La segunda guerra mundial

La segunda guerra mundial
Encarrilada la acción de los «cuerpos» del ejército sobre el Estado nuevo, Franco regresó a las «armas» para afrontar sus responsabilidades en la construcción de un nuevo orden mundial. Cuando los alemanes invadieron Polonia, el 1 de septiembre de 1939, Franco, que ya había firmado el 27 de marzo de 1939 el pacto anti-Comintern y sacado a España de la Sociedad de Naciones el 8 de mayo, firmó un decreto ordenando «la más estricta neutralidad a los súbditos españoles», pero dos meses después, el 31 de octubre de 1939, reunió con carácter urgente a la Junta de Defensa Nacional para informarle que había decidido iniciar un ambicioso rearme de los ejércitos y poner en marcha una movilización gradual hasta alcanzar las 150 divisiones (unos dos millones de hombres). Franco ordenó al Alto Estado Mayor:

1. Preparar el cierre efectivo del Estrecho, principalmente mediante el uso concentrado de artillería sobre Gibraltar. 2. Preparar operaciones contra el Marruecos francés, haciendo acopio de material, municiones y movilizando discretamente fuerzas indígenas. 3. La Marina debía estar lista para bloquear el tráfico marítimo francés en el Mediterráneo occidental, incluyendo sus puertos norteafricanos, y las rutas inglesas hacia Europa occidental, con un eventual bloqueo de la costa portuguesa. Para ello se contaría con el apoyo de las marinas alemana y eventualmente italiana, si el Duce se decidía a entrar finalmente en guerra.1

Las costas y las aguas jurisdiccionales españolas fueron puestas de inmediato al servicio de Alemania, que, aparte de su base en Cádiz, situó cerca de Vigo a veintiún submarinos para controlar los pasos del Atlántico, además del Bassel, un barco de aprovisionamiento que, con la ayuda de una flotilla de petroleros, proporcionaba combustible y víveres a los «lobos grises». Italia ya venía actuando rutinariamente en aguas de Cádiz, Huelva, Algeciras y Cartagena, aprovisionando a sus unidades de submarinos destinadas a vigilar Gibraltar.2
En abril de 1940, Mussolini decidió entrar en la guerra al lado de Alemania y el 12 de junio Franco pasó de la neutralidad a la «no beligerancia»; 48 horas más tarde ordenó la ocupación de Tánger. Ese mismo día 14, Franco entregó al embajador alemán Von Stohrer un mensaje para Hitler en el que expresaba su deseo de entrar en la guerra «si el Führer tenía necesidad de él», y a mediados de julio, ocupada Francia, Franco envió al general Juan Vigón a entrevistarse con Hitler y Von Ribbentrop en el castillo de Acoz (Bélgica), para que les trasladara sus deseos de entrar en la guerra al lado del Eje. Quería, eso sí, negociar las condiciones del acuerdo. Además de las armas, combustible, equipo y víveres que iba a necesitar para entrar en guerra, el Caudillo pedía «Marruecos, el Oranesado, el Sahara hasta el paralelo 20 y la extensión de la zona costera de Guinea hasta la desembocadura del Níger» como compensación.3 Los nazis, estupefactos por el precio que ponía Franco para entrar en la guerra, no se mostraron nada entusiasmados, pero pocos días después Hitler comunicó a Franco, a través del jefe de la Legión Cóndor, Wolfram von Richthofen, que debía estar listo para colaborar en un inminente ataque contra Gibraltar, que se realizaría en el marco de la operación «León Marino» diseñada para invadir Gran Bretaña. Von Richthofen y Vigón se reunieron para coordinar los planes de ataque al Peñón, pero el 31 de julio hubo que suspender toda la operación León Marino porque el almirante Raeder informó a Hitler que la Kriegsmarine aún no estaba en condiciones de actuar con garantías de éxito.
Ante la imposibilidad de invadir Inglaterra durante aquel verano, Hitler comenzó a pensar en atacar Rusia, y cuando Franco conoció sus intenciones, pensó acertadamente que, en tal coyuntura, España aún cobraba mayor importancia estratégica para el Eje como bastión fascista en el Atlántico. Así que el 15 de agosto, Franco escribió una carta a Mussolini pidiéndole que intercediera ante Hitler para que éste cediera a sus peticiones y entonces España entraría en guerra «en el momento favorable». Al mismo tiempo, el ministro de Asuntos Exteriores Von Ribbentrop pidió a Von Stohrer que presionara a Franco para que no esperara a la respuesta de Hitler para entrar inmediatamente en la guerra. Stohrer habló con Franco y éste envió a sus falangistas pronazis Serrano Súñer, Miguel Primo de Rivera, Antonio Tovar, Dionisio Ridruejo y Demetrio Carceller a entrevistarse con Hitler, los días 17 y 25 de septiembre, en Berlín. Los delegados de Franco pusieron de nuevo sobre el tapete las condiciones que ponía el Caudillo para entrar en la guerra, pero el Führer escurrió el bulto diciendo que el Mediterráneo era una chasse gardée de Mussolini y que aún era pronto para atacar los intereses franceses en África.4
Ante el impasse, Hitler decidió entrevistarse personalmente con Franco en una reunión que tendría que celebrarse en la frontera francesa, en Hendaya, el día 23 del mes siguiente, pero antes, el día 19, envió a España a su fiel Himmler para que, con la excusa de supervisar la asistencia policial que la Gestapo prestaba a la Falange, preparara la entrevista con Franco. El 23 de octubre, el Caudillo español llegaba a Hendaya para conocer al Führer alemán y negociar personalmente con él las condiciones del acuerdo. Desgraciadamente, Franco tuvo que usar los ferrocarriles españoles y llegó a la estación de Hendaya con retraso, lo que irritó sobremanera tanto a él como al dictador nazi. Luego, durante la entrevista, Franco se fue por los cerros de Ubeda y Hitler se impacientó aún más porque tenía que esperar a que el traductor de Franco -el barón de las Torres- vertiera al alemán la premiosa exposición del general español.
Hitler, a su vez, también se extravió por el camino de las excusas para escabullirse de las exigencias de Franco sobre el imperio colonial francés, ya que no quería comprometerse en algo que también formaría parte de las negociaciones que, al día siguiente, tenía que llevar a cabo con Pétain para repartir el botín que éste había de obtener de la colaboración francesa contra Gran Bretaña.5 Finalmente, como resultado de la entrevista, se firmó un protocolo redactado por Von Ribbentrop por el que Franco se adhería secretamente al Pacto Tripartito y se comprometía a entrar en la guerra después de que las potencias del Eje le hubieran entregado la ayuda que necesitaba en armamento, víveres y materias primas. A cambio, recibía la promesa de que Gibraltar sería restituido a España y se aludía vagamente a ciertos territorios africanos, lo que, desde luego, no satisfizo a Franco.6 Lo cierto es que Hitler, en el marco de su «gran mentira», no pensaba dar a Franco el Marruecos francés porque confiaba más en la capacidad de Pétain que en la de Franco para defender Marruecos de los ingleses y los franceses de De Gaulle.
En diciembre, Hitler envió a Canaris a entrevistarse con Franco para explicarle que el Reich tenía preparadas quince divisiones de infantería y blindados para llevar a cabo la operación Félix (la toma de Gibraltar) y para fijar la fecha en que tenía que realizarse. Franco le recordó a Canaris las reticencias de su Führer en Hendaya y exigió seguridades antes de embarcarse en la aventura de Gibraltar y provocar una respuesta británica, quizás atacando una de las Cananas. Cuando Hitler fue informado por Canaris del resultado de la entrevista, se enfureció ante la «traición» de Franco a lo acordado en Hendaya y escribió a Mussolini diciéndole que el general español estaba cometiendo el mayor error de su vida.
Asimismo, el 6 de febrero Hitler envió otra carta a Franco, suave de forma pero imperativa, que se cruzó con el memorándum entregado a Von Stohrer sobre la ayuda que los españoles precisaban de los alemanes. Franco pedía tal cantidad de artillería, piezas de repuesto, equipos de comunicación, camiones, tractores, locomotoras, vagones de tren, combustible y alimentos que los técnicos alemanes la consideraron inviable aun para la enorme potencia del Reich.7 Hitler, en consecuencia, escribió de nuevo a Mussolini pidiéndole que se ocupase él de Franco -el Führer pensaba que los «charlatanes latinos» se entenderían- y le presionase para que no siguiera insistiendo en sus reivindicaciones territoriales, porque él bastante tenía en aquellos momentos con tratar de arreglar los desastres italianos en Grecia y en Libia y con atender a la preparación de la operación Barbarroja que, finalmente, relegaría para mejor momento la operación Félix.
Mussolini, aun a sabiendas de que no haría cambiar de opinión a Franco, le citó en la Villa Margherita, de Bordighera, para el 12 de febrero, adonde el Caudillo español se trasladó en automóvil. Durante su encuentro con el Duce, al que asistió Serrano Súñer ya como titular del Ministerio de Asuntos Exteriores, que había asumido el 16 de octubre anterior, Franco le dijo que temía entrar tarde en la guerra, y se quejó de que los alemanes tardasen tanto en enviarle las armas. Mussolini informó a Hitler de los resultados de la reunión y le recomendó que no presionara más a Franco por el momento, para que siguiera en la órbita del Eje. Es posible que a Mussolini no le gustara la idea de una relación demasiado directa entre Franco y Hitler, porque él quería ser «emperador» del Mediterráneo y el que decidiera el reparto de las posesiones africanas de Francia.8
De regreso a Madrid, Serrano Súñer, que había acompañado a Franco a Italia y a Francia, que se había vuelto a entrevistar recientemente con Hitler y que había mantenido no menos de cinco reuniones con Von Ribbentrop, empezaba a sentirse el hombre del momento. A través de Camero del Castillo, hombre que se lo debía todo, tenía domada a la Falange, controlaba la prensa y la propaganda, seguía mandando en Gobernación a través del subsecretario José Lorente, que era criatura suya, y se codeaba con los grandes de la tierra desde su flamante puesto de ministro de Asuntos Exteriores. Pero el odio que había suscitado entre los generales y un rebrinco de los «camisas viejas» iban a dar al traste con su futuro.
Desde hacía muchos meses, los servicios secretos británicos, alentados por el embajador en España, sir Samuel Hoare, venían sobornando con generosos pagos a los generales más monárquicos y religiosos de la «cruzada» para que trataran de oponerse a la voluntad de tranco y de su cuñado por entrar en la guerra al lado del Eje. Entre mediados de 1940 y finales de 1941, unos 30 generales se repartieron trece millones de dólares y siguieron cobrando en los años siguientes (Aranda recibió en 1942 dos millones de dólares) a través de los bancos Swiss Bank Corporation, de Nueva York, y Société de Banque , de Ginebra, en un montaje organizado por Juan March.9 El general Juan Vigón se entrevistó con Franco para confiarle el hondo malestar de sus compañeros de armas por el enorme poder que había acumulado Serrano Súñer y por los rumores que corrían por todas partes de que quien realmente mandaba en España era su cuñado y no él.
Pocos días después, el 1 de mayo, los falangistas decidieron autoexcluirse de la censura de prensa. Serrano Súñer, que tenía que respaldar a su gente, pronunció un discurso al día siguiente reclamando más poder para Falange, luego le dijo a Franco que en el Gobierno había pocos falangistas y le propuso la creación de una nueva cartera de Trabajo para la que había pensado en José Antonio Girón, un falangista brutal y autoritario, pero muy populista y absolutamente entregado a Serrano Súñer. Poco después, los hermanos de José Antonio Primo de Rivera, Miguel y Pilar, y otros mandos falangistas, dimitieron quejándose de la «desnaturalización» de la Falange.
Ante la crisis -la primera y la más larga del régimen-, Franco empezó a preocuparse por el ascenso libre de Serrano Súñer y por la enorme y peligrosa irritación que había suscitado en sus generales. El Generalísimo manipuló con astucia la situación con el fin de desembarazarse de su cuñado, tomar directamente en sus manos el control de Falange, para acabar de una vez con sus sueños de revolución nacionalsindicalista, y fortalecer la adhesión incondicional de sus militares otorgándoles una mayor presencia en las cuestiones políticas. Aceptaría, de un lado, el nombramiento del falangista Girón, pero en seguida lo compensaría nombrando a su estrecho colaborador, el coronel Valentín Galarza, ministro de la Gobernación, con lo que alejaría a Serrano del control de la política interior. Galarza que, como la inmensa mayoría de los militares, aborrecía a Serrano Súñer, la emprendió contra falangistas y serranistas cesando en sus cargos a Dionisio Ridruejo y a Antonio Tovar, que controlaban la prensa y la propaganda desde Gobernación. Por si fuera poco, Franco nombró para el puesto de subsecretario de la Presidencia, que había dejado vacante Galarza, a un capitán de navío llamado Luis Carrero Blanco, un militar tradicional y extremadamente religioso que no simpatizaba en nada con Serrano Súñer.
Los falangistas más radicales se enfurecieron y aprovecharon la ocasión para tratar de dar un golpe de fuerza con la ayuda de los nazis que pululaban por España. Sólo en la embajada alemana trabajaban más de 500 empleados, un tercio de los cuales eran, probablemente, espías. Había 38 consulados alemanes en la Península y cuatro en Marruecos, donde los hombres de las SS se movían como peces en el agua. Algunos actuaban desde tapaderas como la SOFINDUS (sucesora de la HISMA/ROWAK), que seguía dirigiendo el eficaz Bernhard, uno de los hombres de Goering. Por su parte, el servicio de información militar de Canaris, el Abwehr, había desplegado en España, bajo el nombre de KO-Spanien, una extensa red informativa constituida por quince estaciones de radio, 220 empleados alemanes y 1.300 agentes españoles distribuidos entre las ciudades más importantes. Pero la organización más vinculada a los falangistas era el partido nazi, NSDAP, cuyos hombres, dirigidos por Hans Thomsen, actuaban con total independencia de la embajada alemana.
Ante las presiones que recibía de los grupos falangistas, que ya se habían enfrentado abiertamente a la policía, para que encabezara el golpe de fuerza, Serrano Súñer vio su salvación en una huida hacia delante presionando aún más a Franco para entrar en la guerra cuanto antes, visto que los alemanes acababan de conseguir el control de Bulgaria, Hungría y Rumania, habían conquistado Yugoslavia y Grecia y estaban a punto de ocupar Creta. Creyéndose en una posición fuerte, Serrano Súñer amenazó a Franco con dimitir si no recuperaba el control de la prensa, pero Galarza, apoyado por la inteligencia británica, que trataba de evitar a toda costa que España entrara en la guerra, cargó contra Serrano cuestionando su actuación al frente de Exteriores.
El día 19 Franco movió otra ficha: nombró a un falangista sumamente complaciente, José Luis de Arrese (aquel que pretendía dar a los españoles bocadillos de carne de delfín), secretario general del Movimiento. Fue una jugada maestra, porque Arrese no tenía las ínfulas de Serrano y, en cambio, valía igual para mantener controlado al partido, mientras que el nombramiento de dos incompetentes -Girón en el Ministerio de Trabajo y Miguel Primo de Rivera en el de Agricultura- le sería útil para atemperar el resentimiento de los falangistas. Para remachar el clavo, puso a las milicias falangistas bajo las órdenes de Moscardó, «el héroe del Alcázar». En un santiamén se desactivaron todos los planes conspiratorios, con gran regocijo de un exultante Samuel Hoare. 10
Quedaba aún por desmantelar la Delegación Nacional de Sindicatos, que dirigía el jonsista Gerardo Salvador Merino, y que debía el cargo a su amistad con Serrano Súñer, pero que irritaba a los militares por su retórica de «revolución pendiente». Sus ideas nazis se habían fortalecido durante un viaje a Berlín, acompañado por el jefe del partido nazi en España, Thomsen, donde pudo admirar la organización sindical alemana del doctor Robert Ley y donde los nazis trataron de manipularle para que encabezara una insurrección en España. A su regreso, el general Saliquet «encontró» una carta que revelaba su condición de simpatizante de la masonería y fue juzgado por el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo y condenado a doce años y un día de reclusión, que le fue conmutada por el confinamiento en Baleares. La revolución nacionalsindicalista iba a seguir pendiente durante mucho tiempo.11
En el curso de un par de semanas, Serrano Súñer pasó del éxtasis a la miseria. Había perdido el Ministerio de la Gobernación, el control del aparato del Movimiento y su política como ministro de Asuntos Exteriores estaba siendo cuestionada seriamente en las más altas esferas. Pero una ocasión afortunada iba a devolverle el brillo del poder por tres meses. A las 3.15 horas del domingo 22 de junio de 1941, los alemanes invadieron la Unión Soviética y tan sólo dos días después los falangistas se lanzaron a las calles de Madrid clamando contra «el comunismo ateo». Un uniformado Serrano Súñer apareció en el balcón de la Secretaría General del Movimiento, ante los manifestantes que llenaban la calle de Alcalá, y pronunció su célebre condena: «¡Rusia es culpable! ¡Culpable de nuestra guerra civil! … ¡El exterminio de Rusia es exigencia de la Historia y del porvenir de Europa!». A continuación, la muchedumbre se dirigió a la embajada del Reino Unido increpando a los funcionarios al grito de «¡Gibraltar español!» en un clima de exaltación belicista.
Serrano Súñer vio entonces con claridad que podía recuperar el poder si era capaz de canalizar adecuadamente la energía desbordante de los falangistas. Y se le ocurrió -o quizá fuera a Dionisio Ridruejo- una jugada que, de salirle bien, le iba a permitir un triunfo ante españoles y alemanes por igual. Fue a ver a Franco y le habló de la necesidad de crear una división de voluntarios falangistas para que fueran a Rusia, a luchar contra «la bestia apocalíptica» junto a los nazis. Pero a los militares no les podía gustar nada que viniera de Serrano y menos si se daba protagonismo a la Falange, de modo que se opusieron al proyecto por boca de Várela. Pero Franco encontró, como siempre, una solución binaria: estaba bien lo de la división de voluntarios falangistas, pero aún estaría mejor si la mandaban sus generales. El nombre oficial de la empresa sería «División Española de Voluntarios» (aunque siempre se impuso la denominación falangista de «División Azul») y su finalidad «cooperar con el Ejército alemán en la Cruzada contra el comunismo».
El domingo, 13 de julio, empezaron a salir los voluntarios -y otros que no lo eran tanto- hacia Alemania, con destino al campo de instrucción de Grafenwóhr, al mando del general falangista Agustín Muñoz Grandes. La División Azul fue en Alemania la 250º División de Infantería del 18.° Cuerpo de Ejército del Heer, y se la envió a una zona de 50 kilómetros cuadrados situada entre Novgorod y Leningrado, donde tomó parte en las acciones del frente del río Voljov, en el lago limen, y sufrió la masacre de Krasny Bor. La División Azul luchó en Rusia durante dos años, pero con el cambio de signo de la guerra fue retirada por Franco en noviembre de 1943. Quedaron, sin embargo, 2.200 hombres, que constituyeron la «Legión Azul», que sería disuelta en enero de 1944 y sus restos agrupados en lo que se llamó la Legión Española de Voluntarios, parte de los cuales combatieron en las SS hasta el final de la guerra. Durante tres años combatieron en Rusia 45.500 españoles, que sufrieron 5.000 muertos, 8.700 heridos, 2.137 mutilados, 1.600 congelados, 372 prisioneros (que no regresarían a España hasta abril de 1954, en el Semiramis) y 7.800 enfermos. 12
Cuatro días después de la salida de los primeros voluntarios de la División Azul, Franco pronunció un discurso durante la conmemoración del quinto aniversario del «alzamiento» en el que vinculó el destino de España a la victoria nazi, alabó a las armas alemanas empeñadas en una batalla «que Europa y el Cristianismo anhelaban desde hace tantos años», expresó su profundo desprecio por las democracias «plutocráticas» y afirmó que los aliados habían planteado mal la guerra y la habían perdido.13 El discurso pronunciado por Franco en uniforme de jefe máximo del fascismo español alarmó seriamente a los Aliados y fue, junto al envío de la División Azul, la gota que colmó el vaso de Gran Bretaña, que activó los preparativos de la operación «Pilgrim» destinada a apoderarse de las Canarias. Quizás España nunca estuvo tan cerca de entrar en la segunda guerra mundial como en aquellos días.
Aunque, al final, la operación no se llevó a cabo por voluntad de Churchill, los Aliados atacaron a Franco restringiendo los envíos de trigo y petróleo a España, exigiéndole que cesara el envío de wolframio a Alemania e incrementando los sobornos a sus generales con más autoridad para que presionaran a Franco y le obligaran a dejar el poder. El general Aranda encabezó una conspiración promonárquica en octubre y en diciembre Kindelán protestó por la venalidad y corrupción de los falangistas, reclamando a Franco que dejara paso a la Monarquía. Sin embargo, la pasión de Franco por hacerse con un imperio colonial en el noroeste de África vencía su natural cautela y el 14 de febrero de 1942 volvió a sobresaltar a los Aliados: «Si el camino de Berlín fuese abierto, no sería una división de voluntarios españoles lo que allí fuese, sino que sería un millón de españoles los que se ofrecerían», dijo en Sevilla.14
Serrano Súñer, que disfrutaba del clima de exaltación producido por los aparatosos preparativos de los voluntarios falangistas, creía que había conseguido dar la vuelta a su situación. Para su desgracia, el día 16 de agosto de 1942 tuvo lugar una celebración religiosa en el santuario de la Virgen de Begoña, patrona de Bilbao, durante la cual estalló el rencor que los tradicionalistas sentían por los falangistas. En la refriega de insultos y empellones que siguió, un falangista y ex divisionario, Juan Domingo, lanzó una bomba de mano que causó 30 heridos.
El tradicionalista Várela que, con Galarza, presidía el acto, se tomó los disturbios como un atentado dirigido contra él, afirmó que se trataba «de un ataque contra todo el Ejército» y envió telegramas a las capitanías generales. Domingo fue acusado de ser un provocador al servicio de los británicos y ejecutado. A Franco se le presentó entonces una ocasión de oro para ejercer su política de «palo a la burra negra, palo a la burra blanca». El 3 de septiembre aceptó la dimisión de Várela en protesta por la «falangización» de Franco y cesó a Galarza por haber secundado a Várela enviando telegramas a todos los gobernadores civiles, pero también cesó a Serrano Súñer para equilibrar la balanza. Lo sustituyó en Exteriores por el teniente general anglofilo Gómez-Jordana y los luceros de Serrano Súñer se apagaron para siempre.
Cuando los Aliados decidieron poner en marcha, en noviembre de 1942, la operación Torch (el desembarco en África), que significaba, entre otras cosas, el uso intensivo de la base británica de Gibraltar, en la que estarían los principales jefes militares aliados, entre ellos Eisenhower y Montgomery, el presidente Roosevelt envió una carta a Franco para tranquilizarle sobre las intenciones aliadas respecto a España y sus posesiones y para que leyera entre líneas que lo que más le convenía era estarse quieto. En una operación de pinza, los británicos volvieron a mover sus influencias en España y Kindelán volvió a presionar a Franco, sin ningún éxito, para que la Monarquía fuese restaurada. 15
Franco, presionado desde el interior y el exterior, y consciente de lo que iba a significar la presencia de los norteamericanos en el escenario europeo de la guerra, tuvo que asistir, a partir de entonces, a una serie de acontecimientos bélicos que a lo largo de los años siguientes le fueron mostrando el fracaso de su sueño imperial: el 8 de noviembre de 1942 se produjo el desembarco aliado en el norte de África; el 2 de febrero de 1943, el mariscal Paulus capituló ante Stalingrado; el 5 de julio la batalla de Kursk señaló la destrucción de las fuerzas acorazadas alemanas; el 10 de julio los Aliados desembarcaron en Sicilia y cayó Mussolini; el 4 de septiembre los Aliados llegaron a la península italiana. El 6 de junio de 1944 se produjo el desembarco de Normandía, seguido en el Frente Oriental por la destrucción del Grupo Centro del ejército alemán; hacia finales de agosto era liberada Francia, y en diciembre los alemanes fueron derrotados en las Ardenas. En mayo de 1945, el Tercer Reich se rindió.
A medida que se iba produciendo el cambio de signo en la guerra, Franco iba dando pasos para amarrarse al poder, recogiendo velas poco a poco. Para afrontar la amenaza exterior, utilizó los buenos oficios de Gómez-Jordana, a quien envió a Portugal, en diciembre de 1942, para que negociara con Oliveira Salazar la formación de un Bloque Ibérico que le permitiera un cierto acercamiento a los británicos; el 16 de marzo de 1943 inauguró las Cortes franquistas con un discurso en el que exhortó a llegar a un acuerdo con los Aliados para defender de los rusos a «la civilización occidental»; el 12 de noviembre retiró de Rusia a la División Azul y pasó de la condición de «no beligerante» a la de neutral; el 2 de mayo de 1944 hizo clausurar el consulado alemán de Tánger y cerró la espita del wolframio a los alemanes. En agosto, tras la muerte de Jordana, puso al camaleónico José Félix de Lequerica en Exteriores para que tuviera con los norteamericanos la misma obsequiosidad que Serrano Súñer había tenido con los alemanes.
En el frente interior, desbarató, en junio de 1943, una petición de la oligarquía para que restaurara la forma monárquica de gobierno, asegurando a los altos mandos militares que tras la petición lo que había era un conspiración masónica destinada a subvertir el régimen del 18 de julio. En septiembre de 1943 se deshizo de un grupo de tenientes generales que proponía el restablecimiento de la Monarquía, a través de una nota que le entregó en mano el ministro del Ejército, general Asensio. Franco, que tenía en su cabeza la destitución de su amigo Mussolini por el Gran Consejo fascista, simuló no haber recibido la petición y, en vez de recibir juntos a los militares, los fue llamando de uno en uno para recordarles en la intimidad de su despacho, a uno lo que le debía, a otro la posición económica que, gracias a él, había conseguido, a un tercero le pidió más tiempo, lagrimeó ante todos y se prometió a sí mismo alejarlos del poder también de uno en uno.
El 4 de noviembre de 1944 Franco concedió una entrevista a la United Press en la que aseguró que España nunca había sido fascista ni nacionalsocialista y que no tenía ninguna alianza con las potencias del Este. Hasta el mismísimo Hitler, cuando se enteró de estas declaraciones, consideró que «la desfachatez del señor Franco» no tenía límite.
Terminada la segunda guerra mundial, Franco promulgó el 17 de julio de 1945 el Fuero de los Españoles, que no era más que una enumeración de derechos que no se traducían en legislación ordinaria, y concedió un indulto general para los presos políticos de la guerra civil. Tranquilizó a los grandes terratenientes así como también a los altos mandos militares partidarios de la restauración de la Monarquía y recurrió, una vez más, a la Iglesia. El 18 de julio de 1945 formó un nuevo gobierno en el que dio entrada a la gente de la ACNP, encabezada por el presidente de Acción Católica, Alberto Martín Artajo, hechura de Pía y Deniel y de Herrera Oria y hombre clave de su política exterior en la travesía del desierto que ahora le tenían preparado los Aliados. La transición del nacionalsindicalismo al nacionalcatolicismo aconsejó dejar vacante la Secretaría General del Movimiento. Pero el castigo de Franco duraría poco: el 5 de marzo de 1946 Churchill acuñó la expresión «telón de acero», en lo que fue el inicio de una «guerra fría» que duraría 40 años y que permitiría al Caudillo de España seguir disfrutando del poder hasta el mismo día de su muerte.
El 13 de diciembre de 1946, la Organización de las Naciones Unidas recomendó la retirada de los embajadores de España. Franco, nada asustado, ingenió con la ayuda de su fiel Carrero Blanco, en marzo de 1947, una Ley de Sucesión que no era más que una declaración genérica en la que se decía que España era un reino, se fijaba un mecanismo de regencia en caso de fallecimiento del Caudillo y se explicitaba, por si hiciera falta, que Franco mismo nombraría a su sucesor.
Nueve años después de la guerra civil, el 17 de abril de 1948, el general Franco dio por terminado el estado de guerra en España.