Paz, piedad y perdón

Paz, piedad y perdón
Durante aquella primavera de 1938, mientras el Ejército de Maniobra franquista avanzaba triunfante por Aragón, la República tenía que enfrentarse, además de a las tropas nacionales, a una grave crisis económica y a una moral de abatimiento y derrota. Los grupos políticos desconfiaban unos de otros, crecía el temor al SIM, pesaba la naturaleza autoritaria del gobierno de Negrín y había escasez de alimentos, acaparamiento de víveres y derrotismo. Además de todo eso, la población de Barcelona -ahora capital defacto de la República- tuvo que soportar las peores incursiones aéreas de toda la guerra. 1
La zona republicana vivía en una espiral de hiperinfiación y el coste de la vida se había más que triplicado en menos de dos años de guerra. Al iniciarse ésta, la mayor partida de gastos de la economía republicana había sido el pago de los haberes de las milicias, que recibían diez pesetas diarias, cifra que, a pesar del alto nivel de inflación, nunca se pudo superar, de modo que ya en el invierno de 1936 esa partida fue desplazada del primer puesto por la correspondiente a la compra de armas al extranjero. Con excepción de las relativamente pequeñas fábricas de armas del País Vasco y de Asturias, España no disponía de una industria de armamento, y no era, por tanto, muy sensato pretender que las industrias metalúrgicas catalanas se reconvirtieran de la noche a la mañana en industrias de guerra cuando faltaba la experiencia técnica. Ya era mucho lo que se había conseguido durante los primeros seis meses de guerra, teniendo además en contra al gobierno central, que, para hacerse con el control de las fábricas colectivizadas por la CNT y la Generalitat, se negaba a facilitar divisas para la compra de maquinaria al extranjero.
Todo el armamento y equipo que necesitaba la República tuvo que comprarlo en el exterior, pagando siempre, y por adelantado, con oro o con monedas fuertes (libras esterlinas, dólares, francos suizos…) que obtenía de la venta del oro que tenía en París y en Moscú. Desde el mismo momento en que se supo que el oro de la República española había sido enviado a Francia y a la Unión Soviética se despertó, en toda Europa, una verdadera «fiebre del oro» entre los dirigentes de algunos países y, sobre todo, entre los numerosos traficantes de armas que, entre una guerra mundial y otra, seguían haciendo su agosto. España fue un mercado muy lucrativo durante toda la guerra civil. A principios de 1937, un funcionario del Foreign Office se refería a las grandes posibilidades de hacer dinero con la guerra de España: «Es tan grande [el negocio] que hay que seguir enviando alimentos y material de guerra a las dos partes a través de la iniciativa privada. El tráfico comercial que tenemos ahora va sobre ruedas y se obtienen grandes beneficios. Tanto Franco como el gobierno español disponen de los suficientes fondos en el extranjero para pagar todo lo que necesitan con urgencia».2
Los dirigentes republicanos, en su mayoría ignorantes en la gestión del tráfico de armas, se lanzaron desesperadamente a buscarlas por toda Europa (y Norteamérica) tan pronto como las potencias democráticas se negaron a vendérselas en nombre de la no intervención. El 8 de agosto de 1936 Alvaro de Albornoz, embajador republicano en París, firmó un contrato con la Société Européenne d’Etudes et d’Entreprises otorgándole los derechos exclusivos «para la compra en Francia, u otros países, de todas las mercancías a que hubiere lugar», comprometiéndose a pagarle una comisión del 7,5 por 100 por sus servicios. Esta sociedad -con la que se romperá a principios de 1937- estaba participada por las firmas Gas, Light & Coke, de Londres, Schneider-Creusot, el gigante de la venta de armas, el Imperial Ottoman Bank y la corporación francesa Worms et Cié, propietaria del consorcio de industrias pesadas Comité des Forges y de los periódicos Le Temps y Le Matin, además de otras cinco publicaciones francesas. Todos partidarios, cuando no proveedores, del general Franco.3
Como consecuencia de la política de no intervención, la República se encontró en una posición extremadamente vulnerable que la empujó a comprar armas donde fuera, a quien fuera y sin ninguna garantía. En muchos casos, cuando llegaban los suministros pagados previamente y al contado, éstos eran inservibles o habían sido desechados por los gobiernos y particulares que los habían vendido, causando a las fuerzas republicanas en campaña tremendos problemas militares y logísticos de imposible solución. En plena batalla del Ebro, los hombres de Modesto sufrieron las consecuencias del pillaje:

Un día se nos anunció que se había adquirido un puente, y al fin, cuando aún podía ser útil, llegó el puente; ¡pero qué puente! Verdadera chatarra: material de desecho que ni siquiera tenía capacidad para el paso de artillería ligera y que, por su lamentable estado, no pudo montarse. Pero aquellos desperdicios habían costado al Estado una cifra astronómica. Al fin, nuestra guerra, para algunos adversarios del exterior, era un buen negocio.4

Si se toma en cuenta la calidad media del armamento y los suministros militares comprados al exterior, más el coste de transporte, los fletes, los seguros y los sobreprecios, y considerando que muchos mercantes fueron hundidos por la flota italiana o la nacional, el Gobierno de la República acabó recibiendo en valor alrededor de la mitad de lo que había tenido que pagar.
La necesidad de defenderse de los golpistas hizo que la República llegara a hacerles frente con armas procedentes de la Alemania nazi, principal aliada y proveedora de armamento del general Franco. Siempre se había sospechado que, por rocambolesco que parezca, existió ese flujo contra natura. Ahora sabemos en qué consistió, cómo se produjo y quién hizo negocios con él.5 Las compras de armas a Alemania venían de lejos. De los tiempos en que los militares africanistas necesitaban gas mostaza alemán para matar a unos moros cuyos hermanos e hijos les ayudarían después a matar a españoles. Así que los alemanes continuaron haciendo negocios con España durante la guerra civil. Pero esta vez, jugando a dos barajas.
El 1 de octubre de 1936, casi al principio de la guerra, el carguero Eramhill llegó a Alicante procedente de Hamburgo. Iba cargado con un pedido de armas gestionado por dirigentes de la CNT que se componía de 19.000 fusiles, 101 ametralladoras y más de 28 millones de cartuchos. Su presencia en el puerto de Alicante fue detectada por el buque de guerra británico Woolwich, que lo comunicó inmediatamente al Foreign Office. El gobierno alemán se excusó diciendo que Hamburgo era un puerto libre, pero lo cierto es que el cargamento había zarpado con la bendición de los jerarcas nazis. El Foreign Office se dio por satisfecho con la explicación oficial alemana entre otras razones porque el Eramhill era de propiedad galesa.
El arquitecto de la venta secreta de armas a la República era el mismísimo Hermann Goering, quien usó como tapadera al conocido traficante Josef Veltjens, compañero y amigo suyo que ya había vendido armas a Mola antes del levantamiento y, sobre todo, a Pródromos Bodosakis-Athanasiades, un pirata griego muy próximo al dictador Metaxas. Este hombre salido de la nada llegó a controlar un imperio armamentístico. Era el principal accionista y director general de la empresa Poudreries et Cartoucheries Helléniques, S. A., cuyo principal socio y proveedor era la corporación alemana Rheinmetall-Borsig, que, a su vez, controlaba Goering personalmente. Bodosakis pasaba los pedidos de armamento que recibía a la Rheinmetall-Borsig, con la cobertura del gobierno de Metaxas, el cual afirmaba que estaban destinados al ejército griego. Cuando el armamento llegaba a Grecia, Bodosakis lo embarcaba en mercantes que zarpaban oficialmente con destino a México, pero que iban en realidad a España. Como Bodosakis negociaba tanto con los nacionales como con los republicanos, en ocasiones embarcaba el armamento en dos buques distintos, uno con material de buena calidad destinado a los nacionales y otro con armas viejas o inservibles destinado a la República. El mercante que contenía este último cargamento era sistemáticamente descubierto y abordado por los buques de guerra nacionales. De hecho éste era exactamente el procedimiento que seguía también Josef Veltjens y el mismo que, con otra carga, empleaba el «último pirata del Mediterráneo», Juan March.
Entre 1937 y 1938, cuando las ventas de armas alemanas a la República por este procedimiento alcanzaron su climax, la empresa de Bodosakis hizo encargos de armamento a la Rheinmetall-Borsig por valor de 40 millones de marcos (3,2 millones de libras esterlinas). Se sabe que estos pedidos fueron servidos casi íntegramente a la República, con lo que la cifra del pedido de Bodosakis a Goering puede multiplicarse por cinco o por seis para obtener la cifra aproximada que debió de pagar la República. Piénsese que Bodosakis tenía que repartir el botín con el mismísimo Goering,6 con Metaxas y con otros altos funcionarios de Alemania y Grecia, y que tenía que pagar elevados costes del seguro para una carga de entrega tan incierta como aquélla. Todos estos gajes iban, naturalmente, a cargo de la República. En noviembre de 1937, Bodosakis viajó a Barcelona en un avión ruso, acompañado por George Rosenberg,7 agente de compañías navieras de paja,8 con objeto de firmar personalmente un contrato con la República para el suministro de municiones por un importe de 2,1 millones de libras esterlinas. En esa ocasión, y en todas las demás, exigió siempre que se le pagase por anticipado (crédito irrevocable al cien por cien), en oro o en moneda fuerte. El suministro de armamento alemán continuó hasta el final de la guerra, como comprobó en enero de 1939 la comisión internacional que se hizo cargo de la repatriación de voluntarios extranjeros.9
Cuando los nacionales se enteraron del tinglado, protestaron repetidas veces ante las autoridades alemanas afirmando que tenían controlados por lo menos 18 embarques de este tipo entre el 3 de enero de 1937 y el 11 de mayo de 1938, pero jamás llegaron hasta Hermann Goering. «Para la Alemania nazi, la República fue una fuente de divisa fuerte tan importante como la zona nacional».10
Pero la República no podía seguir pagando eternamente con oro o con moneda fuerte a aquellos gángsteres que organizaron «la mayor y la más complicada de las operaciones de contrabando de armas de la historia».11 A principios de 1938 las cantidades de oro que quedaban en los depósitos de París y Moscú eran ya escasas.12 A partir de ahí, Negrín tuvo que recurrir a vender toda la plata de que disponía el Banco de España a Estados Unidos, con la denuncia del gobierno de Burgos a través de su abogado John Foster Dulles, que no prosperó. El 29 de abril el ministro de Hacienda, Francisco Méndez Aspe, firmó un decreto reservado que legalizaba las enajenaciones de oro y plata.
En total se hicieron cinco embarques de plata con destino a Nueva York que le supusieron al Gobierno unos quince millones de dólares. Hasta el final de la guerra la República conseguiría otros cinco millones de dólares vendiendo el resto de la plata que le quedaba y que obtuvo con exacciones. Por medio de disposiciones reservadas, que se tomaron en mayo y julio, la población estaba obligada a ceder al Gobierno joyas, metales y activos sobre el extranjero y se requisaron propiedades de los enemigos declarados de la República para convertirlas en divisas. Las operaciones, que se realizaron principalmente a través de entidades privadas francesas y suizas, no aportaron más que nueve millones de dólares.13 Se consiguieron, además, por distintas vías, otros dos millones de dólares. En total sólo se reunieron unos 31 millones de dólares, que era una cifra casi ridícula para las inmensas necesidades de la República (había venido gastando un promedio de 27 millones de dólares al mes, sin contar el armamento soviético).
No quedaba más que una solución: volver a llamar a la puerta de la Unión Soviética. En marzo se habían recibido los 70 millones de dólares de un crédito que el embajador Pascua había negociado en el otoño anterior, aceptando un 3 por 100 de interés y la garantía de cubrirlo en su mitad con oro, que dio lugar a un famoso «segundo envío» de metal a Moscú. Había que pedir a los rusos otro crédito, que no se concedería hasta diciembre y que alcanzó los 85 millones de dólares.14 La mayor parte de los préstamos se destinaron a la compra de armamento ruso.15
Stalin pasó por alto muchas peticiones del gobierno republicano solicitando ayuda militar. Cuando, en la primavera de 1938, la situación era especialmente difícil, la Unión Soviética ignoró las peticiones de material y armamento que llegaban de España. «He pasado la petición de Negrín a la institución correspondiente [el Politburó] -escribió el 29 de abril Litvinov a Marchenko, el chargéd’affaires soviético en España- pero hasta ahora no se ha tomado ninguna decisión.»16 Finalmente, el 7 de agosto, Litvinov escribió a Marchenko Barcelona: «Hasta ahora no se ha tomado ninguna decisión sobre las peticiones de Ispanpra [el gobierno español]. Creo que la razón de este retraso es que la respuesta va a ser negativa».17 Aún se enviaron algunos embarques de armas, pero Stalin había perdido interés por España. Estaba claro que el gobierno republicano iba a perder la guerra y él tenía otras prioridades.
Además de importar armas, la República también tenía que importar petróleo, bienes de equipo, suministros de todo tipo y, al final, alimentos, porque, tras la pérdida de Aragón, la producción alimentaria propia disminuyó sensiblemente. No sólo trigo, sino también carne, huevos y leguminosas. Había que importar de México garbanzos y lentejas, que se convirtieron en la base de la alimentación, ya que la mayor parte de los productos de la huerta valenciana había que destinarlos a la exportación para obtener divisas. La penuria alimentaria fue grave en todas partes, pero excepcional en Barcelona, que tenía que enfrentarse con el problema de dar de comer a los miles de refugiados que huían de Aragón, de Lérida y de Tarragona, además de a los andaluces, extremeños y castellanos que ya habían llegado a la ciudad al principio de la guerra y que sumaron en total alrededor de un millón de personas.18 Las escenas de campesinos de las colectividades aragonesas, a veces arreando algún ganado y tirando de las carretas en que llevaban sus escasas pertenencias, huyendo de las tropas de Franco, eran tan patéticas como las que se habían vivido en Madrid durante el otoño de 1936. Los trenes, atestados y malolientes, no paraban de arrojar sobre los hombros de la Generalitat una carga inmensa de miseria y desvalimiento.
Hacía muchos meses que en Barcelona se pasaba hambre. Aguzado el ingenio por ella, los barceloneses se las apañaban para cultivar en patios, descampados y jardines verduras y legumbres, o para esconder en sus casas alguna gallina poco ponedora. Era muy difícil encontrar algo de carne una vez que todas las palomas de la plaza Cataluña habían volado hasta los pucheros de la vecindad y el «conejo» guisado había coincidido con la desaparición de los gatos en las calles. Se inventaron patatas fritas hechas a partir de mondas de naranja pasadas por la sartén, el café era un destilado de cáscara de cacahuetes machacadas y hervidas, mientras que el «tabaco» se obtenía de hojas secas de lechuga, de roble o de plátano. Las mujeres se levantaban con el sol para caminar veinte o treinta kilómetros hasta los pueblos más cercanos para ver si allí encontraban algo de comida, o para hacer las interminables colas que no abandonaban ni siquiera bajo las bombas de los aviones italianos, que mataron o hirieron a muchas.
El racionamiento de 150 gramos diarios de harina, judías, arroz o, casi siempre, lentejas (las famosas «píldoras del doctor Negrín») no bastaba para reparar los efectos de la falta de vitaminas y proteínas que sufrían los que no podían recurrir al mercado negro, que eran la mayoría. Las latas de carne congelada se llegaron a vender a 600 pesetas; 110 se pedían por una docena de huevos o por un litro de aceite, cuando su precio de tasa era, respectivamente, de 17,50 y de 3. 19 El estraperlo, el acaparamiento y el fraude en las cartillas del racionamiento eran muy difíciles de erradicar. Los niños, sobre todo los huérfanos de guerra, que cada vez eran más (sólo en Barcelona había 25.000, según la organización de beneficencia de los cuáqueros, que distribuía leche en polvo y chocolate), empezaban a mostrar síntomas de raquitismo. Sólo en 1938 los fallecimientos por desnutrición de niños y ancianos se duplicaron.20
Aunque rara vez pasó de las 2.000 calorías diarias, la tropa estaba, en términos generales, mejor alimentada que la población civil, pero sufría por el calvario que estaban pasando sus familiares. No hay que extrañarse, pues, de sus reacciones cuando se enteraban de algún escándalo protagonizado por oficiales e intendentes que habían robado petróleo, raciones o equipos para revenderlos en el mercado negro.
En aquellas terribles condiciones, Barcelona tuvo que soportar la acción continuada de los bombardeos italianos. La ciudad ya había sido bombardeada en febrero de 1937 por la flota italiana, pero a partir de marzo de ese mismo año fueron los aviones procedentes de Mallorca los que continuaron con bombardeos intermitentes pero incesantes a lo largo de todo el año. Los más graves tuvieron lugar el 29 de mayo y el 1 de octubre. Pero el año más dramático sería 1938. En enero los italianos bombardearon contundentemente el puerto y los barrios aledaños, sobre todo la Barceloneta, aterrorizando a la población civil. El propio Ciano escribió, cuando fue informado, que «no había leído nunca un documento tan auténticamente aterrador».21
Estas incursiones desencadenaron la represalia de la aviación republicana, que bombardeó algunas ciudades de la retaguardia franquista causando docenas de muertos,22 mientras, desde el Gobierno, se hacían gestiones diplomáticas urgentes para conseguir que los nacionales pusieran fin a este tipo de acciones sobre la población civil. En cuanto se recibió la promesa de Anthony Edén de que intervendría ante Franco, los republicanos cesaron en sus acciones, aunque, en realidad, los británicos hicieron muy poco. Fue Mussolini quien decidió interrumpir los bombardeos por su cuenta en el mes de febrero porque estaba irritado con Franco, que hacía una guerra demasiado larga y que no había permitido al CTV que se cubriera de gloria en Teruel. Sin embargo, en uno de sus frecuentes cambios de humor, que coincidió con el avance de los nacionales hacia el mar, el Duce decidió reemprender los bombardeos sobre Barcelona.
Sin previa consulta a Franco, Mussolini envió a mediados de marzo un telegrama al general Vincenzo Velardi, jefe de la aviación italiana en Mallorca, ordenándole que bombardeara la ciudad con un «martellamento dilluito nel tempo» para causar la mayor sensación de angustia posible en la población.23 Ciano escribió en su diario: «Mussolini piensa que estos bombardeos son muy útiles para doblegar la moral de los rojos».24 Durante la noche del 16 de marzo, las escuadrillas de Savoia-Marchetti iniciaron, efectivamente, un machacamiento de la Ciudad Condal que continuó durante los días 17 y 18. La ciudad carecía de artillería antiaérea y los cazas republicanos no pudieron llegar desde los aeródromos más próximos hasta el anochecer del día 17, por lo que la Aviazione Legionaria se despachó a placer, causando unos 1.000 muertos y cerca de 2.000 heridos. La ciudad quedó conmocionada por la violencia de los ataques y el espanto que producía ver las enormes columnas de humo que se elevaban hacia el cielo.
El día 17, a las dos de la tarde, se produjo una tremenda explosión en el cruce de la Gran Vía de les Corts Catalanes con la calle Calmes porque se dio la circunstancia de que una de las bombas italianas más pesadas fue a caer sobre un camión cargado de trilita que, procedente de los polvorines de Montjuic, se dirigía a la Sagrera. Fue noticia de portada en los principales periódicos del mundo y motivo e cabalas sobre una supuesta «megabomba» ideada por los italianos que no existió. Se desató un rosario de condenas internacionales, desde el Vaticano hasta Estados Unidos, que firmaron personalidades como Albert Einstein, Jawaharlal Nehru, Jules Romains, H. G. Wells, Francois Mauriac, André Maurois, etc. A Mussolini le divirtió la reacción internacional de horror ante la salvajada y Ciano escribió en su diario: «[Mussolini] se ha encontrado satisfecho por el hecho de que los italianos consigan suscitar horror por su agresividad en vez de complacencia con sus mandolinas. Esto, a su modo de ver, hace que los alemanes nos tengan mayor consideración, puesto que gustan de la guerra total y despiadada».25
Una piadosa tradición historiográfica sitúa a Franco muy enfadado ante el bombardeo italiano de Barcelona. Es seguro que, si el enfado existió, no se debía a ningún sentimiento humano por las víctimas: «El Estado Mayor del Aire, dirigido por Kindelán, había elaborado ya un plan completo de los bombardeos que había que efectuar en Cataluña a fin de privar a Barcelona del suministro de energía eléctrica, causando el mínimo de daños imprescindible a fin de que no fuese costosa ni larga la reparación de averías después de la conquista de la ciudad».26
A lo largo de la guerra, Barcelona fue bombardeada 113 veces por la Aviazione Legionaria, 80 por la Legión Cóndor (40 entre el 21 y el 25 de enero de 1939) y 1 por la Brigada Aérea Hispana. Esos bornbardeos causaron 2.500 muertos, de ellos 1.200 sólo entre marzo y diciembre de 1938.27
Ante aquella situación general de desvalimiento y cansancio, fueron muchos los que pensaron que había que llegar a un acuerdo con los franquistas, bien fuera directamente o a través de la mediación internacional, para poner fin a la ya larga guerra. Era, también, la posición del presidente Azaña, quien, desde hacía mucho, creía que la guerra estaba perdida y buscaba tan sólo el modo de evitar que la muerte y la destrucción siguieran aumentando. Ya en octubre de 1936, Azaña había encargado a Bosch Gimpera, al margen del Gobierno, que hiciera gestiones de paz en Londres, pero éste se encontró con las reticencias del embajador Azcárate y, al final, la petición, gestionada por Ventura Gassol, tuvo que llegar al Foreign Office a través del gobierno francés. A primeros de mayo de 1937, Azaña lo intentó de nuevo aprovechando el viaje oficial de Julián Besteiro a Londres para asistir, en representación de la República, a la coronación del rey Jorge VI.
Los liberales y socialdemócratas de clase media, como Martínez Barrio, suponían correctamente que si se alargaba la guerra y si, al final, la República se rendía incondicionalmente, ellos, los dirigentes, serían perseguidos con más saña por Franco que los que combatían en las trincheras. Los nacionalistas catalanes, que habían tenido que encajar el golpe de que el gobierno central se hiciera cargo de la defensa de Cataluña tras los hechos de mayo, veían con desesperación cómo la figura del presidente de la Generalitat, Lluís Companys, había quedado reducida a un papel decorativo desde que el gobierno se trasladó a Barcelona:

Los poderes de la Generalitat fueron disminuyendo progresivamente hasta que al final quedaron reducidos virtualmente a cero. A resultas de ello, una gran masa de catalanes empezó a pensar que aquella ya no era su guerra. De pronto comenzó a evaporarse el gran espíritu que movía a las masas en épocas de crisis. Una sensación de derrota se apoderó del corazón de la mayoría de los catalanes. A ello había que añadir los bombardeos aéreos, el hambre, el cansancio general producido por la guerra…28

No les gustaba Negrín y clamaban contra el abandono de sus antiguos socios comerciales, Gran Bretaña y Francia, que se habían negado a ayudar a Cataluña. «La mayoría de los ingleses y franceses vivieron nuestra guerra con una indiferencia y falta de generosidad que nos dejaron completamente abandonados a nuestra suerte. Eso fue algo realmente terrible», ha opinado Josep Andreu Abelló. Muchos comenzaron a engrosar las filas del derrotismo. Pero el mayor conflicto en el seno del Frente Popular se produjo entre los dirigentes del PSOE y los del PCE, y entre el Gobierno y el PSOE.
El antagonismo entre Prieto y los comunistas -que habían mantenido excelentes relaciones cuando se trató de desmantelar el Consejo de Aragón- venía de lejos. Prieto consideraba que toda la poética del PCE no tenía más que un objetivo: apoderarse de los resortes del Estado, y eso él no lo iba a permitir. Decidido a cerrarles el paso en su intención de controlar el ejército popular, en octubre de 1937 tomó medidas contra el acaparamiento de puestos de comisario por parte de los comunistas, sustituyó al socialista pro-comunista Álvarez del Vayo por el socialista moderado Crescenciano Bilbao al frente del Comisariado General de Guerra y prohibió la propaganda política en el ejército -su famosa «política de silencio»- para impedir el proselitismo, que no podía ser otro más que el comunista.
Procedió después a reestructurar su ministerio, destituyendo a Carlos Contreras (comisario político de la XI División), a Alejandro García Val (director general de Transportes), a Eleuterio Díaz Tendero (jefe del Gabinete de Información y Control), a Luis Deporto (subcomisario del Comisariado de Guerra) y a Antonio Cordón (jefe del Estado Mayor del Ejército del Este), todos ellos miembros del PCE.29 Prieto se lanzó a un ataque a tumba abierta contra los comunistas, provocándoles hasta en cuestiones menores: ordenó que se transfiriese a primera línea al joven comisario general del ejército del Centro, Francisco Antón, porque se decía que era el amante de «la Pasionaria»,30 denunció al PCE diciendo que hacía negocios con la marina mercante republicana, que había sido reorganizada a través de holdings británicos para sortear el bloqueo, o arremetió contra el SIM, controlado por los comunistas, sin conseguir que se redujese el número de ejecuciones secretas pero ganándose el odio de los hombres del NKVD.
Prieto combinaba esa explosión de coraje y de decisión política con un pesimismo atroz, en ocasiones peor que el de Azaña y menos discreto que el del presidente. No se recató de sincerarse con el embajador francés Labonne, ante quien dio la guerra por perdida, siendo como era el ministro de Defensa. Su excesiva facilidad para decir en público lo que pensaba se convertiría, en este caso, en un verdadero problema para Negrín y en el punto de fuga en la amistad entre los dos políticos socialistas. Prieto había puesto grandes esperanzas en la toma de Teruel, que él veía como el triunfo que debía jugar para alcanzar una paz negociada, y el desastre que siguió a la pérdida de la ciudad le dejó moralmente hundido.
Pero la verdad es que tanto Prieto como otros muchos moderados en España y fuera de ella habían puesto sus esperanzas en un imposible: Franco reaccionaba ante cualquier referencia a un compromiso como si fuera una traición a sus ideales absolutistas. El «contagio rojo» tenía que ser combatido con la misma ferocidad con que la Inquisición había hecho frente a los herejes. Ya a mediados de marzo, Prieto le dijo a Zugazagoitia que había escrito una carta a sus hijas diciéndoles que «hemos entrado en el último episodio. Preveo el desenlace para el mes de abril». Prieto describió ante Zugazagoitia un futuro negrísimo de republicanos derrotados corriendo hacia la frontera francesa y siendo detenidos allí mismo por las bayonetas de los senegaleses. Zugazagoitia no podía saber que Prieto acertaba en su negra profecía y se sintió abrumado por tanta verborrea pesimista que él no sabía cómo atajar: «¿En qué hombro de la verdad apoyarse para contradecir tanto pesimismo?».31
La prensa procomunista comenzó a criticar la política de despolitización del ejército que seguía Prieto y en febrero Jesús Hernández escribió un artículo en Frente Rojo denunciando a su compañero de gabinete por derrotista.32 Como los ataques de los comunistas, incluida «Pasionaria», arreciaban, Prieto se quejó a Negrín y le dijo que él no podía seguir colaborando con Hernández. Negrín llevó el asunto al Consejo de ministros y apoyó rotundamente a Prieto, con lo que los comunistas no tuvieron más remedio que transigir.
El 12 de marzo, Negrín se trasladó a París para entrevistarse con Blum, Daladier, Auriol y Cot. El presidente del Consejo había pensado pedir a los franceses que intervinieran directamente en España con cinco divisiones y 150 aviones de guerra. El mismo agregado militar francés en España, teniente coronel Morel, había informado a su gobierno sobre la aplastante superioridad de la aviación nacional y la absoluta necesidad que tenían los republicanos de recibir, por lo menos, 300 aviones para darle la vuelta a la situación. Pero el gobierno francés estaba muy alarmado por el Anschluss entre Alemania y Austria que Hitler había forzado el mismo día que Negrín llegó a París y no se atrevió a intervenir en España por miedo a desatar una conflagración europea. Lo único que consiguió Negrín fue que el gobierno francés ordenara la apertura de la frontera para que pudiera llegar a la República el material militar que tanto necesitaba.
A su regreso a Barcelona, Negrín convocó al Consejo de ministros para el día 16 con el fin de dar cuenta del resultado de sus gestiones. En el consejillo previo, el jefe del Gobierno pidió a Prieto que le apoyara y lo mismo le pidió a Giral, quien también había hablado en términos pesimistas con Labonne. Al día siguiente intervino el presidente Azaña con un famoso discurso lleno de reticencias y sobreentendidos, durante el cual reclamó insistentemente a Prieto su aquiescencia a lo que iba diciendo sobre la debilidad del ejército popular, la crítica situación de la República y la necesidad de llegar a un acuerdo de intermediación para poner fin a la guerra. Prieto no sólo asintió, dejando a Negrín en evidencia, sino que pintó a su vez un panorama desolador, apoyándose en la propia desolación de los jefes militares que había consultado, y propuso que se congelaran los bienes de la República en el extranjero para poder atender a las necesidades de los futuros exiliados. Negrín se vio, así, desamparado en su batalla dialéctica con el presidente de la República, quien le tachará de «visionario fantástico». En medio de este tenso ambiente, se informó al Consejo de que, ante las rejas del palacio, se agolpaba una multitud con pancartas en las que se rechazaba todo tipo de compromisos y se pedía que continuara la lucha. Esta manifestación había sido preparada cuidadosamente unos días antes en una reunión a la que asistieron Mije, «Pasionaria» y Díaz, por el PCE; Mariano Vázquez y García Oliver, por la CNT; Herrera y Escorza, por la FAI; Vidarte y Pretel, por la UGT; Serra Pámies por el PSUC y Carrillo por la JSU. En esa reunión -de la que Negrín fue informado por Vidarte- se decidió pedir la continuación de la guerra y la salida del Gobierno de los ministros tibios, acordándose que se realizaría una manifestación unitaria para presionar a los dirigentes de la República justo en mitad del Consejo de ministros. El doctor Negrín abandonó el salón de reuniones y se dirigió a los manifestantes pidiéndoles cordura y asegurándoles que la lucha contra los fascistas continuaría hasta el fin. La manifestación se disolvió de inmediato.
El día 18, tras los terribles bombardeos sufridos por Barcelona, los representantes de la UGT y de la CNT firmaron un acuerdo por el cual la industria quedaba sujeta a la planificación económica del Gobierno y las colectivizaciones, a partir de entonces, se convertirían en voluntarias. En este pacto, la CNT hizo la última y quizá la mayor de las concesiones que haría durante toda la guerra. El acuerdo, obra del ala sindicalista de la CNT, dirigida por su secretario nacional, Mariano Vázquez, significaba una tácita aceptación del Estado con un programa de socialismo federal. Por su parte, la UGT se comprometió a hacer de valedora de las colectividades agrarias existentes y a apoyar el control obrero de las industrias ante el Gobierno.
El día 29 Prieto se reunió con Negrín para analizar la situación y volvió a insistir en que la guerra estaba perdida y que nada iba a detener el derrumbamiento de la República. Negrín, desesperado, le dijo a Jóse Prat, subsecretario de la Presidencia: «Ahora mismo no sé si pedir al chófer que me lleve a casa o a la frontera. ¡Tan atroz ha sido el informe que nos ha hecho Prieto!».33 Según Zugazagoitia fue este informe el que decidió finalmente a Negrín a prescindir de un ministro de Defensa que quería rendirse. No tuvo otro remedio que pedirle la dimisión, aunque le ofreció una cartera menor en el gabinete que Prieto rechazó, con gran regocijo de los comunistas.34
En cierto modo, la salida de Prieto del Ministerio de Defensa recuerda a la de su viejo rival, Largo Caballero, de la presidencia del Consejo, forzada, en parte, por la presión comunista. Los anarquistas, ahora como entonces, apoyaron a Prieto, pese a las enormes diferencias ideológicas que les separaban, por temor a que los comunistas se saliesen con la suya. Y lo mismo hizo Julián Gorkín, de la ejecutiva del POUM. Aquella crisis de abril enemistaría sin remedio a Prieto con Negrín, quien había dejado de ser su discípulo político para pensar y actuar por su cuenta: «Ya no estaba dispuesto, si es que lo había estado alguna vez, a ser el instrumento por el que Prieto podía dar rienda suelta a su pasión por gobernar entre bastidores y, sobre todo, sin asumir la responsabilidad de hacerlo».35
Cuando Negrín informó de la crisis al presidente de la República, éste convocó a una reunión en Pedralbes al jefe del Gobierno, al presidente de las Cortes, Martínez Barrio, al presidente de la Generalitat, Lluís Companys, a Quemades, de Izquierda Republicana, a González Peña, del PSOE, a José Díaz, del PCE, a Monzón, del PN V, y a Mariano Vázquez, de la CNT. Azaña, en un largo discurso, también lleno de sobreentendidos, vino a decirles que había que dar por terminado el esfuerzo militar. Guardaba en la manga las candidaturas de Prieto o Besteiro para formar un gobierno de capitulación. Negrín se encaró con el presidente de la República afirmando su voluntad inquebrantable de resistir hasta el final y otro tanto hizo José Díaz con tal vehemencia que desconcertó momentáneamente a Azaña cuando le espetó que «estaba a punto de abusar de sus poderes constitucionales».
El 6 de abril de 1938, el presidente de la República encargó de nuevo al doctor Negrín que formara gobierno. Iba a ser un gobierno de unión que trataría de reverdecer el Frente Popular, aunque en seguida se le calificó de «gobierno de guerra».36 El hecho de que sólo quedara un ministro comunista en el gabinete tenía que ver con la reacción de Stalin, alarmado por la guerra chino-japonesa y preocupado por lo que significaba el expansionismo del Reich alemán. Deseoso de buscar complicidades o alianzas con Francia y Gran Bretaña, sabía que tenía que rebajar el impacto visual de los comunistas en el gobierno de la República, del mismo modo que lo había hecho en Francia ordenando a Maurice Thorez que no participara en el segundo gobierno de Blum. Por eso dio instrucciones a Dimitrov para que los comunistas españoles abandonaran el gabinete de Negrín, contra el criterio del propio PCE, que, al final, consiguió que Stalin aceptara la continuidad de Uribe en el Gobierno.
Las siglas políticas de este gobierno no deben engañarnos sobre quiénes manejaban realmente los engranajes del poder, que estaba repartido entre socialistas negrinistas y comunistas.37 Pero ante este medido reparto de competencias, es difícil seguir sosteniendo la tradicional versión de que los comunistas controlaban todo el poder militar. Lo que sí es cierto es que fueron siempre militantes comunistas los comandantes que se encargaron de las principales acciones militares en el campo de batalla: Juan Modesto, Enrique Líster, Valentín González, Etelvino Vega, Manuel Tagüeña, el general Walter, etc. Palmiro Togliatti, criticando lo que había de miope en las tendencias sectarias del PCE, en un informe a Moscú, se quejaba de que constantemente se presionara al PCE para que «tome en sus manos todo el aparato del Ministerio de la Guerra y todo el Ejército; se orientan [los comunistas] excesivamente en el Ejército a la conquista de puestos de dirección, lo que, entre otras cosas, expone a algún camarada a hacerse instrumento de las intrigas de los militares de carrera».38
Mientras tanto, las formaciones republicanas que habían sido empujadas hacia Cataluña durante la campaña de Aragón desencadenada por los nacionales, necesitaban tiempo para reagruparse y rearmarse antes de estar en condiciones de realizar acciones efectivas. La debacle de Aragón, que seguía a los enormes costes humanos y materiales sufridos en Teruel, no consentía llevar a cabo ninguna acción militar por el momento.
A principios de 1938, el gobierno de Neville Chamberlain había llevado la política de apaciguamiento a tales niveles que, el 20 de febrero, Anthony Edén, quien, con todo, era el único que no aborrecía totalmente a la República, dimitió como ministro de Asuntos Exteriores de Gran Bretaña. Este hecho confirmó a los dictadores europeos que poco habían de temer del gobierno británico. Luego, la insistencia de Chamberlain en firmar un tratado con Italia, pensando que así la alejaría de Alemania, demostró convincentemente que no se tomaría ninguna decisión sobre España, con independencia de lo que pudiera decir Negrín en la Sociedad de Naciones.
Tan pronto como lord Halifax sucedió a Edén en el Foreign Office, se aceleraron las disposiciones para el tratado, cerrando los ojos ante los barcos británicos hundidos a primeros de mes por los submarinos italianos. (Edén había ordenado a los torpederos antisubmarinos que volvieran a patrullar, aunque advirtiéndoles que «el Almirantazgo no quería que aquello lesionara las relaciones que había establecido con el almirante Moreno».)39 El 16 de abril, Ciano anotó en su diario que «a las 18 horas se firma [el acuerdo] con Inglaterra. Lord Perth está emocionado. Me dice: ”Sabéis lo mucho que deseaba llegar a este momento”. Es verdad: Perth ha sido un amigo. Dan fe de ello decenas de informes suyos que están en nuestras manos».40 La fecha de la firma fue escogida para complacer a Halifax «dado que este día coincide con su cumpleaños. Todo esto es muy romántico…»;41 añadía sarcásticamente el joven ministro fascista. El contenido del tratado que afectaba más directamente a España -unas cartas que lo acompañaban- era que se permitía a Italia mantener allí a sus tropas hasta el fin de la guerra. En el acuerdo no se hacía referencia a los signatarios del pacto de no intervención, aunque se entendía que éste seguía vigente. No es sorprendente que hasta Churchill, que había apoyado sin reservas la política de no intervención, escribiera más tarde que el «Tratado de Pascua» era un «complejo sistema de farsa oficial construido laboriosamente».42
Para el gobierno republicano el acuerdo anglo-italiano fue un mazazo. Dos semanas después de haber sido firmado, Negrín lanzó una inútil ofensiva diplomática. En el Consejo de ministros del 30 de abril presentó el nuevo programa de su gobierno, «para conocimiento de sus compatriotas y noticia del mundo», en el que subrayaba el carácter nacional de su acción política y sentaba las bases de una futura convivencia entre todos los españoles. Fueron los famosos «13 puntos de Negrín», que, según Stepánov, fueron redactados por el comité central del PCE:43

1. Asegurar la independencia absoluta y la integridad total de España.
2. Liberación del territorio español de las fuerzas extranjeras que lo habían invadido.
3. Defensa de la República popular y de un Estado vigoroso asentado en principios democráticos.
4. Convocatoria de un plebiscito en cuanto terminara la guerra.
5. Sin menoscabo de la unidad de España, protección y fomento de las culturas de sus distintos pueblos.
6. Plenitud de derechos ciudadanos; libertad de conciencia y práctica religiosa.
7. Respeto a las propiedades legales y al capital extranjero.
8. Profunda reforma agraria y democracia en el campo.
9. Legislación social avanzada para garantizar los derechos de los trabajadores.
10. Mejora de la cultura física y moral de la raza [sic].
11. Ejército independiente de los partidos e instrumento del pueblo.
12. Renuncia a la guerra como instrumento de política nacional.
13. Amplia amnistía para todos los españoles.

Negrín, que tenía gran confianza en sus capacidades diplomáticas, veía en estos trece puntos una buena fórmula para tratar de negociar la paz, aunque Ciano pronosticaba que «en las guerras civiles no compromisos que valgan». Así lo entendió, desde luego, el general Franco.
Durante 1938 Negrín había tratado de conseguir la paz en diversas ocasiones a través de terceros porque, en el fondo, compartía con Azaña la necesidad de llegar a un armisticio, aunque él no quería alcanzarlo a toda costa, sino tras conseguir una posición de fuerza –quizá tras una gran victoria militar- que le permitiera negociar con ventaja. Contaba para ello con el total respaldo de Stalin, que no veía la forma de zafarse de cualquier nuevo compromiso con la España republicana. Sin embargo, los esfuerzos diplomáticos de Negrín fueron inútiles porque a Franco no le interesaba una paz negociada.
Pese a su inteligencia, Negrín no había entendido que el compromiso del Partido Conservador británico con la democracia fuera de las Islas era de cristal. En mayo, Azcárate protestó ante lord Halifax por los bombardeos de Alicante (día 25), que causaron entre 150 y 200 muertos y quizá mil heridos, y de Granollers (día 31), que produjeron una carnicería similar. El ministro británico le dijo que haría cuanto estuviera en su mano para atajar salvajadas semejantes enviando una carta de protesta al gobierno de Burgos y preguntó al embajador español: «¿Cree usted que hay alguna posibilidad de terminar con este bloody business?». Azcárate le respondió que mientras no cesara la intervención extranjera no había ninguna. «Lord Halifax no juzgó prudente seguir la conversación y pasó a otros temas», nos dice el embajador de la República.44 El gobierno de Chamberlain presionó a Daladier hasta que éste ordenó el cierre de la frontera francesa con España el día 13 de junio.
Ante los constantes ataques italianos contra barcos que ondeaban pabellón británico, el gobierno conservador miraba hacia otra parte, cosechando la protesta en los Comunes de sus propios parlamentarios, y cuando lord Perth se apresuró a advertir a Ciano de que si seguían los ataques el gabinete Chamberlain podía caer, los italianos detuvieron inmediatamente sus acciones de piratería hasta que pasó la crisis. Estaba muy claro que cualquier esperanza en un cambio de la política francesa e inglesa hacia la República, que había parecido posible a mediados de marzo cuando se reabrió la frontera de Francia al paso de armas, no tenía ya fundamento alguno.
Durante el mes de junio se fue armando un frente contra Negrín. El chargéd’affaires británico ante la República, John Leche, se puso en contacto con Irujo dándole a entender que si Negrín y los comunistas desaparecían del poder, el gobierno británico podría desempeñar sus buenos oficios ante Franco para llegar a una paz honorable. El 29 de julio, Azaña se entrevistó con él en Vic sin conocimiento del Gobierno.45 Leche informó en carta muy confidencial a George Mounsey, responsable del Foreign Office para Europa occidental, que Azaña estaba dispuesto a propugnar que se retiraran de España todos los combatientes extranjeros, a congelar la guerra y a conseguir la formación de un gobierno del que estuvieran excluidos los comunistas. También el embajador francés Labonne informó al Quai d’Orsay que, en efecto, se había constituido un frente antinegrinista en el que estaban Azaña, Martínez Barrio y Besteiro, los nacionalistas vascos y catalanes, así como ciertos sectores militares y sindicales.
Mientras esto sucedía Negrín, acompañado por Rojo, se hallaba de gira por los frentes de Levante y del Centro y a su regreso a Barcelona dijo a los periodistas que había tenido que volver precipitadamente porque «la charca política se ha agitado mucho. Francamente, da un poco de asco. Mejor dicho, mucho, mucho asco».46 Ante la conspiración, el presidente del Consejo planteó la cuestión de confianza a la Diputación permanente de las Cortes, que le confirmó en sus atribuciones el día 1 de julio.
Aunque sorprenda ver a Azaña, siempre tan desdeñoso, mezclado en una conspiración mezquina, cuando se leen las breves anotaciones que aparecen en sus cuadernos entre abril y junio se advierte perfectamente el resentimiento de un hombre herido en su vanidad y en su orgullo, que él traviste con el honor debido a su alta magistratura. Cada vez que menciona a Negrín lo sitúa invariablemente en una posición moral muy inferior a la suya, encogido y pusilánime ante su presencia, sobre todo cuando el ministro de Estado destituye a su cuñado Cipriano Rivas Cherif de su puesto de cónsul en Ginebra, que es cuando le muestra la mayor antipatía. Azaña piensa que Negrín no es más que un juguete en manos de los comunistas. Al mencionar la fórmula que ha encontrado el Gobierno para darle una salida a Prieto (hacerle embajador en México y volante en América Latina), contrariando sus propias intenciones, que son las de conservar al ex ministro de Defensa junto a él para encargarle, si puede, un gobierno que negocie la paz,47 Azaña escribe: «En la URSS los fusilan; aquí los hacen embajadores».48
Pero ese hombre, que puede llegar a ser mezquino, es, también, un gran reformista político que, sostenido por el ímpetu de un moralista revolucionario, deja transparentar con nitidez en sus discursos su propia personalidad. «Azaña, por así decir, se desnuda ante el público: su yo ocupa un lugar central en su oratoria … esa intromisión del yo es parte de la solución que ofrece, por la palabra, del conflicto.»49 Como se verá el 18 de julio de 1938, cuando, con motivo del segundo aniversario del golpe de estado contra la República, pronuncie, en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, su último discurso en la guerra y en la vida.
Durante la hora y doce minutos que duró su discurso, Azaña confesó que sus sentimientos de republicano y sus ilusiones de patriota se habían visto pisoteados y destrozados por una guerra atroz; afirmó la responsabilidad histórica de los países que habían alimentado la guerra con sus tropas y sus armas en vez de procurar extinguirla; denunció la patraña de la insurrección comunista como excusa para el golpe de estado y relató la terrible experiencia de dos años de lucha y la inutilidad de una guerra «que ha supuesto una calamidad nacional y un daño irreparable para España». Pensando en la gigantesca tarea de reconstrucción de España en la que tendrían que colaborar todos los españoles, evocó la profunda conmoción moral que había sufrido el país y la obligación, «cuando la antorcha pase a otras manos», de recordar a los muertos y atender a su lección, la de esos hombres que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón.