el SIM contaba con dos lugares de reclusión que habían pertenecido al DEDIDE. El primero era la cárcel de San Lorenzo, instalada en un colegio religioso, que tenía capacidad para 200 personas. El segundo era el Campo de Trabajo n.° 1, situado en Cuenca. Los testimonios de quienes tuvieron la desgracia de pasar por tales centros concuerdan en sus narraciones: maltratos, uso del frío y del hambre para forzarles a firmar «confesiones», celdas de castigo llamadas «nevera» y «refrigeradora», en las que se abandonaba desnudos a los detenidos con agua hasta las rodillas o se les rociaba con agua casi helada durante los meses de invierno, etc.22
En Barcelona, el SIM tenía sus dos prisiones básicas en la calle Zaragoza y en el Seminario Conciliar, aunque también utilizó otras checas, como las del Portal de l’Angel, que llegó a tener 300 detenidos durante el verano de 1937, «la lechera Nestlé», el Hotel Colón, la de la calle Vallmajor, etc.
En manos de los hombres del NKVD, el SIM llegó a cotas inhumanas. Aunque es cierto que los nacionales tejieron una inmensa leyenda negra sobre sus actividades, leyenda que no se puede probar porque los responsables del SIM quemaron, obviamente, toda la documentación, no cabe duda, por los testimonios orales y, sobre todo, por las continuas denuncias de Manuel de Irujo y del conseller Pere Bosch Gimpera, de que se aplicaron a los detenidos los métodos «científicos» de interrogación aportados por los rusos.
En los suelos de las celdas disponían baldosas de canto cuyas aristas puntiagudas laceraban continuamente los pies de los prisioneros descalzos y desnudos. Como técnicas de desorientación y de pérdida de los sentidos, los hombres del NKVD utilizaron, sobre todo en Barcelona, extraños sonidos metálicos, colores, luces y suelos en pendiente. Si todas estas técnicas fallaban, o los interrogadores tenían prisa, siempre quedaba el recurso a la «silla eléctrica» y a la «caja de ruidos», aunque con ello se arriesgaban a enloquecer demasiado pronto a sus prisioneros.
No existen estimaciones fiables sobre el número total de prisioneros del SIM, aunque lo que parece cierto es que hubo más republicanos que nacionales. Se dijo que cualquier crítico de la incompetencia militar rusa, como por ejemplo algunos pilotos extranjeros voluntarios, tenía tantos números para verse acusado de traición como cualquiera que se opusiera a los comunistas por cuestiones ideológicas. Los nuevos tribunales militares se dedicaban a condenar a los quintacolumnistas (término que se aplicó muchas veces a los que se oponían a la línea comunista). El ministro de Justicia, Manuel de Irujo, dimitió de su cargo el 10 de agosto de 1938 por aquellos procesos fraudulentos, aunque siguió en el Gobierno como ministro sin cartera. Muchos dirigentes republicanos rechazaban con disgusto aquellas prácticas judiciales y, sobre todo, el SIM. El consejero de Justicia de la Generalitat de Cataluña, Pere Bosch Gimpera, dedicó la mayor parte de su tiempo, durante el último año de la guerra, a luchar contra ello.23 Negrín despachaba las críticas que le llegaban sobre las actividades del SIM como «pura propaganda» enemiga. En 1949 reconoció su error ante el periodista Henry Buckley.24
Los comunistas habían conseguido establecer un notable dominio sobre el Gobierno, la burocracia y la maquinaria del orden público con solo controlar, por exigencias de la política de Stalin, dos carteras menores en el gabinete Negrín. Lo cierto es que se habían hecho indispensables para los políticos centristas que habían querido restaurar el poder del Estado y que ahora estaban demasiado implicados en el proceso como para protestar contra los métodos de sus aliados. Pero en el ejército empezó a surgir una reacción contra el poder de los comunistas, pese a que en el otoño de 1937 la propaganda comunista se había deshecho en alabanzas del ejército popular. Es cierto que había mejorado en muchas unidades, pero la mayoría de los comandantes u oficiales de Estado Mayor aún no habían demostrado ni su competencia ni su sentido táctico, y seguía reinando la corrupción y la ineficiencia en la organización de los suministros. Lo peor de todo, sin embargo, era el daño que había sufrido la moral de las tropas.
La promoción y el proselitismo comunistas en el frente habían llegado a tales niveles que hasta sus antiguos partidarios entre los oficiales de carrera estaban hartos. Prieto no podía creer que algunas veces se hubiera negado ayuda médica a heridos que no eran comunistas. Los comandantes de batallones que no quisieron adherirse al partido tuvieron que asistir a un recorte en los suministros de armas, las raciones o incluso las pagas de sus hombres, mientras que a aquellos que aceptaron hacerlo se les dio prioridad sobre los no comunistas, se les ascendió y se jaleó su reputación en despachos y notas de prensa. Los comunistas llegaron a negar su cooperación incluso a los jefes militares más importantes que no estaban en el partido, como al coronel Casado, a quien no se le permitió saber, cuando estuvo al frente del ejército de Andalucía, la situación exacta de los aeródromos ni se le dio información sobre los aparatos de que se disponía en aquel frente. Los comisarios, presionados por el partido para que reclutaran un determinado número de prosélitos, hacían lo indecible por conseguirlo. Prieto afirmaría más tarde que socialistas encuadrados en unidades comunistas fueron fusilados acusándolos falsamente de cobardía o deserción porque se negaron a entrar en el Partido Comunista. Tras la batalla de Brúñete, 250 hombres de la división de «el Campesino» buscaron refugio en las filas de la 14 División de Mera para huir de las represalias que estaban sufriendo por no querer ingresar en el partido. Cuando «el Campesino» llegó, hecho una furia, al cuartel general de Mera reclamándolos, éste se negó a entregarlos con el respaldo del general Miaja, pese a su militancia comunista.
Tal vez el mayor deterioro de la moral de los combatientes a mediados de 1937 se produjo en las Brigadas Internacionales, que en octubre habían perdido 2.000 hombres por una epidemia de tifus.25 Siempre habían existido en sus filas combatientes no comunistas que se negaban a aceptar la línea del partido, pero ahora hasta los comunistas más comprometidos se habían vuelto críticos. A los irlandeses les faltó poco para amotinarse a principios de año, tras el desastre de Lopera, cuando se les impidió, en el último momento, que formaran su propia compañía. La revuelta de los norteamericanos en el Jarama tuvo éxito, aunque se la consideró como un brote ocasional sofocado. Algunos italianos del batallón Garibaldi desertaron para unirse a la columna liberal y anarquista Giustizia e Liberta. Durante la ofensiva de Segovia, la XIV Brigada Internacional se negó a seguir llevando a cabo inútiles ataques frontales contra La Granja, y algunos extranjeros del batallón disciplinario se negaron a formar parte de los pelotones de fusilamiento.
A la cólera que experimentaban los brigadistas ante las matanzas mutiles se añadió la repugnancia por los campos de «reeducación» creados a propuesta de Palmiro Togliatti, dirigidos por oficiales rusos 7 custodiados por comunistas españoles armados con los más modernos fusiles automáticos. En aquellos campos, el trabajo estaba organizado sobre una base estajanovista, con reparto de alimentos vinculado al cumplimiento, o superación, de los objetivos impuestos. En su mayoría, los prisioneros eran aquellos que querían regresar a sus hogares por diversas razones y a quienes se les había negado el permiso para hacerlo. (No se supo hasta más tarde que algunos brigadistas incluidos en esta categoría fueron encerrados en hospitales mentales.) Uno de los campos de reeducación más sórdidos fue el del Júcar, a unos 40 kilómetros de Albacete, a donde fueron a parar un montón de anglosajones y escandinavos amargados y decepcionados. Algunos británicos se salvaron de morir fusilados gracias a la intervención del Foreign Office. Otros brigadistas fueron encerrados en las prisiones de Albacete, Murcia, Valencia y Barcelona.26
Una causa del malestar que recorría las filas de las Brigadas Internacionales era la sorpresa de algunos voluntarios cuando se les negaba el permiso para regresar a sus hogares. Al llegar a España se les habían quitado sus pasaportes, que, según Krivitsky, eran enviados a Moscú por valija diplomática para que sirvieran de cobertura a los agentes del NKVD en el extranjero. Los dirigentes de las Brigadas, alarmados por las filtraciones del malestar de los brigadistas que llegaban a sus respectivos países, impusieron medidas de disciplina cada vez más severas. Las cartas tenían que pasar censura y cualquiera que criticase la competencia del liderazgo del partido se enfrentaba a los campos de trabajo o incluso al pelotón de ejecución. Se cancelaron permisos con frecuencia, y aquellos voluntarios que se tomaron unos días de descanso por su cuenta fueron fusilados por desertores al regresar a sus unidades. El temor a verse sometidos al control de una organización que ahora detestaban hizo que algunos voluntarios se atrevieran incluso a cruzar las líneas y pasarse al enemigo. Otros recurrieron a expedientes tan terribles como dispararse un tiro en el pie cuando limpiaban su fusil.
Los dirigentes de la Comintern estaban preocupados porque, poco a poco, iba trascendiendo al exterior la situación de las Brigadas Internacionales. Los voluntarios recién llegados se extrañaban ante el cinismo de los veteranos, que se reían de su idealismo mientras recordaban con amargura el suyo propio. Algunos de los recién llegados a Albacete habían sido llevados allí con engaños. Especialistas o mecánicos extranjeros que habían decidido ir a España para unos objetivos concretos fueron enviados a las líneas de fuego en contra de su voluntad,27 y se vieron amenazados con el castigo correspondiente a la deserción si se negaban a ello. Hasta ciertos marineros de mercantes extranjeros, que estaban de permiso en los puertos republicanos, fueron detenidos como «desertores» de las Brigadas y enviados a Albacete. Todo aquello acabó el 23 de septiembre de 1937 con la firma por Prieto de un decreto sobre el estatuto de los internacionales, que apareció en el Diario Oficial del día 27, por el que se disponía que los miembros de las Brigadas Internacionales pasaban a formar parte de la Legión Extranjera española, que los voluntarios que se habían comprometido a prestar sus servicios durante toda la guerra quedaban sometidos al Código de Justicia Militar y que los oficiales interbrigadistas no podían superar el 50 por 100 de los españoles.28
Pero el mayor impacto que recibió la moral de muchos brigadistas fue la persecución de los hombres del POUM. La versión del partido sobre los hechos era tan deshonesta que sólo podían creérsela aquellos a quienes aterrorizaba la verdad, como aquel brigadista que escribió que «la institución de las discusiones políticas obligatorias una vez al día, ordenadas desde arriba, es buena prueba de que se nos trata con más seriedad de lo habitual». La mayoría, sin embargo, al darse cuenta de que habían sido engañados, se indignaban ante aquel insulto a su inteligencia, pero tenían que sujetar su lengua si no querían caer en manos del SIM. Luego, cuando llegaban a sus países de origen, se encerraban con frecuencia en un mutismo total para no minar la causa de la República. Aquellos que, como Orwell, explicaron sus andanzas, encontraron cerradas las puertas de los editores de izquierda; mientras que los que prestaban un apoyo acrítico a la República se vieron obligados a justificar la línea de Moscú. Sin embargo, el intento de exportar a España el sistema de los juicios farsa estalinistas fracasó porque el gobierno de Negrín, por autoritario que fuese, no era totalitario. En consecuencia, aquel laberinto de espejos deformantes que había sustituido a la realidad en la Unión Soviética no pudo ser duplicado del todo en España. Sin embargo, la enseña de la República, blasonada de democracia y libertad, verdad y justicia, empezaba a ajarse.
La desaparición del frente Norte y del idealismo republicano
Published on Abril 19, 2008
in GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.
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