La guerra en el norte

La guerra en el norte
La sitiada zona norte del territorio republicano, Asturias, Santander, Vizcaya y Guipúzcoa, no había podido incluirse en la centralización llevada a cabo por el gobierno de Largo Caballero. Los consejos de Asturias y Santander todavía reflejaban la composición política que siguió al levantamiento militar, y el País Vasco trataba de establecer una relación específica con la República desde su fuerte sentimiento autonómico. A pesar de que en Oviedo habían combatido unidades de voluntarios vascos y de que las milicias asturianas y santanderinas habían acudido en ayuda de Vizcaya, el único sentimiento que compartían en realidad esas zonas del norte era su rechazo a un mando republicano centralizado. Los vascos, especialmente, no querían que el ejército de Euskadi formara parte del ejército del Norte, que dependía en última instancia del gobierno de Valencia. Largo Caballero había aceptado las pretensiones de los vascos, pero no se lo había comunicado oficialmente al general Llano de la Encomienda, que era, en teoría, el jefe de todo el ejército del Norte.
El 1 de octubre de 1936 las Cortes, en Valencia, habían aprobado el Estatuto de Autonomía de Euskadi y cuatro días más tarde había entrado en vigor. El texto del estatuto preveía que, provisionalmente, el presidente de Euskadi o lehendakari debía ser elegido por los concejales de la zona vasca leal a la República. En consecuencia, el 7 de octubre los concejales de los ayuntamientos vascos se reunieron en la Casa de Juntas de Gernika, «la ciudad sagrada de los vascos», y eligieron por unanimidad como lehendakari al líder del Partido Nacionalista Vasco José Antonio Aguirre, de treinta y dos años. Por precaución ante un posible ataque aéreo, los preparativos para la reunión se habían mantenido en secreto, por lo que la ciudad seguía con su vida habitual cuando Aguirre prestó el tradicional juramento en euskera, junto al árbol de Gernika.
Aguirre constituyó su gobierno con cuatro miembros del PNV (él mismo, Jesús María Leizaola, Heliodoro de la Torre y Telesforo Monzón), tres socialistas (Santiago Aznar, Juan Gracia y Juan de los Toyos), un miembro de ANV (Gonzalo Nárdiz), otro de Izquierda Republicana (Ramón María Aldasoro), otro de Unión Republicana (Alfredo Espinosa) y otro del PC (Juan Astigarrabía). El PNV, cuyo lema era «Jaungoikua eta Lagi-Zarra» (Dios y ley vieja), controlaba las consejerías de Defensa, Hacienda, Justicia y Gobernación.
El programa de gobierno pretendía acercarse a las izquierdas por medio de la doctrina social cristiana del PNV y defendía la libertad religiosa, el mantenimiento del orden público y la defensa de las señas de identidad nacional del pueblo vasco, «prestando al fomento de las mismas toda la consideración y protección a que le obliga el reconocimiento de la personalidad vasca».1 Durante sus nueve meses de vida, el gobierno vasco creó una estructura administrativa que daba a Euskadi toda la apariencia de un Estado independiente. Ante la escasez de moneda republicana, acuñó moneda propia, controló el ejército en Euskadi, fijó las fronteras y llevó a cabo su propia política exterior. Se creó un órgano de difusión oficial, el Diario Oficial del País Vasco, una bandera, la ikurriña, se organizó la administración de justicia, se creó la Universidad Vasca y se promovió el uso público del euskera. Hacienda gestionó los fondos necesarios para la administración y controló la banca privada y la Bolsa de Bilbao.2
El consejero de Gobernación era Telesforo Monzón, un joven aristócrata que 40 años después sería el dirigente de Herri Batasuna, brazo político de ETA. Su primer acto de gobierno fue disolver la Guardia Civil y la de Asalto, para dedicarse a reclutar una nueva fuerza de policía entre vascos abertzales, armados contundentemente, seccionados por su estatura, y vestidos con nuevos uniformes. Este cuerpo de élite, la Ertzaña, controlado exclusivamente por el PNV, desaradó a buena parte de sus aliados de izquierda y, de forma especial, a los anarcosindicalistas de la CNT.
Sin embargo, las fricciones se produjeron menos por diferencias políticas que por desacuerdos militares. La CNT había demostrado repetidas veces su determinación de luchar hasta el fin: en sus furiosos asaltos contra los edificios de San Sebastián ocupados por los sublevados, cuando sus militantes incendiaron Irún al verse rodeados por los nacionales o, más tarde, cuando se propusieron destruir San Sebastián antes de que fuera ocupado por las tropas de Mola. La CNT prefería perecer entre las ruinas que someterse a los dictados de Franco. Los nacionalistas vascos, en línea con su idiosincrasia, se contentaban con defenderse si eran atacados directamente y tenían siempre en cuenta que estaban luchando en su tierra y por ella.
Los dirigentes del PNV no ocultaron nunca, desde el principio de la guerra civil que, aparte de sus sentimientos antifascistas, estaban al lado de la República porque ésta les había prometido el Estatuto de Autonomía para el País Vasco, no porque tuvieran ninguna afinidad con las izquierdas republicanas y obreras. Por el contrario, el PNV compartía con los sublevados antirrepublicanos la defensa de la Iglesia y el rechazo de la revolución social, aunque, al mismo tiempo, sabía muy bien que no podía esperar de ellos la más mínima concesión en el terreno de la autonomía política. Los nacionalistas vascos presumían de su fe católica y condenaban radicalmente el anticlericalismo que se producía en otras zonas del territorio republicano. Sin embargo, su resistencia al levantamiento militar era seguida por la inmensa mayoría de sus sacerdotes, a pesar del apoyo incondicional que tanto el Vaticano como la Iglesia española daban al general Franco. «Era evidente que el PNV no sentía entusiasmo por ninguno de ambos bandos, con los que se había enfrentado sucesivamente durante la República, y que hubiese preferido no tener que optar.»3
Por otra parte, los nacionalistas vascos pretendían que en Euska no existían las divisiones de clase. Quizá no en su imaginario idílico de la vida agraria medieval, con una feudalización muy débil, pero era ridículo afirmarlo del frente marítimo, donde la industrialización había atraído en el siglo XIX mano de obra barata de Castilla, Asturias y Galicia, que era la que nutría las filas de la UGT, de la CNT y del Partido Comunista. Los trabajadores «vascos» se agrupaban en el sindicato Solidaridad de Trabajadores Vascos (STV).
La izquierda creía fervientemente que los nacionales tenían que ser derrotados, pero los nacionalistas vascos parecían saber en su corazón que aquéllos acabarían venciendo. Muchos de sus dirigentes habían sido criados por nannies inglesas (las familias pudientes castellanas preferían las Fráulein alemanas) y se habían educado en Inglaterra. Es posible que aprendieran de los ingleses a ser buenos perdedores. En cualquier caso, trataron a sus prisioneros extremadamente bien, enviando muchos a Francia para que quedaran libres, con la esperanza de que eso indujera al enemigo a ser un buen ganador. Pero los nacionales no tuvieron ningún gesto recíproco para con este intento de «humanizar la guerra», como lo definió Manuel de Irujo, el ministro vasco del gobierno central.
Lo que hicieron los nacionales fue embestir ciegamente contra cualquier cosa que sonara a separatismo, usando frases tan contradictorias como «vasco-soviéticos» para referirse a los nacionalistas. Tener a los vascos católicos por enemigos era un contrasentido para la cruzada nacional, por lo que Franco matizaba: «esos democratacristianos, menos cristianos que demócratas, que infectados por un liberalismo destructivo no son capaces de comprender esta página sublime de persecución religiosa en España que, con sus miles de mártires, es la más gloriosa que ha sufrido la Iglesia». El arzobispo de Burgos llamaba a los sacerdotes vascos «la escoria del clero español, vendidos a los rojos», y el catedrático de Teología moral de la Universidad de Salamanca, que había descrito el alzamiento contra el Frente Popular como «la guerra más santa de la historia», opinaba que los que se defendían de los sublevados eran traidores a la patria, apóstatas y criminales. El cardenal Goma acusó al clero vasco de tomar parte activa en la lucha, pero en realidad parece que muy pocos sacerdotes vascos llevaban pistola, si es que alguno lo hacía, y no hay la más mínima prueba de que la usaran. El primado, en cambio, pasaba por alto la acción de los fanáticos capellanes carlistas de su cuerda. Muchos de estos curas requetés, tocados con la boina roja y la borla dorada, seguían la tradición del feroz clérigo carlista, el cura Santa Cruz, que solía absolver a sus prisioneros en masa antes de fusilarlos. No es de extrañar que los carlitas navarros fueran elegidos como instrumento principal para reducir a sus vecinos vascos durante la primavera de 1937.
Durante el invierno anterior, en el frente Norte se habían desarrollado dos acciones de importancia: el feroz asedio de Oviedo y la ofensiva que el 30 de noviembre lanzó el XIV Cuerpo de Ejército del País Vasco sobre la zona de Villarreal y Vitoria. En esta última acción los republicanos consiguieron cortar la carretera a Vitoria y acariciar la posibilidad de tomarla, que se frustró porque el movimiento de las tropas fue detectado por un avión de reconocimiento de los nacionales que procedía de Burgos, aunque el PNV achacó el fracaso a la falta de coordinación y a la indisciplina de los batallones. El contraataque de las tropas nacionales impidió también la captura de Villarreal, pero los vascos conservaron el control de tres montes: Maroto, Albertia y Jarinto, cuya cima se apresuraron a fortificar. Uno de sus mayores errores sería establecer precisamente posiciones defensivas sin camuflaje en las cimas, ya que dejaba a los vascos inermes ante las pasadas de los cazas y los bombardeos.
Tras cuatro intentos infructuosos de terminar la guerra por la vía rápida tomando Madrid, el lógico objetivo militar de los nacionales era esa aislada zona norte. Los asesores alemanes presionaron a Franco para que cambiara su estrategia; una guerra larga no sólo ayudaría a los planes de Hitler en la Europa central, sino que además les permitiría obtener el carbón y el acero de la zona cantábrica que necesitaban para su programa de armamento acelerado. En cualquier caso, Franco no disponía de las tropas suficientes para lanzar una ofensiva decisiva sobre la capital de España, donde la República tenía la ventaja de que controlaba las líneas interiores y, además, tenía superioridad numérica. La única forma de mejorar la ratio de las fuerzas era aplastar un sector más débil primero con el fin de liberar tropas para los objetivos más duros en el centro. Dado que tanto el frente de Aragón como el de Andalucía podían ser reforzados rápidamente por los republicanos, es claro que la zona norte era la elección obvia.
Para hacer frente a la amenaza, los nacionalistas vascos y sus aliados de izquierda habían formado unos 46 batallones, de los cuales casi la mitad estaban compuestos por milicianos vascos del Euzko Gudaroztea y el resto eran unidades de la UGT, CNT, comunistas o republicanas. Esas formaciones estaban reforzadas con 10 batallones de milicianos procedentes de Asturias y Santander que no gozaban de la simpatía de los vascos. El Estado Mayor de Llano de la Encomienda estaba formado por oficiales de carrera de escaso genio militar, pero el problema más grave lo constituía la falta de armamento.
Cuando los militares desencadenaron la rebelión, Telesforo Monzón viajó a Barcelona para conseguir armamento, con escasos resultados, por lo que los dirigentes vascos tuvieron que recurrir a otros medios, como fue comprar armas en el mercado negro extranjero, armas que se intenta traer de contrabando en barcos de pesca, que debían atravesar el bloqueo impuesto por los nacionales, o bien a bordo de barcos ingleses. Algunos mercantes consiguieron pasar a finales de otoño, como fue el caso del barco ruso A. Andreev, que llevó a los vascos el mayor cargamento de armas que se recibiría en toda la guerra en Bilbao: dos escuadrillas de Chatos, 30 tanques T-26 y Renault, 14 carros blindados rusos con cañones de 37 mm, 50 cañones, 40 lanzaminas, 300 ametralladoras y 15.000 fusiles con sus correspondientes cartuchos.4 Otro problema grave fue el de la alimentación, ya que los suministros tardaban muchas veces más de dos semanas en llegar. A los vascos sólo les salvaba de la inanición la monótona y escasa dieta de garbanzos que podían procurarse gracias a una gran remesa que había llegado de México. Quedaron muy pocos gatos vivos en el País Vasco y la gente se las ingenió para poder cazar gaviotas.
Las fuerzas navales con que contaban los franquistas en la costa cantábrica consistían en el acorazado España, el crucero Almirante Cernerá y el destructor Velasco. Los vascos disponían tan sólo de un viejo destructor y de dos submarinos apenas operativos, pero improvisaron una flotilla armando con cañones de 101 mm, procedentes del acorazado Jaime I, a cuatro barcos de pesca de altura.
El problema, según un asesor soviético, era el mando naval de los vascos, especialmente el capitán de fragata Enrique Navarro.

Según la gente de por aquí y los marineros, Navarro no presta la debida atención a las operaciones de la flotilla. Evita visitar los barcos porque tiene miedo de los marinos. Cuando está en la ciudad o en su cuartel general, en tierra, usa ropas civiles. Durante nuestra primera entrevista, Navarro se quejó de la falta de disciplina de los marinos, de las amenazas de los comités de los barcos, y me dijo que existía un complot para tratar de asesinarle… No había ni un solo socialista, y mucho menos un comunista, entre el personal del cuartel general. Los barcos de guerra de la flotilla estaban amarrados pasivamente en Bilbao siguiendo, al parecer, un acuerdo tácito entre los oficiales del cuartel general y los de a bordo. Con pretextos diversos, las reparaciones se alargaban indefinidamente. A la flotilla se le dio el apelativo burlón de «Comité de No Interferencia».5

El 5 de marzo apareció junto a la desembocadura del Nervión el crucero nacional Canarias, que había apresado un bou. Las baterías de costa de 105 y 155 mm abrieron fuego inmediatamente para ahuyentarlo porque sabían que estaban a punto de llegar bous armados que escoltaban a otra embarcación procedente de Bayona. Cuando aparecieron entre la niebla, el Canarias se dispuso a hacerles frente. Uno de los bous, el Bizkaya, rodeó al Canarias y le arrebató el mercante Yorkbrook, que había apresado, mientras los otros dos replicaban con su escaso armamento a los cañones de ocho pulgadas del crucero franquista. El Gipuzkoa comenzó a arder y tuvo que buscar refugio en Portugalete, pero la tripulación del Nabarra continuó el ataque y luchó durante la noche hasta que agotó toda la munición y, envuelto en llamas, se hundió con sus 29 tripulantes.6
A mediados de marzo, el general Mola dio las primeras órdenes para iniciar la campaña del Norte. Su jefe de Estado Mayor, el coronel Juan Vigón, era el estratega más capaz del ejército nacional y uno de los pocos oficiales superiores que respetaban los alemanes, quienes lo describían como «uno de los fenómenos más sobresalientes del nuevo ejército nacional español», pero su actuación estaba coartada por las excesivas precauciones que Mola tomaba. Von Richthofen alardeaba de que «el liderazgo está prácticamente en manos de la Legión Cóndor».7
El grueso de las fuerzas nacionales estaba constituido por la División de Navarra, compuesta por cuatro brigadas de requetés. Contaban, además, con la División de Flechas negras italiana compuesta por 8.000 infantes españoles al mando de oficiales italianos y apoyada por Fiats Ansaldo. Pero la gran baza de los nacionales en estas regiones montañosas fue la Legión Cóndor. Mola se dio cuenta de que la estrecha franja costera que controlaba la República daba a los defensores poco tiempo para advertir las incursiones aéreas, en tanto que las características abruptas del terreno hacían muy difícil la construcción y operatividad de aeródromos de los que pudieran despegar a toda prisa los cazas. Además, los vascos sólo disponían de una exigua fuerza aérea, de modo que la Legión Cóndor podía arriesgarse perfectamente a utilizar los obsoletos Heinkel 51 mientras llegaban más unidades de los nuevos Messerschmitt.
El ala de caza de la Legión Cóndor estaba concentrada en Vitoria y las escuadrillas de bombarderos en Burgos, porque el aeródromo de Vitoria era muy angosto. Quien estaba al frente del mando operativo de las fuerzas de ataque en aquellos momentos era el coronel Von Richthofen, ya que el jefe de la Legión Cóndor, el general Sperrle, se encontraba en Salamanca, en el cuartel general de Franco. En el frente Norte, la Legión Cóndor disponía de tres escuadrillas de bombarderos Junker 52, una «escuadrilla experimental» de bombarderos semipesados Heinkel 111, tres escuadrillas de cazas Heinkel 51 y media escuadrilla de Messerschmitt 109 que había tenido problemas con los motores.8 La Aviazione Legionaria italiana también intervenía en misiones de apoyo a las tropas de ataque con sus Savoia Marchetti 81 y 79, así como con sus cazas Fiat CR 32.
Tras lanzar su famoso ultimátum de que «si la rendición no es inmediata arrasaré Vizcaya», Mola ordenó avanzar desde el sudeste. La ofensiva empezó el 31 de marzo con un asalto a los tres montes -Albertia, Maroto y Jarinto- que habían sido tomados por los vascos en el invierno anterior durante la ofensiva de Villarreal, y desde el primer día los nacionales desplegaron su aplastante superioridad en el aire. Las ciudades de Elorrio y Durango, tras la línea del frente, fueron bombardeadas en oleadas sucesivas por 12 S-81 italianos procedentes de Soria y por los Junker 52. Durango, con unos 10.000 habitantes, no tenía defensas antiaéreas ni la más mínima presencia mi” litar, pero los bombarderos franquistas arrojaron sobre ella doce toneladas de bombas. Una iglesia fue alcanzada durante la celebraron de la misa, y murieron en ella 14 monjas, el celebrante y la mayoría de los feligreses. Los cazas Heinkel 51 -«grises, bastante bellos y siniestros»- se encargaron de ametrallar a los civiles que salían corriendo. En total murieron en el ataque -uno de los más criminales de la guerra- unos 250 civiles no combatientes. Se dijo que el objetivo de la incursión aérea era bloquear las carreteras que conducían a la ciudad, pero eso no explica la actuación de los cazas.9 El día 2 de abril, los nacionales manifestaron a través de los micrófonos de Radio Valladolid que «no fueron bombardeados [en Durango] más que objetivos militares. Se confirma, por el contrario, que fueron los rojos quienes destruyeron las iglesias de dicha ciudad. La iglesia de Santa María fue incendiada mientras estaba llena de fieles».10
Aquel día, las tropas nacionales de Alonso Vega atacaron a fondo los tres montes que estaban en poder de las tropas republicanas desde noviembre, combinando bombardeos aéreos con fuego cerrado de artillería y lanzando luego las tropas navarras al asalto. Von Richthofen disfrutaba de «un excelente panorama» en su puesto de mando. Para que la aviación alemana pudiera reconocer a las tropas navarras con toda claridad, éstas «vestían túnicas blancas, llevando delante la enseña nacional».
El 31 de marzo, día de la ofensiva, los bombarderos de la Legión Cóndor se presentaron a las ocho de la mañana y «arrojaron 60 toneladas de bombas en sólo dos minutos», anotó Von Richthofen en su diario privado.11 Los gudaris apenas pudieron darse cuenta de lo que se les venía encima cuando se lanzaron sobre ellos los requetés al grito de «¡Viva Cristo Rey!». Los republicanos no pudieron enviar tropas de reserva porque los aviones nacionales castigaban duramente todas las vías de comunicación que conducían al frente. Además, el nutrido fuego de artillería había cortado los cables de los teléfonos de campaña, dejando incomunicadas las posiciones de vanguardia.
Sin embargo, los vascos contraatacaron y lograron hacerse con el monte Gorbea, posición que no abandonarían en dos meses, asegurando así el extremo de su flanco derecho. Pero al día siguiente perlaron otras cotas y los ataques que llevaron a cabo cuarenta aviones nacionales sobre Ochandiano y sus alrededores produjeron una gran recta en el frente. Los gudaris estaban desmoralizados ante aquella aplastante fuerza aérea. Podían hacer frente a la fiereza de un ataque de infantería requeté, pero carecían de cañones antiaéreos y de cobertura ante las pasadas de los cazas. Veinte batallones carecían de armas automáticas adecuadas y algunas unidades de ametralladoras no tenían más que un puñado de pistolas automáticas. El 4 de abril Von Richthofen escribió en su diario: «Los cazas ametrallan a los rojos por toda la montaña. 200 muertos, 400 prisioneros». Las tropas vascas fueron rechazadas, pero los gudaris cavaron pozos de tirador y siguieron luchando. «Siempre nos sorprende la dureza de la infantería roja. Los rojos están perdiendo mucha sangre.»12
Aquel mismo día, y para desesperación de Von Richthofen, Mola dio órdenes de que se hiciera una pausa en la ofensiva. «La guerra aquí es muy tediosa -anotó el 5 de abril-. Primero hay que llevar a los españoles a la operación. Después hay que redactar las órdenes operativas. Luego, el reconocimiento, más tarde, visita al cuartel general. Tengo que leer las órdenes de operaciones y sugerir cambios, tal vez con la amenaza de ”sin nosotros”. Tengo que comprobar con mi gente si han recibido las órdenes y si han sido llevadas a cabo.» A la mañana siguiente sus bombarderos atacaron tal como se había dispuesto, «pero la infantería no ha intervenido y ahora pide más apoyo». Mola ordenó otro ataque para el día siguiente. «Estamos lanzando bombas sin ningún sentido -escribió Von Richthofen-. Telegrama de protesta a Franco.»
El 6 de abril los nacionales anunciaron el bloqueo de los puertos republicanos de la costa cantábrica. Aquel mismo día el crucero nacional Almirante Cervera, con el apoyo moral del acorazado de bolsillo Admiral Graf Spee que se mantenía a prudente distancia, detuvo al mercante británico Thorpehall. Sin embargo, aparecieron los buques HMS Blanche y HMS Brazen de la flotilla de destructores británica asignada a la bahía de Vizcaya y el carguero fue autorizado a llegar a Bilbao.
Al gobierno Baldwin le preocupaba que la salvaguarda del comercio anglo-vasco pudiera forzar a Gran Bretaña a tomar partido. No quería reconocer ni a los nacionales ni a los republicanos como beligerantes, porque ello hubiera significado que, de acuerdo con el derecho internacional, los buques de guerra españoles podían detener y registrar mercantes ingleses de camino a los puertos españoles. Sin embargo, a la luz de los acontecimientos posteriores, es evidente que ni el gabinete Baldwin ni sus asesores actuaron con imparcialidad. El almirante lord Chatfield, el primer lord del Mar, era un admirador del general Franco y sus oficiales en la bahía de Vizcaya sentían una indudable simpatía por sus iguales nacionales. Sir Henry Chilton, el embajador que residía en Hendaya y que seguía en contacto con el Foreign Office, actuaba de portavoz de los nacionales. Chatfield y Chilton informaron al gobierno británico de que el bloqueo de Bilbao era efectivo porque los nacionales habían minado la desembocadura del Nervión y, por lo tanto, había un gran riesgo para los barcos británicos si ignoraban el bloqueo. Aunque ninguna unidad de la marina británica había patrullado el área desde hacía meses y por lo tanto no disponían de más información que la que les llegaba a través de los nacionales, prefirieron creer a éstos y hacer caso omiso del telegrama que el lehendakari vasco envió al primer ministro británico garantizándole que las aguas jurisdiccionales republicanas cercanas a Bilbao eran seguras para la navegación. En consecuencia, se ordenó a la flotilla de la Royal Navy que diera instrucciones a todos los barcos británicos del aérea de Vizcaya en ruta hacia Bilbao para que aguardaran en el puerto francés de San Juan de Luz hasta nuevas órdenes. Con el fin de mitigar la mala impresión que podía dar este implícito apoyo británico a los nacionales, se ordenó al acorazado HMS Hoodque partiera de Gibraltar con rumbo a las aguas vascas.
La interpretación que había hecho la Royal Navy sobre la efectividad del bloqueo desencadenó tormentosas escenas en la Cámara de los Comunes. Sólo había cuatro buques nacionales para controlar 200 millas de costa y las baterías costeras vascas batían un área más allá del límite de las tres millas. El gobierno británico soportó la arremetida que sufrió en la Cámara de los Comunes, pero no pudo ocultar la deshonestidad de sir Samuel Hoare, primer lord del Almirantazgo, quien decidió creer la información recibida de la marina nacional, y desoír la de los republicanos, sobre las minas del Nervión. El 20 de abril el Seven Seas Spray, un pequeño mercante británico que había decidido ignorar las instrucciones y advertencias de la flota británica, llegó a Bilbao procedente de San Juan de Luz. No había allí ni buques nacionales ni minas; sólo la hambrienta población bilbaína que lanzaba vítores al buque inglés. El descrédito del gobierno británico y del Almirantazgo fue mayúsculo. Ante el éxito del Seven Seas Spray, otros barcos que aguardaban junto a la costa vascofrancesa zarparon inmediatamente hacia España. Uno de ellos, el MacGregor, fue detenido a diez millas de Bilbao por el crucero Almirante Cervera. El mercante lanzó un SOS por radio y esta vez la flota británica, encarnada en el HMS Hood, tuvo que ponerse seria ante los nacionales. Nueve días después, el acorazado España chocó con una mina nacional frente a Santander y se hundió: aquello a los vascos les supo ajusticia poética.
A partir de esos momentos, ya no se podía vencer a los vascos por inanición, pero en los combates, que se habían reemprendido el 20 de abril, llevaban las de perder. La combinación del poderío aéreo nacional y la fanática combatividad de los requetés con la retirada de las tropas republicanas sin previo aviso llevó al frente casi al colapso. Pero la frustración de Von Richthofen no se mitigaba. El 20 de abril estaba furioso con la fuerza aérea italiana. «Ahí tienes. Han tirado las bombas sobre nuestras propias tropas. Un día lleno de desastres. Cumpleaños del Führer. Sander [Sperrle] ha sido ascendido a teniente general.»13
Cualesquiera que fuesen las carencias del lado nacional, la lentitud e incompetencia del Estado Mayor vasco era mucho peor. Su jefe, el coronel Montaud, era famoso por su derrotismo, y los oficiales regulares eran criticados por todos por su mentalidad acomodaticia: «Había pocos oficiales profesionales que valieran algo en el ejército vasco. La mayor parte tenían mentalidad de funcionario, les faltaba iniciativa y comprensión de las fuerzas populares que tenían bajo su mando. Resumiendo, sospechaban del pueblo».14 La situación llegó a ser tan desastrosa que el presidente Aguirre tuvo que hacerse cargo de la dirección de las fuerzas. Por suerte para los vascos, el cauteloso avance de Mola no sacó todo el partido que podía de la desorganización republicana.
El 23 de abril, Von Richthofen anotó en su diario: «Tiempo muy bueno. La 4º Brigada ha desplegado, a pesar de las órdenes, dos batallones, no doce. Tienen que ser relevados. La infantería no avanza. ¿Qué se puede hacer? La Legión Cóndor se retira a las 18.00. No se puede dirigir a una infantería incapaz de atacar posiciones débiles». Al día siguiente volvía a quejarse, exasperado porque los italianos habían bombardeado la ciudad que no era. «Son cargas para el mando que no se pueden ni imaginar … ¿Conseguiremos destruir Bilbao?» A los italianos les preocupaba que un ataque a los católicos vascos provocara la reacción del Papa, y eran reacios a bombardear la principal ciudad de Euskadi. Son sólo especulaciones, pero es posible que las frustraciones de Von Richthofen tuvieran que ver en la más famosa de todas las operaciones llevadas a cabo por la Legión Cóndor.15
Durante el 25 de abril la mayor parte de las desmoralizadas tropas de Markina emprendieron la retirada hacia Gernika, que estaba a diez kilómetros del frente. Al día siguiente, lunes 26, a las 4,30 de la tarde, la campana mayor de Gernika repicó avisando de un ataque aéreo. Era día de mercado, y aunque se había hecho volver atrás a muchos campesinos a la entrada de la ciudad, otros muchos habían pasado con su ganado. Los refugiados que se hallaban en la ciudad y sus habitantes buscaron amparo en los sótanos que se habían habilitado a toda prisa como refugios después del terrible bombardeo de Durango. Un bombardero solitario Heinkel 111 de la «escuadrilla experimental» de la Legión Cóndor apareció en el cielo, arrojó su carga en el centro y desapareció.16 La gente salió entonces de sus refugios con el fin de ayudar a los heridos, pero quince minutos después sobrevolaba la ciudad la escuadrilla al completo, lanzando todo tipo de bombas. La gente corrió de nuevo hacia los reparos en medio del polvo y la humareda preguntándose si los sótanos que les servían de refugio soportarían el tremendo bombardeo. Se inició así una estampida de gentes que decidieron salir de la ciudad para encontrar amparo en el campo, pero entonces aparecieron los cazas Heinkel 51, que ametrallaron sin piedad a hombres, mujeres y niños, a las monjas del hospital y hasta al ganado. Y, sin embargo, lo peor del ataque aún no había comenzado.
A las 5,15 se oyó el tronar de aviones. Los soldados los identificaron inmediatamente como los «abuelos», que es como llamaban a los bombarderos Junker 52. Tres escuadrillas procedentes de Burgos arrasaron sistemáticamente la ciudad en pasadas de 20 minutos durante dos horas y media. La carga de los casi cuarenta aviones que bombardearon Gernika consistía en bombas medias y pequeñas, pero también llevaban las bombas de 250 kg, bombas antipersonal y bombas incendiarias. Éstas eran sembradas desde los Junker en tubos de aluminio de un kilo como si de confetti metálico se tratara. Los testigos describen la escena en términos dantescos y apocalípticos. Familias enteras quedaron enterradas entre las ruinas de sus casas o murieron aplastadas en los refugios; vacas y ovejas, ardiendo por la acción de la termita y el fósforo blanco, brincaban enloquecidas entre los edificios llameantes hasta caer muertas. Seres humanos ennegrecidos por el humo se abrían paso entre las llamas y el polvo mientras otros excavaban como locos entre las ruinas tratando de desenterrar a amigos y parientes. Los que se acercaban a Gernika huyendo de Bilbao no podían creer lo que veían sus ojos en el cielo rojo-anaranjado, en la lejanía. Con excepción de la Casa de Juntas y el roble, que no fueron alcanzados porque se encontraban fuera del corredor aéreo que los pilotos habían seguido disciplinadamente, Gernika era una ruina de fuego y de muerte:

Las mujeres los niños tienen las mismas rosas
rojas
En los ojos
Cada uno muestra su sangre
El miedo y el coraje de vivir y de morir
La muerte tan difícil y tan fácil.17

Nunca se ha sabido con certeza el número de muertos y heridos que produjo el ataque. El gobierno vasco sostuvo que un tercio de la población (1.645 muertos y 889 heridos) sufrió en sus carnes el bombardeo, aunque las investigaciones más recientes sostienen que los muertos no pasaron de 300.18
Al día siguiente, 27 de abril, la noticia de la destrucción de Gernika apareció ya en la prensa británica de la tarde, y el día 28 tanto el Times como el New York Times publicaron el famoso artículo de George L. Steer.19 El lehendaka Aguirre denunció los hechos el mismo día 27 por la mañana con las siguientes palabras: «Los aviadores alemanes, al servicio de los rebeldes españoles, han bombardeado Guernica, quemando la ciudad histórica venerada por todos los vascos».20
Como ya había pasado con el bombardeo de Durango, los nacionales le dieron en seguida la vuelta a lo ocurrido. Utilizando el precedente de Irún, dijeron que la ciudad había sido destruida por sus defensores en retirada y Queipo llegó a especificar que los responsables directos fueron «los dinamiteros asturianos que han empleado los marxistas para después achacarnos tal crimen».21 El 29 de abril el cuartel general de Franco hizo público un comunicado en el que se decía:

Guernica está destruida por el fuego y la gasolina. La han incendiado y convertido en ruinas las hordas rojas al servicio del perverso y criminal Aguirre [que] ha lanzado la mentira infame -porque es un delincuente común- de atribuir a la heroica y noble aviación de nuestro ejército nacional ese crimen… Aguirre ha preparado la destrucción de Guernica para endosarla al adversario … Su destrucción es labor de los que quemaron Irún y Eibar, de los que dejan siempre una España espectral a sus espaldas.22

La Iglesia española respaldó sin reservas esta patraña y un catedrático de teología en Roma llegó a declarar que no había en España ni un solo alemán porque Franco no necesitaba más que a los soldados españoles, que eran los mejores del mundo. Ni siquiera los más fervientes amigos de Franco en el extranjero se atrevieron a sostener esta falacia. El propio general Roatta informó a Ciano el 8 de mayo de que el general Sperrle le había dicho que la Legión Cóndor había bombardeado Gernika con bombas incendiarias.23 Una periodista norteamericana, a la que escoltaba un falangista, se entrevistó, unos meses después, en agosto, con un oficial de Estado Mayor del ejército del Norte. El falangista, que se había creído a pies juntillas el bulo puesto en circulación por Salamanca, le contó al oficial que los «rojos» de Gernika habían tratado de explicarle que la ciudad había sido bombardeada desde el aire, no incendiada. «Pues claro que fue bombardeada -le dijo el oficial de Estado Mayor-. La bombardeamos, la bombardeamos y la bombardeamos, y, bueno, ¿por qué no?»24
Algunos veteranos de la Legión Cóndor explicaron, tiempo después, que lo que trataban de hacer sus escuadrillas era bombardear el puente de Rentería a las afueras de Gernika, pero que los fuertes vientos habían desviado las bombas hacia la ciudad. La realidad es que el puente quedó intacto, que se sabe que aquel día no hacía viento, que los Junker volaban en formación de combate y no en línea, y, desde luego, que las bombas antipersonal, incendiarias y de metralla no son precisamente eficaces contra los puentes de piedra, ni se comprende cómo para destruir un pequeño puente y cortar la retirada de las tropas republicanas, los aviones tuvieron que lanzar alrededor de 33 toneladas de bombas. La entrada correspondiente a ese día en el diario de Von Richthofen fue, probablemente, reescrita, una vez que se supieron las consecuencias del ataque y los nacionales acuñaron la versión para la propaganda. Se le añadió lo siguiente: «Lamentablemente, los rojos pegaron fuego a las casas durante la noche. Hicieron salir a todos los habitantes. Prendieron fuego a todos los edificios públicos y a los monasterios, luego a las casas particulares, que aquí son, en parte, de madera». Por quién sabe qué razones, el Gefechtsbericht (informe de combate) de la Legión Cóndor correspondiente a ese día no se ha conservado.25 Según el diario privado de Von Richthofen, que no tiene que ver con su diario oficial de guerra, el ataque fue planeado conjuntamente con los nacionales. El coronel Vigón, jefe de Estado Mayor de Mola, dio su visto bueno al objetivo el día antes de la incursión aérea y, de nuevo, unas pocas horas antes del ataque. A ningún oficial nacional se le ocurrió mencionar la importancia de Gernika en la vida y en la historia vascas pero, aunque lo hubieran hecho, el plan se habría llevado igualmente a cabo. Uno de los posibles objetivos del ataque puede haber sido el bloqueo de las carreteras, como en Durango, pero todo apunta a que, además de los objetivos bélicos grandes o pequeños, lo que se pretendía era llevar a cabo un experimento de entidad para verificar los efectos del terror aéreo.26
Durante la retirada en esta zona tuvieron lugar, en la retaguardia, algunas acciones valientes y eficaces. En Gernika el batallón comunista Rosa Luxemburg, mandado por el comandante Cristóbal, contuvo durante un tiempo a los Fiat-Ansaldo nacionales, pese a la extraordinaria incompetencia del jefe superior, coronel Yartz, que parece que no sabía siquiera leer un mapa. Luego, el 1 de mayo, a medida que la retirada progresaba, el octavo batallón de la UGT tendió con gran éxito en Bermeo una trampa a las tropas nacionales, consiguiendo poner en fuga a 4.000 hombres de las Flechas negras con sus Fiat Ansaldo.
El ejército de Euskadi, sin embargo, tuvo que retirarse tras la protección del «cinturón de hierro» de Bilbao. Esta obra defensiva, con un perímetro de unos 80 kilómetros, se había iniciado durante el invierno anterior. Trabajaron en ella 15.000 hombres, más los de las empresas concesionarias civiles, que construyeron fortificaciones de cemento y troneras. Aunque fue comparado con la Línea Maginot, el cinturón carecía de profundidad -en muchos puntos no era más que una simple línea de trincheras-, tenía un trazado excesivamente rectilíneo y estaba incompleto. Su construcción no se mantuvo en secreto y además el oficial al mando, el comandante Goicoechea, se había pasado a los nacionales con los planos detallados de la fortificación. El presidente Azaña no se engañaba ni sobre la capacidad defensiva del cinturón ni sobre la de Bilbao: «Lo que la gente ha dado en llamar ”cinturón de Bilbao” … es una invención de la fantasía. Es más, temo que Bilbao, ciudad, no se defienda cuando el enemigo esté a sus puertas».27
Los italianos aumentaron el tamaño de sus fuerzas en el norte y las cuatro brigadas navarras de los nacionales fueron reforzadas hasta convertirlas casi en divisiones. Por su parte, los republicanos formaron nuevos batallones de gudaris, de la UGT, de la CNT y de los comunistas, y trajeron refuerzos de Asturias y Santander. Pese a la desconfianza de los nacionalistas, el gobierno de Valencia trataba de colaborar con el envío de aparatos aéreos vía Francia, pero el Comité de No Intervención frustró estos envíos en dos ocasiones. El hecho de que la política de no intervención sólo fuera efectiva en la frontera francesa llenaba de amargura a los republicanos, que no podían enviar los aviones en vuelo directo a Bilbao porque se arriesgaban a que llegaran sin combustible o a que fueran presa de los cazas de la aviación nacional. En el País Vasco no quedaban entonces más que seis Chatos, y aunque sus pilotos habían conseguido derribar los primeros dos Dornier 17 que llegaron a España, la moral estaba muy baja, sobre todo después de que el as de la aviación republicana, Felipe del Río, muriera en combate.
En aquel punto empezaron a surgir malentendidos entre los gobiernos vasco y central. El gobierno de Valencia recelaba de que el presidente Aguirre tratara de firmar una paz separada, mientras que muchos nacionalistas vascos sospechaban que había elementos en el gobierno de Valencia que trataban de impedir activamente que se les enviara ayuda. De hecho, el PNV se dirigió al gobierno de Valencia denunciando la falta de aviones como si se debiera a una maniobra política contra Euskadi, en cuyo caso el PNV se consideraría relevado de su lealtad hacia el gobierno central, pero lo cierto es que era muy difícil, por las razones mencionadas, hacer llegar aviones a Vizcaya. La República sabía perfectamente que la conquista del norte no sólo proporcionaría a los nacionales industrias vitales, sino que permitiría liberar a gran número de tropas enemigas para desplegarlas en el centro. De modo que los republicanos lanzaron dos ataques en mayo, la ofensiva de Huesca y el asalto en la sierra de Guadarrama, hacia Segovia, aunque ninguna de estas dos acciones forzó a los nacionales a distraer tropas del frente Norte.
El 22 de mayo la 4º Brigada navarra alcanzó el lado este del cinturón de hierro. El progreso de los nacionales era aún más lento porque los vascos y sus aliados luchaban ahora con mayor eficacia y parecían menos afectados por los ataques aéreos. Estaban empezando a responder con sus armas personales a los aviones enemigos, una táctica que mantenía a los cazas Fiat y Heinkel a mayor distancia. (Casi un tercio de los Fiat destruidos en acción durante la guerra fue derribado por armas de fuego ligeras.)
En el ejército de Euskadi algunos de los oficiales superiores más incompetentes fueron sustituidos, pero ni siquiera la dirección de Aguirre había conseguido mejorar el rendimiento del Estado Mayor durante la campaña. Su injerencia terminó cuando Llano de la Encomienda fue sustituido por el general Gámir Ulíbarri, un oficial regular vasco enviado desde Valencia para hacerse cargo de lo que se llamó el Cuerpo de Ejército del País Vascongado, separado del ejército del Norte. Se nombraron también nuevos mandos de brigada y de división, tales como el notable mecánico Belderrain, que había organizado una eficaz defensa de las Inchortas, el comunista Cristóbal o el coronel francés Putz, de las Brigadas Internacionales. Se mantuvo en su puesto al general Gorev, pese a que no tuvo ninguna actuación meritoria.
Al mismo tiempo se hizo necesario también un cambio en el mando nacional por la muerte del general Mola, ocurrida el día 3 de junio, al chocar el avión en que viajaba contra el cerro de Alcocera, en Briviesca. Su muerte puede ser descrita como una mala noticia para los vascos, porque su cautela, que tanto exasperaba a los alemanes, les había salvado en momentos críticos. En el lado nacional, muchos sospechaban que el Caudillo o su camarilla estaban implicados en el accidente, pero la sospecha era infundada. Se recordó, desde luego, que el otro gran rival de Franco, el general Sanjurjo, había muerto en circunstancias similares, pero los accidentes aéreos eran frecuentes y lo cierto es que durante la guerra se perdieron casi tantos aparatos por accidente como por la acción del enemigo.
El lugar de Mola lo ocupó el general Fidel Dávila, que también era metódico pero menos cauteloso que su predecesor. Dávila reorganizó sus fuerzas, ordenando que se procediera al asalto del cinturón de hierro el 12 de junio. Los planos de Goicoechea, confirmados por los aviones de reconocimiento aéreo, revelaban hasta el menor punto débil de la línea de defensa. Von Richthofen comenta el 29 de abril: «Las fotografías muestran que, por ahora, buena parte de esas posiciones no están fortificadas». Dos días después se marchó de permiso sabiendo que la Legión Cóndor había sufrido la mayor pérdida de toda la guerra. Cazas republicanos habían interceptado un Junker 52 a bordo del cual viajaban siete pilotos de caza que murieron al ser abatido el aparato.28 Tras un ataque de artillería pesada con 150 piezas y bombardeo desde el aire, Dávila lanzó un rápido asalto de sus fuerzas al mando de García Valiño, Juan Bautista Sánchez y Bertomeu a través de terreno no batido.29 La defensa no tenía profundidad suficiente y todo el sector se desmoronó, aunque sin que se produjera la derrota que los nacionales preveían. Muchas unidades se mantuvieron en sus puestos con gran valor y entorpecieron el avance de los franquistas.
El PNV había entrado en contacto con Italia y el Vaticano para conseguir que los nacionales no destruyeran Bilbao, como tantas veces había amenazado Mola con hacer. El 6 de mayo, Pío XI había pedido al cardenal Goma que ejerciera de mediador. Este se había entrevistado con Mola y obtenido la promesa de que si Bilbao se rendía no se cometerían excesos ni se llevarían a cabo represiones sangrientas. El cardenal Pacelli, secretario de Estado, envió un telegrama el 12 de mayo al lehendakari con una propuesta de paz separada para el País Vasco. Aguirre, sin embargo, no llegó a enterarse de los resultados de la mediación vaticana porque el telegrama fue enviado al gobierno de Valencia.
Por su parte, el ala más «colaboracionista» del PNV (Ajuriaguerra y Leizaola) trató de negociar una paz separada con los italianos por medio del cónsul de Italia en San Sebastián, gracias a la cual las tropas italianas en España protegerían a la población civil de Bilbao, en tanto que los nacionalistas vascos se comprometían a evitar cualquier desorden en la capital. Finalmente, el 16 de junio, el gobierno vasco acordó evacuar Bilbao volando sólo los puentes sobre la ría para dificultar el avance de los nacionales, pero evitando destrucciones innecesarias en la ciudad y en la industria vizcaína. Esta decisión entraba en conflicto con las órdenes recibidas del gobierno de la República, que, naturalmente, no quería dejar en manos de sus enemigos las industrias bilbaínas. Pero los sentimientos del PNV no eran ésos: ellos no querían destruir nada en Euskadi porque aquél era su país, aquéllas eran sus industrias y, de un modo u otro, esperaban regresar pronto.
Al abandonar Bilbao, los refugiados se lanzaron hacia la carretera de la costa, hacia el oeste, donde toda la masa humana fue ametrallada por las escuadrillas de cazas Heinkel. En la ciudad se quedó una junta de defensa al mando de Leizaola, mientras que el gobierno de Euskadi se retiró a Santander. Otros dirigentes vascos y jefes militares huyeron por mar.
A las fuerzas republicanas se les asignaron nuevas posiciones a lo largo del Nervión. Con la llegada inminente de las fuerzas nacionales, la quinta columna de las Arenas, al este de la desembocadura del río, salió a las calles y comenzó a disparar, llena de excitación. Dio buena cuenta de ella el batallón anarquista Malatesta, que había tomado posiciones al otro lado del río. Su última acción antes de retirarse fue prender fuego a la iglesia. El jefe del batallón sabía muy bien que el cura simpatizaba con los nacionales: era su hermano.
La ciudad estaba bajo constante fuego de la artillería y las fuerzas republicanas no tuvieron más remedio que retirarse porque se vieron amenazadas por su flanco sur, donde tropas al mando del comisario italiano Niño Nanetti se habían retirado sin volar el puente que dejaban atrás. Los quintacolumnistas de la ciudad se llevaron otro susto cuando se juntaron en la plaza principal con banderas monárquicas para dar la bienvenida a los requetés. De repente, apareció un carro de combate tras una esquina, disparó contra algunas banderas que colgaban de los balcones y desapareció. A las cinco de la tarde la 5º Brigada de Navarra, a las órdenes del coronel Juan Bautista Sánchez, entraba en Bilbao. Los vivas a los nacionales cuando éstos tomaron la ciudad sonaron a hueco: Bilbao estaba medio vacía.30
Las bajas nacionales de la campaña del Norte fueron altas, unas 30.000, pero la proporción de muertes fue escasa. Los vascos y sus aliados sufrieron pocas más, pero su tasa de mortalidad fue cercana a un tercio, sobre todo a causa de los ataques aéreos. El ejército vasco había actuado de forma muy distinta a la del ejército republicano del Centro. Hubo mucho menos derroche de vidas humanas por fútiles contraataques en campo abierto.
En el territorio recién conquistado tuvieron lugar juicios sumarísimos y miles de personas, incluidos muchos sacerdotes, fueron sentenciadas a prisión. Sin embargo, se produjeron menos ejecuciones de lo habitual por el escándalo que la destrucción de Gernika había suscitado en el exterior. Nada, sin embargo, detuvo la voluntad de los conquistadores de aniquilar cualquier traza de nacionalismo vasco. La ikurriña fue declarada fuera de la ley y se suprimió el uso público del euskera. Por un decreto-ley de junio de 1937, el general Franco suprimió el concierto económico de Vizcaya y Guipúzcoa. Los carteles advertían por doquier: «Si eres español, habla español». Los sentimientos regionalistas, cualquiera que fuese su forma, se pintaban como el cáncer del cuerpo político de España.
Las unidades que se retiraban hacia Santander a lo largo de la costa estaban desmoralizadas. Sabían que la caída de Santander y Asturias era sólo cuestión de tiempo. Tuvieron, sin embargo, la ocasión de reorganizarse cuando se detuvo el avance nacional por la gran ofensiva republicana de Brúñete, el 6 de julio. Una vez que esta ofensiva fue rechazada, el general Dávila redesplegó sus tropas. Entre ellas se incluían seis brigadas de requetés mandadas por el general Solchaga, las fuerzas italianas que mandaba ahora el general Bastico, que comprendían la División Littorio de Bergonzoli, la División 23 de Marzo, las Llamas negras y las Flechas negras con soldados españoles. El apoyo aéreo consistía en más de 200 aparatos entre la Legión Cóndor, la Aviazione Legionaria y las escuadrillas nacionales, a las que se cedieron los Heinkel 51a partir del momento en que llegaron los Messerschmitt en grandes cantidades.
El general Gámir Ulíbarri mandaba una fuerza de 80.000 hombres y no sólo tenía menos infantería que los nacionales, sino que sólo disponía de 40 cazas y bombarderos operativos, muchos de ellos obsoletos. En el día en que se reanudó la ofensiva, el 14 de agosto, las brigadas navarras de Solchaga atacaron por el este y aplastaron a la 54 División. Los italianos se encontraron con una fiera resistencia en las montañas cántabras, en el suroeste, pero con su aplastante superioridad artillera y de apoyo aéreo capturaron el puerto del Escudo dos días más tarde. Las tres divisiones republicanas enviadas a taponar la brecha no pudieron llegar a tiempo y la penetración se completó.
Muchas formaciones republicanas se retiraron, combatiendo, hacia las montañas de Asturias. Las que quedaron fueron copadas en la zona de Santander y en el pequeño puerto de Santoña. En Santander, la desesperación de las fuerzas republicanas era tal que muchos hombres se dieron a la bebida. Los oficiales tuvieron que organizar patrullas para destruir todas las botellas de vino que encontraban. El Estado Mayor trató de escapar en barcos y botes que abordaban hombres presa del pánico y los hacían zozobrar. Los batallones 122 y 136 trataron de organizar la defensa, pero una vez que se perdió la última oportunidad de escapar, la apatía se apoderó de todos. Se quedaron aguardando la llegada de los nacionales y de sus pelotones de ejecución. No esperaban recibir mucho cuartel porque durante el año anterior habían sido ejecutados allí muchos partidarios de los nacionales, en su mayor parte por órdenes del socialista coronel Neila.
A pesar de todo, Ajuriaguerra siguió con sus gestiones para conseguir la protección italiana a través de Roma, donde los enviados del PNV se entrevistaron con el conde Ciano, con el que acordaron que no se producirían represalias por parte de los nacionales y que ningún soldado vasco sería obligado a luchar con las tropas de Franco. Los dirigentes del PNV obraron ingenuamente, o calcularon mal sus bazas de conseguir, al mismo tiempo, rendirse a los italianos, eludir las represalias de Franco y no herir al gobierno de la República. El llamado «pacto de Santoña» acabó convirtiéndose en una rendición incondicional, tanto por la imposibilidad material de aplicarlo en poco tiempo como por el retraso en la llegada de los barcos de rescate. Aunque el PNV, con el pacto de Santoña, perdió parte de su crédito ante la República, el gobierno vasco no sufrió ninguna crisis ni se arruinó del todo su relación con el de la República, cuya prioridad en aquellos momentos era salvar a los presos y sacar partido del hecho mismo del pacto para denunciar la farsa de la «no intervención», demostrando la presencia de tropas italianas en España.31 Pese a que el coronel Fariña, que mandaba las Flechas negras, había autorizado la salida de los gudaris, en cuanto los nacionales llegaron a Santoña declararon el pacto como no válido y ordenaron que se hiciera bajar a punta de fusil a todos los soldados vascos que ya se habían embarcado en los dos buques ingleses aparejados por el gobierno vasco. A ello siguieron los juicios sumarísimos y el día 15 fueron fusilados 14 prisioneros, entre ellos seis nacionalistas vascos. Este deshonroso desconocimiento de los términos de la rendición fue argumentado años más tarde por ETA como una razón por la que la «República de Euskadi» estaba todavía en guerra con el estado franquista.32
Tanto Mussolini como Ciano estaban exultantes con aquella «gran victoria». Ciano quería las banderas y cañones capturados a los vascos. «Envidio a los franceses la Galería de los Inválidos y a los alemanes el Museo Militar. Ningún cuadro vale lo que una bandera arrebatada al enemigo.» 33 Ambos sentían que su decisión de seguir manteniendo tropas italianas en España después de la debacle de Brihuega no había sido errónea. Pero cantaban victoria demasiado pronto, porque aproximadamente la mitad de las fuerzas republicanas se había replegado hacia las montañas de Asturias, donde iba a tener lugar una campaña mucho más dura, que duraría hasta el final de octubre, seguida por cinco meses más de furiosa guerra de guerrillas. Franco no iba a poder disponer del ejército del Norte tan pronto como quería.
La relativa rapidez de la victoria nacional en la campaña vasca se debió a la contribución de la Legión Cóndor, y el gobierno nazi no tardó en reclamar el pago por ella. Los ingenieros alemanes se encargaron de las fundiciones de acero y de las fábricas que los nacionalistas vascos no habían querido destruir, y la mayoría de la producción industrial fue enviada a Alemania para pagar los gastos de la Luftwaffe por haber destruido la región. Franco no pudo recoger tan rápidamente sus beneficios, porque tuvo que esperar, aunque sabía que en algún momento podría reducir la presencia de sus fuerzas en el norte y llevarlas al centro y al sur. Aquellas fuerzas de infantería, combinadas con su cada vez mayor superioridad en apoyo aéreo y artillero, le asegurarían la victoria final, a menos que estallase primero un conflicto en Europa. La guerra era ahora poco más que un continuo machaqueo y él era quien podía machacar con más fuerza, porque, como se había demostrado durante la campaña del Norte, sus aliados disponían de mejores medios para golpear que los aliados de sus enemigos.