La guerra inacabada
Para muchos republicanos españoles, sobre todo los que estaban en Francia, la segunda guerra mundial había sido una continuación, igualmente dura, de la guerra civil. Cuando tras la dróle deguerrey Francia se encontró de pronto ante lo que Marc Bloch llamó «la extraña derrota», muchos refugiados republicanos no dudaron en alistarse para luchar contra el enemigo común. Uno de los cuerpos que acogió más voluntarios españoles (1.000 sobre 2.500) fue la 13º Media Brigada de la Legión Extranjera, formada en Sidi Bel Abbes, que combatió en Narvik, pero también lo hicieron otras muchas unidades que, con españoles en sus filas, combatieron en el norte de África, en Erítrea, en Palestina, en Italia, en Alsacia, y llegaron a Berchtesgaden en mayo de 1945. Una compañía de republicanos españoles combatió en la fase final de la batalla de Creta a las órdenes del coronel Robert Laycock. Procedentes de los cuerpos de África, muchos españoles coincidieron en la 2º División Blindada del general Leclerc y fueron reagrupados en el Tercer Batallón de Marcha del Chad. La novena compañía, al mando del capitán Raymond Dronne, fue de predomino español y la mandaban oficiales de la República. Fueron los primeros que llegaron al Hotel de Ville de París, durante la noche del 23 al 24 de agosto de 1944, cabalgando en tanques que llevaban los nombres de Madrid, Guadalajara, Teruel, Ebro, Guernica o Don Quijote.1
Muchos soldados españoles cayeron presos durante los primeros días de la guerra y fueron deportados a los campos de la muerte alemanes. Antes de ello, sin embargo, los alemanes los utilizaron para trabajar en fortificaciones por medio de la organización «Todt», que los sometió a un régimen de dura disciplina militar, les hizo vivir en campos de concentración y no les pagó salario alguno. A Mauthausen llegaron unos 7.200 republicanos a los que se obligó a llevar en su uniforme de presidiarios un paradójico triángulo azul, siendo como eran los rotspanier. Allí murieron cerca de 5.000. Pero también hubo abundantes presos españoles en Dachau, Buchenwald, Bergen-Belsen, Sachsenhausen-Oranienburg y Auschwitz.2
De los 4.000 españoles que había en la Unión Soviética en edad militar, unos 700 fueron incorporados al servicio. Otros muchos, especialmente aquellos que habían sido abandonados a una existencia que rozaba la inanición, se presentaron voluntarios para el combate, pero se les dijo que ellos ya habían combatido en su propia guerra y que el mejor modo de ayudar a la Unión Soviética era trabajar en las fábricas. Se hizo caso omiso de los ruegos.3 Unos 46 pilotos, muchos de los cuales se estaban entrenando en Rusia cuando cayó la República, consiguieron alistarse en los regimientos de aviación del Ejército Rojo apelando a «Pasionaria» y a otros dirigentes comunistas de la «emigración de Moscú» para que intercedieran en su favor.4 Lo más sorprendente, teniendo en cuenta la desconfianza estalinista hacia los comunistas extranjeros, es que 119 españoles y 6 españolas sirvieron en el OMSBON 5(la Brigada de Infantería Motorizada Exenta, de designación especial del NKVD de la URSS), que era la unidad pretoriana clave de Moscú para la defensa del Kremlin. Seis de ellos alcanzaron el rango de oficial, y uno llegó a ser jefe de una compañía. Otros sirvieron en la 1º Brigada Especial del Aire de los Guardias de Frontera del NKVD, acuartelados en Bykovo, a 20 kilómetros al sur de Moscú, y listos para defender la capital soviética. Otros 700, muchos de ellos lanzados en paracaídas, se sumaron a las unidades de partisanos que actuaban en la retaguardia alemana. Entre ellos había un grupo de catalanes al mando de José Fusimaña, y otro destacamento de dieciocho españoles combatió con Medvedev, uno de los jefes soviéticos de partisanos más renombrados. Un cierto número de soldados republicanos que hablaban bien el ruso sirvieron en la línea del frente del Ejército Rojo como si fueran ciudadanos soviéticos. El hijo de «Pasionaria», Rubén Ruiz, fue nombrado Héroe de la Unión Soviética y murió luchando ante Stalingrado, mientras que a otros dos se les concedió la Orden de Lenin. Se dice también que 150 huérfanos españoles tomaron parte en la defensa de Leningrado.6
Otros muchos refugiados republicanos lucharon en la Resistencia francesa y en las Forces Fran9aises de 1’Intérieur (FFI). En una primera fase, que abarcó desde 1940 hasta 1942, su principal tarea fue organizar, cooperando con los servicios secretos aliados, las redes de evasión a través de los Pirineos. Fue la época de mayor actividad de anarquistas y poumistas, que actuaban al margen de sus direcciones, como fue el célebre caso del libertario Francisco Ponzán («Francois Vidal»), que había formado parte del Consejo de Aragón y cuyo grupo era el alma de la red «Pat O’Leary». Detenido con su grupo, fue asesinado por los alemanes, que quemaron su cuerpo en un bosque, en agosto de 1944. Josep Rovira, del POUM, consiguió salvarse. Durante 1943 y el primer semestre de 1944, se produjo una cierta unificación de los resistentes españoles agrupados por el PCE, que llevó al pleno desarrollo del maquis y a su predominio en la región suroccidental de Francia. En la fase final de la guerra, los miembros republicanos de la Resistencia fueron un elemento muy importante en los combates por la liberación de Francia y empezaron a mirar a España, llenos de júbilo por la victoria aliada y de esperanza por la que creían inminente caída de Franco.
Tras el ataque de Alemania contra la URSS, en junio de 1941, y siguiendo la estrategia que le dictaba la Comintern, el PCE había lanzado desde Moscú constantes llamamientos desde Radio España Independiente («La Pirenaica») y desde Radio Toulouse para la constitución de un bloque antifascista de todas las fuerzas republicanas españolas, incluida la CNT. A esa especie de frente nacional, los comunistas lo llamaron Unión Nacional Española y nació, oficialmente, el 7 de noviembre de 1942 en Toulouse. La UNE se convirtió en el brazo político del XIV Cuerpo de Ejército de Guerrilleros que, en la Resistencia, había sido un cuerpo armado autónomo, dedicado a realizar sabotajes, atacar destacamentos alemanes y colaborar en las redes de evasión. Mandaba su 3 División Cristino García, que llegó a héroe nacional en Francia y a reo de muerte en España.7
A comienzos de 1944, el XIV controlaba a todas las unidades españolas en 31 departamentos del sur de Francia, y gracias a sus iniciativas militares, y a la inhibición de los demás partidos políticos, el PCE pudo alcanzar una cierta hegemonía en aquella zona desde principios de 1943. En mayo de 1944, la UNE reorganizó su brazo armado y cambió el nombre del XIV Cuerpo de Ejército de Guerrilleros por el de Agrupación de Guerrilleros Españoles. Al final de la guerra, sus hombres ocuparon los consulados, cámaras de comercio, escuelas y edificios de propiedad española del sur de Francia, en los que izaron la bandera republicana. Contaban, desde julio de 1941, con un órgano de propaganda llamado Reconquista de España, que fue apareciendo con periodicidad mensual. En 1944, con motivo del octavo aniversario del 18 de julio, Reconquista pedía: «Volver a España por todos los medios que tenemos a nuestra disposición para reforzar y acelerar aún más la lucha interior en nuestra patria … y recuperar las armas perdidas cuando entramos en Francia que nos permitirán reorganizar nuestro ejército patriótico para la reconquista de España».8
España, la España de Franco, no sería reconquistada por los republicanos jamás. Cuando en 1939 terminó la guerra abierta, muchos de los derrotados se negaron a entregarse y otros, que sí lo hicieron, consiguieron huir de los campos de concentración, de los batallones de trabajo o de las cárceles para buscar refugio en las montañas más cercanas a sus poblaciones. Fueron los famosos «huidos», los que «se echaron al monte», los «hombres de la sierra». Sin embargo, las primeras manifestaciones de la resistencia armada contra Franco habían nacido ya en los primeros días de la guerra, en muchas zonas donde triunfó la sublevación militar. Fue Galicia, en donde nada más producirse el golpe se desencadenó una represión brutal, la zona donde más gente huyó a los montes escapando de los falangistas, sobre todo a la Serra do Eixe. En 1937 había en la región de Viana do Bolo unos 3.000, que también actuaron en Vigo y en Tuy. Pero también en León, Asturias, Santander, Cáceres, Badajoz o Huelva los fugitivos de la represión fueron uniéndose en pequeños grupos de resistencia, espontáneos, improvisados y forzados por las circunstancias. Los huidos del sur fueron aniquilados en 1937, pero los del norte siguieron luchando hasta el final de la guerra abierta y aún más allá.9
Cuando cayó el frente asturiano en 1937, más de 2.000 combatientes buscaron refugio en las montañas, desafiando a los nacionales, que tuvieron que distraer allí quince tabores de regulares y ocho batallones de infantería durante meses. Se trataba, sobre todo, de militantes socialistas que habían desempeñado algún cargo de responsabilidad, como los hermanos «Cepedales», que se refugiaron en los montes de Aller, o los hermanos Moran, reunidos bajo el mando de Marcelino Fernández Villanueva, cuya huida provocó que los falangistas asesinaran a seis personas, entre miembros de su familia y amigos. El jefe del 64 Batallón, José Mata, que combatió en la batalla de Oviedo, huyó al monte con sus hombres y consiguió sobrevivir allí mediante la recaudación de una especie de impuesto revolucionario. A finales de 1942, bajo la guía de Arístides Llaneza, del PSOE, se tomaron las primeras iniciativas para establecer una organización guerrillera y en agosto de 1943 se creó un Comité de Milicias Antifascistas. «El Gafas», Mario Moran y César Ríos se desplazaron hacia el occidente de Asturias y organizaron la Federación de Guerrillas León-Galicia en abril de 1942, que acabaría sumándose a la organización de la UNE.10
En lo que había sido la zona centro durante la guerra, en los Montes de Toledo, los huidos se fueron agrupando espontáneamente alrededor de algún jefe republicano, como fue el caso de Jesús Gómez Recio, «Quincoces», alcalde socialista de Aldeanueva de San Bartolomé, quien logró fugarse de la cárcel y con tres compañeros más huyó a las sierras que limitan con Cáceres. O el de José Manzanero, comunista, al que habían torturado bárbaramente machacándole los pies y que, sin embargo, logró escapar e internarse en los Montes de Toledo poco antes del día fijado para su ejecución. O el de Antolín Fernández Alonso, «el Lobo», o el de Honorio Molina Merino, «Comandante», hijo del alcalde socialista de Villata de los Montes, que se fugó del convento-prisión de Herrera del Duque por las cloacas y fue asesinado en mayo de 1939 tras haber sido castrado. 11
En Badajoz fue célebre Juan M. García Martínez, «el Chato de Malcocinado», que actuó con un nutrido grupo en las sierras de Guadalcanal y Alanís. Acabó envenenado por unos pastores y su cuerpo fue acribillado a tiros por la Guardia Civil. En aquella zona se echaron al monte familias enteras, como los «Goyorías», de Alia, o los cinco hermanos Barroso Escudero, de Bohonal de Ibor.
Las estribaciones cordobesas de Sierra Morena ofrecieron, también, un magnífico refugio. Miguel Villarejo, «el Perdiz», de Bailen, huyó a las sierras del Jándula, donde sobrevivió hasta 1950 y se convirtió en uno de los famosos «topos» de la guerra: cuando logró esconderse en su casa, no volvió a salir hasta 1969. En Córdoba, los hermanos «Jubiles», anarquistas, oficiales del ejército popular, formaron un grupo de 25 personas que fue masacrado en enero de 1944, en Bujalance, al ser sorprendidos en el cortijo donde se escondían. En Málaga empezó a actuar en junio de 1937 el grupo de «el Tabarrito», que, refugiado en Ronda, luchó hasta 1942. Pablo Pérez Hidalgo, «Manolo el Rubio», comunista, organizó la Agrupación Stalingrado en 1943, en Cádiz, y fue otro «topo» durante 27 años. En Granada el grupo más legendario de esta época fue el de «los Queros», una especie de guerrilla urbana que actuó en los barrios granadinos del Sacromonte y el Albaicín al mando del «Comandante Villa», de la CNT. En 1943 lograron secuestrar a un general de Intendencia y mataron a un policía y a un confidente. Entre 1939 y 1944 se refugiaron en la Penibética no menos de 600 huidos, y en las sierras de Huelva sólo durante el año 1937, en plena guerra, fueron ejecutados 650 huidos.12
Esta primera etapa de resistencia, que llegó hasta 1944, fue espontánea, individualista, desordenada, de mera supervivencia, cuando los huidos malvivían de sus contactos con familiares y amigos, de la ayuda que podían conseguir o de la caza en el bosque. Al principio fueron hostigados directamente por el ejército, los regulares o la Legión y, más tarde, por la Guardia Civil y sus colaboradores falangistas o del somatén, pero a partir de 1941 fue la Benemérita la que se ocupó exclusivamente de darles caza. Lo hizo buscándoles y atacándoles directamente en sus guaridas del monte, dando batidas, pero también con la organización de las «contrapartidas» compuestas por guardias civiles, falangistas o derechistas que se hacían pasar por huidos. Se dice que una de sus estrategias era actuar en los lugares donde sabían que se escondían los verdaderos huidos y saquear e incendiar las poblaciones vecinas, cometiendo robos, violaciones y hasta muertes que, naturalmente, los lugareños atribuían a los verdaderos huidos, que cada vez se vieron más rechazados y odiados por las gentes que antes les habían ayudado. Privados de este apoyo fundamental, los huidos tenían que robar y saquear para poder vivir, con lo que confirmaban, ante las gentes, la condición de «bandidos» que les atribuía el franquismo, entrando, así, en un circuito infernal.
Tras la liberación de Francia, en agosto de 1944, el PCE -único partido que, como tal, optó por la lucha armada- acometió dos proyectos para la «reconquista» de España. Uno, invadirla a través de los valles pirenaicos con una pequeña fuerza que habría de levantar el país en contra de Franco y, otro, infiltrar pequeños grupos de guerrilleros en España para que enlazaran con los huidos, constituyeran con ellos organizaciones formales de resistencia y provocaran, así, en los Aliados una simpatía que les llevara a una acción más decidida contra el régimen franquista.
En el mes de septiembre, el dirigente comunista Jesús Monzón dio la orden de invasión a través del Valle de Aran, en Lérida, con la idea de establecer allí una especie de cabeza de puente que permitiera organizar un «gobierno de unión nacional» para encabezar el levantamiento contra Franco que, sin duda, habría de producirse en toda España. De la operación se encargó la 204 División, que sólo constaba de 3.500 o 4.000 hombres, al mando de un reticente coronel Vicente López Tovar. El 19 de octubre de 1944, a las seis de la mañana, las tropas de López Tovar cruzaron la frontera mientras se llevaban a cabo pequeños ataques de distracción en distintos puntos de los Pirineos. En los primeros momentos, las tropas invasoras consiguieron penetrar unas decenas de kilómetros, ocupar pequeñas poblaciones, tomar algún cuartel de la Guardia Civil y hacer unos 300 prisioneros, pero, como había sido moneda corriente durante toda la guerra abierta, las tropas republicanas se detuvieron ante Viella porque López Tovar consideró que la capital del Valle de Aran podía convertirse en una peligrosa ratonera. Ante la llegada de 40.000 marroquíes al mando de los generales Yagüe, García Valiño, Monasterio y Moscardó, López Jovar dio la orden de retirada el día 28 de octubre. La operación, que no consiguió ninguno de sus fines, se saldó con unos 60 muertos en el Valle de Aran. En el valle del Roncal, en Huesca, se produjeron 30 muertos y entre todas las acciones de los Pirineos, unos 200. Fueron evacuados a Francia unos 30 heridos, 800 hombres fueron hechos prisioneros y sólo unos 200 consiguieron infiltrarse en el interior.13
Al mismo tiempo que se llevaba a cabo la invasión del Valle de Aran, los comunistas empezaron a organizar grupos guerrilleros a semejanza de los maquisards o de los partisanos que combatían en Europa contra el fascismo. Por medio de la Agrupación de Guerrilleros Españoles trataron de reorganizar a los huidos en grupos estructurados militarmente, a los que llamaron, pese a su escaso número y dotación, «agrupaciones», «cuerpos» y «ejércitos guerrilleros», en un esfuerzo por engañar a todo el mundo que, naturalmente, no engañó a nadie: a los franquistas para que se asustaran; a la población civil para que creyera que la reconquista de España se iba a hacer a lo grande; a los Aliados para que arrimaran el hombro; a Moscú para que vieran de lo que eran capaces los comunistas españoles. Sin embargo, poco a poco, la guerrilla consiguió afianzarse por un tiempo en ocho sectores: Galicia-León, Asturias-Santander, Levante-Aragón, Extremadura-Toledo, Ciudad Real, Córdoba, Granada-Málaga y Cádiz-Málaga.14
En Galicia se creó a principios de 1945 el Exército Guerrilleiro de Galicia, que duró hasta 1950 y que protagonizó episodios épicos como el ajuste de cuentas con Esteban Cortizo, jefe local de la Falange de Mugardos, a quien ejecutaron el 25 de enero de 1945 en el casino del pueblo.15 En Asturias se constituyó la Agrupación Guerrillera de Asturias, pero tuvo una vida efímera por las desavenencias entre comunistas y socialistas. El 3 de marzo de 1946 se formó en Santander una Agrupación Guerrillera que sufrió 88 muertos y 27 capturados. La Agrupación Guerrillera de Levante, organización emblemática del PCE, y la Agrupación Guerrillera del Alto Aragón fueron organizadas tardíamente y se alimentaron de las sucesivas infiltraciones que se producían a través de los Pirineos.
En el otoño de 1944, Jesús Monzón organizó en Madrid el Ejército Guerrillero del Centro, que desapareció a principios de 1947. Su primera agrupación, la de Madrid, trató de desarrollar una guerrilla urbana con acciones como el atentado contra la subdelegación de Falange en Cuatro Caminos, que causó dos muertes falangistas y la preocupación del régimen. Casi todos sus miembros fueron detenidos y ejecutados. Para reforzar aquella agrupación, el PCE envió en la primavera de 1945 a Cristino García Granda, coronel honorario de la Resistencia francesa, quien organizó un grupo llamado «los cazadores de ciudad», que tuvo una actuación breve y fue desmantelado por la policía. Capturado García Granda, fue fusilado el 21 de febrero de 1946. El de Cristino fue uno de los pocos casos que trascendió al exterior, provocó protestas internacionales y que Francia cerrara su frontera con España. Hubo, también, una segunda agrupación guerrillera en Ciudad Real, una tercera en Córdoba, una cuarta en Toledo y una quinta en Albacete, pero todas fueron desmanteladas y sus jefes ejecutados o encarcelados en 1947. En Andalucía se creó en 1947 la Agrupación Guerrillera Granada-Málaga, que cayó bajo el control de José Muñoz Lozano, «Roberto», un asesino que ejecutaba a sus propios hombres y que sembró el pánico en toda la Axarquía. Su grupo llegó a tener en 1948 ingresos superiores al millón de pesetas. La Agrupación de Guerrilleros Fermín Galán, producto de la fusión de un grupo anarquista y otro comunista, dio el mayor golpe económico de toda la guerrilla de Andalucía: 700.000 pesetas de las de 1949.16
También en Cataluña el PSUC creó su propia guerrilla urbana en junio de 1944 que, reorganizada, se convirtió en el Exércit Guerriller de Catalunya. La caída de este «ejército» en la primavera de 1947 dio lugar a uno de los consejos de guerra más multitudinarios que se recuerdan: fueron juzgados, a la vez, 78 miembros del EGC y se pronunciaron ocho sentencias de muerte. Pero los guerrilleros más famosos de Cataluña fueron, sin duda, los anarquistas Francisco Sabater Llopart («Quico»), Ramón Vila Capdevila («Caraquemada»), José Luis Facerías, Marcelino Massana y otros. Facerías logró refugiarse en Italia en 1952, pero regresó a Barcelona, donde fue muerto por la policía en agosto de 1957. Massana consiguió huir a Francia en 1950.
«Quico» comenzó su actividad guerrillera en 1945, liberando con su grupo, el 20 de octubre, a tres presos anarquistas que conducía la policía. «Quico» fue alternando períodos de actuación en Barcelona con temporadas de descanso en Francia. En marzo de 1949 organizó un atentado contra el brutal comisario Eduardo Quiniela, pero se equivocó de coche y sus ocupantes resultaron muertos. Al regresar a Francia fue detenido por la policía y encarcelado hasta 1955. Más tarde, hacia finales de 1959, regresó a España con cuatro de sus hombres pero, en enero de 1960, la Guardia Civil los cercó en la masía Clara, en Gerona. En el tiroteo se produjeron varios heridos, el propio «Quico» entre ellos, aunque logró romper el cerco y huir. Los guardias civiles remataron a tiros a los guerrilleros heridos mientras «Quico», sangrante, medio desmayado y hambriento, cruzó el Ter, subió a un tren en Fornells en la noche del 4 al 5 de enero y se metió en la locomotora a punta de pistola. Su herida ya estaba gangrenada y a la altura de Sant Celoni se tiró del tren en marcha en busca de socorro médico. Allí le reconoció un somatén, que avisó a la policía, y «Quico» fue muerto el 5 de enero de 1960. Su correligionario «Caraquemada» aún cayó más tarde: el 6 de agosto de 1963, muerto a manos de la Guardia Civil.17
La represión de las guerrillas a partir de 1944 fue implacable, sobre todo entre 1947 y 1949.18 Con la cobertura del Decreto-Ley contra el Bandidaje y el Terrorismo del 18 de abril de 1947, y bajo la experta dirección del general Alonso Vega, director de la Guardia Civil entre 1943 y 1955, la guerra sucia llegó a su climax. Secundado por oficiales como el teniente coronel Gómez Cantos, en Cáceres, el comandante Salvador Bañuls, en Córdoba, el teniente coronel Eulogio Limia, en Toledo y Ciudad Real, o el general Pizarro en Levante, Alonso Vega practicó una política casi de tierra quemada en las zonas de maquis, incendiando pueblos enteros, aplicando indiscriminadamente la «ley de fugas», torturando con brutalidad, pagando espléndidamente las delaciones y llevando a cabo matanzas ejemplares terribles, como la que dirigió el comandante Cerlada de la «brigadilla» de la Guardia Civil de Gijón en el pozo Funes, de Asturias, el 14 de abril de 1948: 22 colaboradores de los guerrilleros fueron asesinados por la Guardia Civil y arrojados a la sima, algunos aún con vida. Cuando el cónsul inglés se interesó por la suerte de aquellos «guerrilleros del llano», el pozo fue cegado con bombas de mano y luego rellenado con escombros.19 De la importancia de los enlaces y colaboradores de la guerrilla da idea el hecho de que 60.000 de ellos fueron a parar a la cárcel a lo largo de la década guerrillera.
Pero, en realidad, la resistencia armada contra Franco fue un fenómeno muy minoritario. Como mucho, los guerrilleros pudieron llegar a ser 8.000, 20 y fracasaron porque ellos y sus colaboradores fueron diezmados sin piedad, pero también porque les faltó el apoyo de una población que había sufrido demasiado y estaba siendo reprimida política, económica y socialmente. La guerrilla no fue nunca una empresa unitaria, dadas las divergencias entre los partidos y las organizaciones del exilio, ni contó realmente nunca con la implicación de las potencias democráticas. El final de las guerrillas fue caótico y trágico, con sus restos aislados y olvidados, sobre todo cuando los comunistas abandonaron la bandera de la resistencia armada contra Franco para inaugurar su nueva política de «reconciliación nacional». Quizá los últimos guerrilleros de España fueron, en el sur, Francisco Blancas, «Veneno», que capitaneó una partida entre Ciudad Real y Cáceres hasta 1955 y luego huyó a Francia, o Patricio Sierra, en Badajoz, que luchó hasta abril de 1954. En el norte, la última resistencia se produjo donde la primera, en Galicia. Allí Benigno Andrade, «Foucellas», fue ejecutado el 26 de julio de 1952; José Castro Veiga, «Piloto», fue muerto por la Guardia Civil en marzo de 1965, y Mario Rodríguez Losada, «Langullo», consiguió escapar a Francia en agosto de 1968.21
Mientras esto sucedía en España, los dirigentes republicanos en el exilio iban a escribir otra de sus execrables páginas de odio mutuo y autodestrucción compulsiva. Indalecio Prieto había impulsado en México, en noviembre de 1943, la creación de la Junta Española de Liberación (JEL), que agrupó al PSOE, a Unión Republicana, a Esquerra Republicana de Catalunya y a Acció Catalana Republicana bajo la presidencia de Martínez Barrio y con la exclusión expresa de comunistas y anarquistas. La JEL absorbería a su vez a la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD), que había sido fundada en Toulouse en septiembre de 1944 para contrarrestar el poder del PCE y de su Unión Nacional. Desde su posición en la JEL, Prieto presionó a Martínez Barrio para que convocara la Diputación permanente de las Cortes, que se reunió el 9 de noviembre de 1942, en México, para preparar la convocatoria de las Cortes en el exilio.
A la primera sesión de Cortes, que se celebró el 10 de enero de 1943 en el Club Francés, de México, asistieron 72 diputados y otros 49 se adhirieron por escrito.22 La reunión sólo tuvo como objeto el reencuentro, el recuerdo a los diputados muertos durante la guerra y la voluntad de seguir representando a la República en el exilio. En agosto de 1945 Negrín llegó a México para asistir a la sesión de Cortes del día 17, que tuvo lugar en el palacio de Gobierno, y allí, tras su dimisión formal como presidente del Consejo de ministros, Martínez Barrio fue elegido presidente de la República. Negrín se postuló de nuevo como jefe del Gobierno, pero Prieto le vetó, de forma que Martínez Barrio, en medio de la eterna pugna Prieto-Negrín, encargó de la formación del gobierno de la República al doctor Giral, que lo constituyó con representantes de Izquierda Republicana, de Unión Republicana, del PNV, de Esquerra Republicana de Catalunya, de Acció Republicana de Catalunya y de la corriente más moderada del PSOE. No hubo en ese gobierno Giral ni comunistas ni anarquistas.
En la sesión de Cortes de noviembre, Prieto arremetió también contra ese gabinete porque, en el fondo, no era partidario de rehacer el gobierno republicano en el exilio, sino de llegar a un acuerdo de unidad con los monárquicos para echar a Franco con el apoyo de las democracias y llevar a cabo un plebiscito para que los españoles decidieran la forma en que querían ser gobernados. Giral se trasladó a Francia y amplió su gobierno con un republicano conservador, Sánchez Guerra, un nacionalista gallego, Castelao, y un comunista, Santiago Carrillo, pero no consiguió el reconocimiento de Francia, ni de Gran Bretaña, ni de Estados Unidos, a los que Franco ofrecía mayores garantías para sus intereses.
En enero de 1947 el gobierno Giral, que tenía repartidos a sus miembros por Europa y América, entró en crisis y Martínez Barrio encargó el nuevo gobierno a Rodolfo Llopis, quien incorporó a un anarquista y a un comunista pero no consiguió ampliarlo a la derecha, con lo que el PSOE lo abandonó para tratar directamente con los monárquicos y una parte muy poco representativa de los anarquistas -el Movimiento Libertario-, que también estaban dispuestos a llegar a un acuerdo con aquéllos. El gobierno Llopis no pasó del mes de agosto y Martínez Barrio lo sustituyó por el de Alvaro de Albornoz, compuesto exclusivamente por republicanos, sin socialistas, ni comunistas, ni anarquistas. El gabinete Albornoz duró hasta 1951 y representó el legitimismo republicano, pero nunca estuvo en condiciones de dirigir la alternativa al franquismo.
A través de la gestión del secretario del Foreign Office, Ernest Bevin, Prieto se entrevistó con Gil Robles, el antiguo líder de la CEDA, en Londres del 15 al 18 de octubre de 1947. De las conversaciones, tensas y difíciles, nació un pacto entre el PSOE y la Confederación de Fuerzas Monárquicas, que se firmó en San Juan de Luz el 30 de agosto de 1948, para pedir, entre otras cosas, la amnistía, el cese de las represalias, la devolución de la libertad a los españoles y su derecho a decidir bajo qué régimen querían ser gobernados. Habían pasado casi diez años y aún tenían validez los tres puntos de Figueres.
Aquel pacto nunca tendría consecuencias prácticas porque, cinco días antes de que fuera firmado, el conde de Barcelona se entrevistaba con Franco a bordo del yate Azor, en aguas de San Sebastián, para acordar que su hijo estudiara en España, bajo la tutela de Franco. Aquel niño de poco más de diez años habría de convertirse, veintisiete años después, en el heredero del Caudillo, «a título de rey», con el nombre de Juan Carlos I.
La guerra inacabada
Published on Abril 19, 2008
in GUERRA CIVIL ESPAÑOLA.
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